Crítica: Quique González - Sur en el valle

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18 octubre, 2021
Redaccíon: dod Magazine

Quique González - Sur en el valle

Redacción: Noemí Valle

Me tropecé con el nuevo disco de Quique González en una cafetería de Madrid hace una semana. Yo apuraba el café mientras los acordes de Sur en el valle se sucedían a la par que una retahíla de imperativos perfectamente acompasados: “Dame fuego, tracción/ dame vértices, fricción”. Reconocí enseguida la voz de Quique y lo siguiente fue una semana en bucle con el álbum acompañándome a todas partes, en el metro, en el supermercado, en el salón de mi casa a todo volumen. Canciones sucesivas reviviendo cualquier tiempo muerto de mi vida.

El disco abre con Sur en el valle, canción que además, le da nombre al álbum que encierra otras once composiciones cargadas de metáforas y paisajes. En el primer tema se adivinan los valles pasiegos de Cantabria, el verde frondoso, el río helado recorriendo las colinas, el olor a tierra mojada, el viento fresco golpeando la cara, recorriéndote los pulmones. Todo culpa de que el autor no solo habita ese lugar, también se empapa de él y lo suda en sus canciones.

Amor en ruta es otra de mis predilectas del disco. En ella encuentro un cóctel dulce y amargo, cargado de calma y calambre, con sus frases punzantes y sus ritmos suaves. Un paseo obligatorio por las escenas de tu vida, donde irrumpen como machetes las verdades sin envoltorios: “cuantas veces te saliste de la curva, cuantas veces no”. Me recuerda en cierto modo al autor argentino Pedro Marial cuando habla de “la periferia de la experiencia”, que son todas las cosas que nos pasan, pero también todas esas que estuvieron al borde y nunca sucedieron. Con las que fantaseamos, con las que tenemos pesadillas. El “casi pero no”, como en “Deseando amar” de Won Kar-wai.

Puede que me mueva continúa con la costumbre de las alegorías. Entra dispuesta a reventar los malos sueños, a convivir con el recuerdo por amargo que sea. No va de devorar la vida, sino de darle, aunque sea un mordisco, de volver a tener hambre, un mínimo de apetito. Quique araña su guitarra y exhala un: “quiero intentar vivir sabiendo que estás con alguien”. Mientras, destapa ese sentimiento añejo a punto de la putrefacción que sigue estancándote la vida.

Luna de trueno llega cabalgando sobre la arena mojada de la mano de una historia indómita y salvaje, como el caballo que protagoniza la portada del disco. Irremediablemente me percato de que el amor es un poco ese animal irracional a veces intranquilo a veces sosegado. Un animal que no entiende de fronteras porque camina libre y desobediente abarcándolas todas.

Siguiendo la línea de folk rock estilo americano que caracteriza todo el álbum, llego a Te tiras a matar que irrumpe acompañado de coplitas del estilo: “la quieres rodear, pero te empuja dentro, como una pluma en el ojo del huracán”. Todo ello con sus respectivas guitarras y teclados, maquillando el dolor con finísima elegancia.

Las metáforas recurrentes sobre el clima se enganchan a los temas de Quique, pero también las frases desnudas, desprovistas de adornos, cargadas de cotidianidad, como cuando canta “se caen las llaves por el hueco de los ascensores”, en una estrofa bellísima de la canción que cierra el disco, Los amigos se van. Un tema plagado de dureza que pone el broche a un álbum que sabe a nostalgia y experiencia. Un álbum para paladear sin prisa, para degustar sin engullir. Un álbum firme y sinuoso al que abrazarse fuerte cuando aprieta la noche, cuando se descascarilla el día.

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