Crítica: Phoebe Green - Lucky Me

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21 agosto, 2022
Redacción: Fran González

Phoebe Green - Lucky Me

Si necesitábamos una prueba que certificase la madurez compositiva y la habilidad de espetar sinceridad cruda y directa por parte de Phoebe Green, su disco de debut y primera incursión en el formato de larga duración es sin lugar a dudas la marca que verifica una evolución clara y un antes y un después en la carrera de esta joven artista de Lytham.

Lucky Me (Chess Club Records/AWAL, 2022) es una colección honesta y abierta que corrobora lo que la gente suele concebir como nueva ola de artistas que están reinventando el pop, lejos de chabacanerías y más próximos a hablar con la visceralidad por delante de quien necesita recomponer su corazón hecho pedazos y de paso sentirse arropado por más sujetos que compartan experiencias parejas. Concretamente, en el sonido de Green diferenciamos trazas que ineludiblemente nos van a recordar a la gran Billie Eilish, madrina de esta corriente de artistas desprovistos de pelos en la lengua en lo que a catarsis emocional se refiere. Sin embargo, la artista ahora afincada en Mánchester es también capaz de llevarnos a escenarios más gamberros y ruidosos que la alejan del mainstream sin terminar de generar un trabajo del todo inaccesible, como bien prueban sus pertinentes singles principales, como esa acometida de R’n’B oscuro que es Make It Easy.

Con un acto de apertura tan directo y sin atisbos de engaños como es Break My Heart, no solo intuimos la dinámica auto-flageladora que definirá el álbum, sino también ese giro en el sonido que Green ha perpetrado con respecto a sus anteriores entregas individuales: adiós a la guitarra, y hola a los sintetizadores que abrazarán íntegramente el LP, generando eso sí, una sensación de cohesión a lo largo de sus trece piezas bastante notoria.
Como si de un ensimismada sesión terapéutica se tratase, la cantautora británica prácticamente se olvida de nuestra presencia y dialoga consigo misma hasta llegar a conclusiones tan íntimas que nos sonrojan a la vez que, indefectiblemente, también nos definen: “Nothing makes me feel so good as wanting something that I shouldn’t”, canta baja los sintéticos e industriales destellos de Won’t Sit Still. ¿Y quién no, Phoebe, y quién no? Y es que es esa habilidad por su parte de aproximarnos a un entorno de emociones y vivencias relativamente cercanas que nos permiten identificarnos con su discurso, lo que nos hace ver en la británica un atisbo de gran proyección futura, como bien revelan las agitadas diatribas de esa Crying In The Club, tan a lo Lilly Allen, que exponen al descubierto todas las emociones a flor de piel que se suceden en una frenética y festiva noche: “Bad habits don't fill me up like they used to lately, I'm so empty I see through, but then, the sun can shine straight in.

Con todo, y a pesar del apreciable tono oscuro de la cantante (con odas claramente dirigidas hacia la auto-destrucción, como Sweat), Green demuestra seguir adelante buscando a través de estas trece pistas un sentido que le ofrezca claridad sobre el mundo que la rodea, y a nosotros, otorgándonos un alentador relato al que aferrarnos, donde cualquiera medianamente despierto puede entrever que aquí se está cociendo una proyección futura de lo más digna y promisoria.

 

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