Crítica: Tame Impala - The Slow Rush

3 marzo, 2020
Redaccíon: dod Magazine

The Slow Rush - Tame Impala

Redacción: Andrea Genovart

Un año más tarde de lo previsto y mucho overpromise misterioso en redes, The Slow Rush ya está aquí. Sí, por fin. Aunque si todo hubiese sido tal y como estaba planeado, hubiésemos tenido que disfrutar de la presentación del disco el pasado junio en en el Primavera Sound, según recientes declaraciones de Gabi Ruiz. El cuarto disco de Tame Impala vio a la luz el pasado 14 de febrero, después de haber podido disfrutar de un par de adelantos y de anuncios de portadas de cambra roja.

Para muchos el cuarto álbum de estudio, de cual ya se habían avanzado los hits Borderline y Patience, no es lo que esperaba. Sobre todo si lo que se esperaba es una continuidad de un Currents (2015), que tenía que ver con una psicodelia electro pop que se empezaba a alejar de toda la vertiente más experimental construida en Lorenism o InnerSpeaker. Así que probablemente seran muchos los que consideren que tanta espera no ha valido la pena, pero posiblemente tenga que ver con que The Slow Rush no es un disco que te deja con la boca abierta a la primera. Es un disco que merece ser escuchado una y otra vez, leer a través de él, descubrir todas las capas que tiene y apreciar todas las sutilidades que lo componen. Que exige interactuar con él a través del tiempo, y que posiblemente ganará valor y reconocimiento con él. ¿Decepción para aquellos que esperaban encontrar un ritmo eufórico que no decayera y que les sacudiera de un lugar a otro? Posiblemente. Pero seguramente son los mismos que priorizan la música desde su euforia celebrativa, y dejan de escucharla cuando se trata de apreciarla desde una vertiente más solitaria e íntima. The Slow Rush cuenta con un repertorio que invita a entrar en contacto precisamente desde allí, desde la interacción solitaria del oyente, y pensarse a través de toda esa indefinición estructural. Kevin Parker ha tardado cinco años en proponer algo nuevo, y quizá su riqueza no tengo que ver con un efecto de oleaje sino con una precisión compositiva sin una pretensión de agitación de masas, que en Currents era obscenamente evidente.

Se trata de un repertorio que tiene que ser escuchado de principio a fin, pues te exige entrar en un mood muy concreto construido a través de la relación que establecen todos los temas entre sí. Uno asiste a toda una explosión de color que refuerza todo ese vorágine que se había despertado con Currents. No obstante, es una contemplación: no se trata de una experiencia intensa que te deja en un estado desorientado y catatónico. Es una experiencia totalmente estética, donde uno se limita a maravillar la elegancia con la que se sucede cada acorde. Si en el disco de Let It Happen la voz disfrutaba de un plano más prioritario, casi solitario, y se modulaba con una seducción totalmente única, en éste encontramos una parte vocal que se distancia y se aleja, como si se tratara de una recreación cósmica. La emotividad ya no está a flor de piel, Parker no necesita un protagonismo con aquello que dice. Su personaje ha sido absorbido por lo que representa el conjunto total, y mayormente instrumental, de sus temas. De este modo, podemos darnos cuenta como estos cinco años han implicado una maduración del mismo proyecto, entendiendo por maduración como un trabajo para reforzar una presencia mucho más comedida y racional. Por eso mismo se explica que en The Slow Rush no hay la sorpresa tan plenamente cerrada de un Elephant, y en general no hay grandes riffs de guitarra. Tampoco tiempos de inflexión en la canción, capaces de guardar toda expectación y recuperar con todo un despliegue de armamento instrumental. Se trata de abrazar todo el repertorio, sin excepciones, desde una voluntad mucho más relajada, más chill. De un modo en que uno se presta a dejarse llevar, a poder escapar y volar con canciones que te secuestran y te hacen desconectar de todo lo demás, como una especie de meditación musical que escuda y apaga el roneo disruptivo de tu entorno. En definitiva, The Slow Rush tendrá un directo que invita a ser vivido con M.

