Crítica: The Good, the Bad & the Queen - Merrie Land

9 diciembre, 2018
Redaccíon: dod Magazine

Crítica: The Good, the Bad & the Queen - Merrie Land (2018)

Redacción: Andrea Genovart

Malos tiempos para la lírica de Inglaterra. O así es para las canciones del regreso, once años después, del proyecto alternativo e intergeneracional de Damon Albarn. El supergrupo liderado conjuntamente por Paul Simonon (The Clash), Simon Tong (The Verve) y Tony Allen publicaron, el mes pasado, su segundo álbum de estudio. Un álbum profundamente marcado por el ánimo de vida que pesa sobre el Reino Unido después del punto de inflexión que supuso el Brexit, anunciado en 2016, y sobre el que el cantante de Blur se ha mostrado profundamente crítico en sus entrevistas. No suficientemente contento con sus declaraciones y volviendo a uno de sus principales temas de su recorrido musical, analiza la situación anglosajona en un repertorio de trece canciones. Esta vez, pero, desde la nostalgia, después de haberlo hecho desde la inminencia en el primer disco de esta banda, de título homónimo, y desde el sarcasmo en Parklife.

Que Damon Albarn no puede parar de crear grupos y canciones, o canciones y grupos, ya se sabe. Y que no puede parar de darle vueltas sobre qué significa ser inglés y vivir en esa cultura en sus sencillos, también. Después de Blur, lo hemos oído hablar de ello en distintos registros, ya sea en solitario o en sus bandas paralelas, con su magistral habilidad de hacerlo sin que ninguna guarde una relación de equivalencia. Musicalmente hablando, claro. Y es que si bien lo encontramos un registro indie folk - con el gospel de fondo, por supuesto - cuando se lanzó en solitario para desaparecer por siempre jamás, la electrónica en Gorillaz está cada vez más presente y por encima de sus momentos de mezcla con el hip - hop. No obstante, podríamos decir por primera vez que lo que ahora nos viene por novedad es algo más bien difuso y sin dirección, es decir, canciones que no parecen tener una línea melódica clara ni guardar distancias entre ellas.

La verdad es que, en un primer momento, la cosa parece prometer con la portada de Micahel Redgrave en Dead Of Night y el parlamento de Introduction de apenas veinte segundos, donde parece que van a adentrarte en una zona de trinchera. Pero ya después de haber escuchado el balanceo melódico de Merrie Land y el tono irónicamente divertido de parque de atracciones de Gun To Head uno empieza a asumir que la cosa no va a cambiar. Así pues, podríamos resumir la primera parte del disco en un juego de vodevil. Y es entonces cuando el oyente tiene la misma sensación que tuvimos al escuchar lo nuevo de los Arctic: la garra es para la energía de los primeros años - y discos -, y lo que viene luego debe apreciarse desde la butaca del salón un sábado por la tarde. Pero de esos jodidos.

Ya en Lady Boston empieza a sonar esa línea de bajo que nos hace recuperar la fe en un sonido algo más visceral, que se repite en el tono militar de The Truce Of Twilight. Y de hecho, la línea Parklife que aquí sería la otra cara de la misma moneda, la podemos encontrar en Drifters & Trawlers, de un sonido noventero que no podemos no echar de menos al escuchar el repertorio. No obstante, la voz de Damon sigue siendo una voz llena de nostalgia y que ha abandonado toca actitud de guerrilla: contempla el pasado desde el abatimiento en un ejercicio de reunir imágenes representativas del país que le hizo rico y dice adiós. “We like the bed that we've made to lie in much / Better, thank you / I'll be the last man to leave, sentencia en The Last Man To Leave.

Merrie Land (2018, Studio 13) son más bien de piezas monótonas y densas que casi podrían haberse compuesto desde un mismo estado de narcolepsia; no es difícil de intuir que las intenciones de este disco residen en lo conceptual y no en conseguir una agitación emocional. De hecho, existe poca coherencia entre unas canciones que hablan sobre las cruces echadas a una nación, inexistente, y una voz inalterable y tan armónicamente cohesiva con el resto de la banda. No es, pues, música de estadio ni de baile, y apenas de concierto. Y eso no es malo excepto cuando esas pistas se convierten en música de fondo, que es lo que sucede aquí. Se trata de esa fina línea donde convergen un tono de fatalidad con el desánimo, que languidece y se encuentra incapaz de sacudirte. Así pues, el ego de Albarn se empequeñece y es solo palpable por sabernos en situación, como personaje del que tenemos una impresión ambiciosa y polifacética, pero del que apenas hay rasguño de transgresión. Y es que aunque en todas las canciones canta de una forma plana y por encima de todo instrumento, que a veces juega con unos potentes coros que son el único momento de frescura, siempre hay una impasibilidad chocante aún la dureza de unas letras imperativas y metafóricas sobre la decadencia de Inglaterra. Escenas y retratos de una sociedad de la que estamos todos enterados, pero hecho desde una marca personal que nos constata algo que quizá no tanto. Y es que igual que pasa con aquellos intelectuales que se volvieron con la edad de centro derecha, también sucede con los músicos y sus propuestas cargadas de aguas turbulentas. Sobre todo si son tan reconocidos mundialmente como para tener siempre carrera.

 

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