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Crítica: POND - Stung!

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POND - Stung! (2024)

Alguien debería hacer más pronto que tarde un estudio sociológico que nos dé una respuesta a la indudable y deliciosa conexión existente entre la psicodelia y la escena independiente australiana. Y es que no son ya pocos los proyectos que en la última década han encumbrado la down under como una de las principales factorías de auténticas joyas del género, poniendo en el mapa su denominación de origen como hacía tiempo que nadie lograba y sin perder, a su vez, el sello distintivo y particular que a cada formación define.

También, y ya que nos ponemos analíticos, podríamos intentar buscarle una explicación a la vena tan prolífica que muchos de ellos parecen compartir, pues la banda que hoy nos concierne, al igual que otros de sus paisanos, lleva publicados nada menos que diez álbumes en poco más de diez años de existencia. Pond son, sin duda, unos artesanos por excelencia del sonido árido y mesmerizante, pero con Stung! (Spinning Top Records, 2024), además, consiguen dejar atrás el simple stoner macho y conmovernos apuntando hacia territorios más emocionales y privados.

Desde que a principios de año comenzaran a darnos las primeras señales hacia su regreso, recordándonos de forma incontestable a unos Led Zeppelin de nueva era con Neon River, el quinteto de Perth parecía decidido a querer traernos uno de esos discos que recuerdan a demasiadas cosas geniales como para pasar inadvertidos. En efecto, en el que es a todas luces el elepé más extenso de la banda en varios años hay un poso de nostalgia sonora y referentes obvios que saltan a nuestra memoria inmediata tan pronto como nos adentramos en sus quince pistas, pero la voz de Nick Allbrook consigue volar por encima de sus mismas influencias, llegando a un puerto propio y haciendo gala aquí de unas tablas que solo la experiencia da.

Entre reverberación y versos susurrados, su baladón de apertura, Constant Picnic, nos advierte desde el inicio de esa inclinación íntima y sentimental hacia la que el cancionero pretenderá llevarnos. Convertidos en unos Manic Street Preachers de color terracota y percusión de tempos acelerados, con (I'm) Stung verifican tanto su apasionado discurso (el tema, que pone nombre al disco, se inspira en uno de esos amores enquistados que ponen patas arriba tu universo) como el irresistible órdago que nos lanzan, difícil de ignorar.

Para este viaje no podían faltar esos capítulos extensos y altamente lisérgicos con los que la banda cumple con los cánones de su etiqueta y levanta nuestros pies del suelo (Edge Of The World Pt. 3, con la que además cierran una particular trilogía de temas iniciada en 2018 con su disco The Weather), dejando constancia de su (ya demostrada pero siempre merecedora de mención) calidad instrumental. Tener de tu lado a dos musicazos de la talla de Jay Watson (GUM) y James Ireland (Gin) es sin duda una garantía absoluta ante este tipo de ideas y su labor aquí es absolutamente precisa tanto si se trata de regalarnos hits guitarreros y eufóricos (Boy's Don't Crash) como si deciden bajar de revoluciones y jugar con el acaramelamiento más ardiente (Elefant Gun).

Aunque suene a topicazo, parece que los amigos de POND han querido valerse del magnetismo de una cifra tan redonda como su décimo LP para mostrarnos en el mismo su discurso más sincero hasta el momento, razón por la cual su generosa extensión no termina siendo ningún óbice para que entremos en su romanticismo psicodélico y confirmemos el grandísimo talento de sus responsables.

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