Se tratan de doce canciones donde los sintetizadores tienen una omnipresencia y la voz de Parker queda muy muy lejos y muy distorsionada. De toda una capa de color azul y rosa pastel en el que uno solo puede sumergirse y, por ende, apenas diferenciar una canción que otra ya que cada una de ellas señala hacia el mismo sitio. En eso, el cantante australiano ha cambiado respecto a sus anteriores discos, donde buscaba el temazo pop que todos acabábamos tatareando. Ha dejado de crear esa canción concreta. Aunque, de aquí el éxito, en el caso de Tame Impala nunca se trató ni de una, ni de dos, ni de tres. Pero sí que siempre había aquellas melodías específicamente memorables, que sabías que eran destacables con solo escuchar tres segundos, con unos giros melódicos que te llevaban a tu pista imaginaria de baile. Con este nuevo álbum posiblemente no nos vendrá a la cabeza el mismo tarateo en particular, sino más bien un tono. Un tono que tiene que ver con la totalidad del disco. Esa es la novedad de Tame Impala: un movimiento de ajedrez que no tiene que ver con un cambio de acorde sino de perspectiva.

No obstante, podemos buscar y buscar y encontrar el momento party noventera en la magistral Is It True con su homenaje a Daft Punk, o al artista de hace ocho años en el It Might Be Time o Lost In Yesterday, un nexo directo con lo añorado de The I Less I Know The Better. Pero los temazos del disco se encuentran en el deje electrónico ibicenco e hipnótico de One More Year, que también encontramos en la embriagadora y algo claustrofóbica Glimmer. O Breathe Deeper, con unos bajos que mucho recuerdan a la música urbana y hip hop y que se alejan bastante de lo que puede esperarse de un registro indie rock, donde todavía se encabeza al artista. Todo un indicativo de que el tiempo para Parker no ha tenido que ver con cómo encontrar la fórmula que diera con el mismo éxito de Currents sino con la libertad necesaria para crear desde otro lugar, distinto al que le ha llevado a ser cabeza de cartel de los grandes festivales y a trabajar para Lady Gaga o Kanye West. De hecho, ya no tenemos toda esa faceta triste e introspectiva que justificaba la inaccesibilidad de unas letra deprimentes, sino todo lo contrario. El espacio de sus canciones se traslada a un contenido mucho más simple e inmediato, que seguramente tiene que ver con el nuevo momento personal que está atravesando el cantante. En One More Year, la canción con reverbs per defecto, hay un cántico al amor de recién casado que supongo que está experimentando (I never wanted any other way to spend our lives / I know we promised we'd be doing this 'til we die / And now I fear we might / Ooh, now I fear we might), o en On The Track, la canción que Parker señaló como “the emotional core of the album”, todo un canto al optimismo: “I know it's unrealistic, over-optimistic / I know I tried before this, I know it's nearly August / I know I can't ignore this, looking forward to all this”. Pero sería injusto pasar por alto la parte más emotiva del artista y donde es fácil parar atención; se trata de Phostumous Forgiveness, toda un tema dedicado al padre difunto del artista. Lo que está claro es que los últimos años de vida personal del australiano han dado mucho de sí y ha querido recogerlo en sus canciones, sin filtros. No como antes.

Todos sabíamos que costaría superar lo que supuso Currents, que fue el trono dado de forma incuestionable e inmediata. El estrellato. Y lo peor de todo no es que lo que pueda venir sea mejor o sea peor, si no que sea necesariamente comparable. Quizá, simplemente, es otra cosa distinta y no entra ni en esa lógica comparativa. Ese es el caso de lo nuevo de Tame Impala, y que por la misma razón está de más justificar desde una idea de lealtad musical. Parker ha probado situarse en un registro nuevo, que tiene que ver con la medida y con la simplificación. Lo relajante y lo pacífico se trasladan en una música que bebe más de sintetizadores que de guitarra, desplegando un recorrido que tiene que ver con su propio crecimiento personal. Y es que, si ha tardado cinco años en sacar algo nuevo, qué menos que no sea desde un real desapego a lo que un día ya hiciste. Que sea otro paso. Diferente, pero firme.

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