Crítica: The Killers - Pressure Machine

17 agosto, 2021
Redaccíon: dod Magazine

Pressure Machine - The Killers (2021)

Redacción: Fran González

Si hubo un sentimiento común que el confinamiento dotó de presencia propia y logró que extendiera sus hilos entre diferentes generaciones y estratos sociales, ése fue el de la nostalgia. Detener el mundo y provocar su súbito silencio no solo hizo que múltiples mentes creativas gozasen de un valioso y anhelado tiempo, sino que también les permitió echar la vista atrás y colmar sus días de recuerdos y memorias que solo en la quietud global vieron el caldo de cultivo idóneo para florecer. Un germen sencillo que deriva en un proceso catártico en el que frenar el tentador impulso por abrir determinadas puertas puede convertirse en una ardua tarea.

Tras la abrupta interrupción del tour de presentación de su “Imploding The Mirage” (Island Records, 2020) a principios del pasado año, Brandon Flowers se entregó en cuerpo y alma a esos fantasmas con los que a día de hoy todos luchamos desde perspectivas empoderadas, pero que aún resuenan con cierta voz propia. Los pasajes de una niñez y adolescencia enfrascada en las profundidades de un pequeño pueblo de Utah llamado Nephi se agolparon en su subconsciente, sin darle más alternativa que la de crear un techo sobre el que ganar un protagonismo propio. Así nace “Pressure Machine” (Island Records, 2021), casi por sorpresa y con un estrecho margen temporal con respecto a su antecesor. Un séptimo disco de estudio concebido como un alto en el camino y destinado a reflejarse comoun homenaje reconciliador con una parte vital tan íntima y particular como es la infancia.

La intencionalidad de “Pressure Machine” no puede estar mejor presentada y definida desde el primer golpe de vista. Incluso desde el propio artwork del disco, Flowers ya nos deja clara la finalidad de honrar la presencia de Nephi con un romántico surtido de instantáneas tomadas por el fotógrafo Wes Johnson, donde aprenciamos casuales e inciertos pedazos visuales que pretenden situarnos en el tiempo y el espacio. Los deseos del vocalista por revelar los aciagos capítulos de su infancia y sus vivencias en la América profunda de los 90s tampoco se hacen esperar, pues sin vacilar da comienzo ante nosotros un desfile de testimonios, mitos, realidades y dramas que revelan la intensidad que solo un disco conceptual como éste esconde tras de sí. ‘West Hills’ y ‘Quiet Town’ son las cartas con las que Flowers quiere empezar la partida, así como dos buenos ejemplos de cómo el objetivo introspectivo del álbum acaba entregándose irremediablemente a la emoción más recóndita. En la primera, alegatos y vestigios recogidos en un conmovedor in crescendo que nos revela las irreparables heridas que el abuso de las drogas generó en una sociedad empobrecida y condenada; en la segunda, la trágica historia de una pareja de adolescentes que fallecieron tras ser arrollados por un tren en 1994. La desdicha general no cesa y Flowers no parece dipuesto a proponer treguas, algo que continuaremos comprendiendo al desenvolver con dolor y respeto piezas como ese ‘Terrible Thing’, donde se nos presenta a un allegado del cantante que vivió gran parte de su vida encerrado y absorto en un torrente de pensamientos suicidas a raíz de crecer en un entorno como el descrito anteriormente, siendo homosexual.

Desafortunadamente, la esperada joya de la corona acaba decepcionando tras no revelarse como la colaboración que muchos habíamos soñado. Tal y como ya hicieran para su anterior álbum introduciendo la melodiosa y singular voz de Weyes Blood, en esta ocasión el cuarteto de Las Vegas ha querido ampliar su catálogo de colaboraciones femeninas con el estelar talento de Phoebe Bridgers para ‘Runaway Horses’. Sin embargo y para desgracia de muchos, la voz de la cantante de Pasadena apenas logra hacerse hueco en el tema, quedando relegada a un segundo plano mientras que Flowers se entrega con total devoción al melodrama y la dulzura. No obstante, acto seguido recibimos en ‘In The Car Outside’ unas vibraciones que no son mucho más familiares y reconocibles. A base de destellos de sintetizador que rompen la tónica general y árida del disco, somos transportados de pleno a un terreno amigo cuyas referencias nos proponen una, para nada sutil, escapada a las entrañas del “Nebraska” de Bruce Springsteen.

Un viaje como éste a las raíces de la memoria echaba en falta las líneas de guitarra de Dave Keuning, quien después de ausentarse de la banda para sacar su segundo disco en solitario a mediados de junio del presente año, nos confirma lo necesario que era su rol en esta ecuación. El multi-instrumentista y segunda mitad de Foxygen, Jonathan Rado, junto a Shawn Everett, artífice de obras maestras como el “A Deeper Understanding” de The War On Drugs, también deciden repetir su papel en la producción, otorgando detalles de auténtica calidad que definen la presencia del álbum. Y a esos golpes de percusión calmada, esas harmónicas y esos arreglos de viento que parecen sacados de un western pasional y sobrecogedor, se une la solapada finalidad de Flowers por tender puentes entre el pasado y el presente, invitando a algunos residentes actuales de Nephi a participar con diálogos sampleados que se cuelan en algunas pistas.

El carácter maduro y reflexivo de su lírica ya nos hace ver que la naturaleza de “Pressure Machine” no es la de generar un segundo “Hot Fuss” o “Sam’s Town”. Por ahora, Flowers no parece interesado en querer llevar a la banda por esos derrorteros y continúa aumentando la distancia entre la tonalidad creativa de aquellos días y los actuales. Sin embargo y con una abstracción previa, el ejercicio que realiza al abrirse en canal ante su audiencia a través de paisajes desolados de alma acústica logra poner a ésta en sintonía con su discurso, más allá de las barreras culturales y físicas, generando así una obra adulta que sube el nivel con respecto a lo que habíamos escuchado por parte de este cuarteto en los últimos años.

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