
Con 40 años de carrera, nueve discos de estudio y más de mil bolos a sus espaldas, cuesta creer que todavía quede algo que decir de Radiohead. Es el tema favorito del periodista musical medio y no es para menos: de sus ignorados primeros pinitos como On A Friday a su infinita forma de reinventarse, la maldición de Creep (la del guitarrazo), sus primigenias comparaciones con Nirvana, U2 o Suede, su nado a contracorriente en el britpop, la matrioshka de estilos que habita dentro de su sonido, la hosquedad natural de Yorke, o ese perturbado reverso suyo que le ha llevado a escribir algunas de las letras más sombrías del pop anglosajón; sin embargo, el mérito de Radiohead. El presente es imposible (Nórdica Libros, 2026) no se queda en la simple replicación de un relato ya canonizado, sino en atreverse a diseccionar la frondosa historia de la banda como nadie se había atrevido antes.
Cronistas de aquí y de allí (debidamente traducidos por Blanca Gago) se concentran en el seno de esta monografía para intentar poner luz al complejo legado de una de las bandas más grandes del mundo, siendo los de Oxford, en última instancia, casi un tema periférico y una excusa para hablar de otros muchos asuntos paralelos (la crítica musical como forma de relato, la lírica generacional, la escucha como experiencia vital, la deriva tecnológica del pop, el canon británico de los noventa o la manera en que una discografía puede entenderse como el mapa de una época). Y es que, a caballo entre la labor arqueológica y la recopilación de voces por encargo, el volumen termina por sentirse como un viaje en el tiempo guiado por la memoria, el oído y la pluma de gente (prescriptores de los de verdad, por cierto) que narra con entusiasmo contagioso su vínculo con los británicos.
Tenemos desde delirantes crónicas de conciertos que le reconcilian a uno con el género periodístico hasta entrevistas resacosas en hoteles -impagables los careos con la prensa en Madrid (Ted Kessler, NME), y años más tarde, la defensa de Amnesiac (2001) por parte de Jonny Greenwood con David Broc (Mondo Sonoro), el análisis, canción a canción, de Hail to the Thief (Laura Scales, Rockdelux) o monográficos sobre álbumes concretos, como el de Pablo Honey de Pablo Ballesteros (Revista EfeEme) o el de The Bends de Sergio Ariza (Mondo Sonoro); pero por supuesto, más allá de ser un simple repositorio de artículos resucitados, la obra también dispone de textos originales para la ocasión, ideales para profundizar más sobre aspectos concretos sin corsés gacetísticos y a calzón quitado.
Sirva de ejemplo el arranque situacional de Abraham Boba (León Benavente) como punto de partida y reencuentro con el rock de las islas tras el concierto de los mismos en Madrid; el delicioso y merecido panegírico que Gustavo Iglesias (Radio3) le dedica a la figura de Nigel Godrich, ese genio que se crio entre los cachivaches sonoros de su padre y terminó siendo culpable en un alto porcentaje de que Radiohead sonaran como sonaran; la manera en la que Ángel Carmona (Radio Nacional de España) nos regala un precioso símil entre Debussy y los de Oxford, quienes gracias a su habilidad para surfear los cambios tecnológicos en la música e incluso domarlos, también harán canciones "para los nietos del siglo XXI"; o esa interesantísima labor de rastreo firmada por Víctor Amorín (Music Radar Clan) hasta retrotraernos al Internet de 1997 y la brillante anti-campaña de marketing del OK Computer (arte gráfico de Stanley Donwood y microsite rudimentario mediante).
Y aunque el libro nos presente una marcada línea cronológica que atraviesa sus más de 300 páginas -desde la creación de la MTV en 1981 y los primeros pasos del grupo como On A Friday en 1985, hasta 2025, año marcado por la tibieza del conjunto con el conflicto gazatí, el sobrevenido éxito de algunos de sus singles olvidados en TikTok y el récord de entradas vendidas en su reciente gira, a pesar de llevar diez años sin publicar disco (Sebas E. Alonso, Jenesaispop)-, lo realmente bonito de su lectura es que esa línea temporal no opera como un único carril, sino como una red de pasadizos por los que disfrutar de forma interdependiente. Uno puede posar el dedo al azar sobre cualquier costura de esta cartografía musical y, aun así, percibir que todo dialoga con todo y que cada texto ilumina a los demás, con Yorke y compañía siempre convertidos en el denominador común de una erudita forma de pensar la música y el tiempo. Además de imposible, el presente para una banda empeñada en mirar siempre un poco más allá de la coordenada es, también, demasiado estrecho.