
¿Qué hacemos con aquello que no pudimos evitar? Una pregunta, de apariencia sencilla, que sin embargo tiende a enquistarse en forma de condena hasta dejar tras de sí un territorio devastado por las conjeturas, los silencios y la culpa retrospectiva. La inquietud de Joan S. Luna, plasmada en el que es su debut como guionista de novela gráfica, aborda en Son cuatro días (Astiberri, 2026) la imposibilidad de encontrar respuestas a la pérdida prematura de un amigo y compañero de universidad, Ismael, quien con apenas 24 años decidió poner fin a su vida sepultado bajo el peso de una complicada edad atravesada por la incertidumbre, la soledad y las heridas sin cicatrizar.
Luna se abre aquí como quizá nunca antes, situando el kilómetro cero de su particular exorcización en una vivencia reciente que le devuelve de golpe todo un catálogo de fantasmas largamente relegados. Aquel episodio, a ojo vistas en las primeras viñetas del volumen, se convierte en la primera estación de un vía crucis personal que le obligará a abrir, una a una, las compuertas de una memoria clausurada durante dos décadas y enfrentarse así a las conclusiones que durante todo ese tiempo había preferido mantener en suspenso. Entre ellas, una especialmente lacerante: hasta qué punto su propia ausencia durante los últimos días de Ismael —absorbido por el trabajo, por esa maquinaria cotidiana que termina por convencernos de que siempre habrá tiempo para devolver una llamada— pudo convertirle en el amigo que no estuvo cuando más se le necesitaba. Una pregunta de imposible resolución, y que, por supuesto, mediante su obra no pretende esclarecer con ninguna epifanía reparadora, pero sí convertir en materia de reflexión y conversación.
En sus páginas vemos abrirse poco a poco un melón tan incómodo como necesario, poniendo palabras allí donde tiempo ha (entre el peso de los tabúes, el desconocimiento y una cultura mucho menos habituada a verbalizar el sufrimiento psíquico) solo hubo silencio, demostrando que determinados dolores, aun cuando no admiten una sutura definitiva, necesitan ser expuestos y pensados en plural. El autor decide entonces reconstruir aquel dolor desde una perspectiva que desborda el ámbito estrictamente autobiográfico, regresando a quienes compartieron con él aquellos días y fueron testigos directos de la desgracia, pero ampliando también el perímetro de su ejercicio hasta encontrarse con personas que, aun siendo prácticamente desconocidas para él, han atravesado alguna vez una experiencia equivalente. Es a partir de estos testimonios que Luna conforma una suerte de bibliografía humana y sentida desde la que comienza a releer su propio lance y comprende que la culpa y el rencor difícilmente sirven de compañía cuando se trata de aprender a convivir con una ausencia.
Hay en el relato, además, una deliciosa dimensión de coming of age que trasciende lo estrictamente memorialístico y devuelve al lector a ese territorio ambiguo en el que la juventud comienza a resquebrajarse bajo el peso de la vida adulta, dejando atrás las clases, las fiestas, los conciertos y esa lenta, casi imperceptible, constatación de que la burbuja universitaria está destinada a estallar de un momento a otro. Sacando su consabida melomanía, Luna reconstruye con particular mimo ese ecosistema sentimental que es el dormitorio de Ismael, testigo de tardes enteras transcurridas entre discos y cervezas clandestinas, mientras Springsteen o El Último de la Fila ejercían de improbable banda sonora de una amistad sembrada de planes. Es en esa minuciosa restitución de lo cotidiano donde el cómic encuentra buena parte de su humanismo, trasladado a la viñeta por los pinceles de Jordi Pastor ('Pulp', 'La chica del templo', 'Khalid', 'Encuentro', 'Padre'...), cuyo trazo, de un realismo deliberadamente estilizado, rehúye cualquier solemnidad impostada para devolver a sus personajes una emoción tangible, imperfecta y reconocible. El color en su paleta termina por erigirse como un narrador secundario que, además de vestir cada escena, acompasa las distintas temporalidades del relato y modula, casi subrepticiamente, el estado de ánimo de quienes lo habitan. Una gramática cromática que convierte la memoria en algo más que una sucesión de estampas del pasado y permite que la emoción se filtre en la página antes incluso de que el lector alcance a racionalizarla.
Pero entre todos sus muchos aciertos, por lo que verdaderamente Son cuatro días logra trascender es por la forma en la que aborda el duelo, propio y ajeno, sin escamotear por el camino ninguna de sus aristas ni maquillar la crudeza de lo sucedido y sí rehuyendo en todo momento del morbo, de la espectacularización del dolor y de cualquier tentación de convertir la tragedia en un artefacto sentimental. Agustín Bonifacio, especialista en salud mental infanto-juvenil, no hace sino refrendar esa vocación y dotar al conjunto de una dimensión que trasciende lo estrictamente narrativo, haciendo de la obra con su epílogo un instrumento cultural para la conversación, la prevención y el acompañamiento. Pero incluso más allá de esa posible función a medio y largo plazo, conviene reivindicar el cómic por algo mucho más elemental: porque es una historia extraordinariamente bien contada y profundamente emocionante, en la que su par de responsables consiguen que el lector recorra ese trayecto de desasosiego, introspección y reconciliación hasta desembocar, como el propio protagonista, en el más lacrimógeno de los desahogos y en la inesperada luz de los generacionales versos de Quimi y Manolo.