
Dicen que Phoebe Bridgers ha pasado en estos seis años de ser una ninfa de pelo plateado y talento reservado a reinar el pop mainstream con presencia y fondo; y sí, efectivamente, todos hemos presenciado su progresivo auge, en mayor medida potenciado por el reconocimiento tardío de su discografía, la unánime acogida de su proyecto colaborativo con Lucy Dacus y Julien Baker y el éxito de sus recurrentes tándems con otras personalidades célebres (que si el premiado Ghost in the Machine junto a SZA, que si abrir para Taylor Swift en el The Eras Tour, que si Paul McCartney, que si Lorde...). Sin embargo, y aunque la evolución en este Lost Weekend (Dead Oceans, 2026) sea clara, hay algo en estas 16 nuevas canciones que irremediablemente nos van a recordar a aquella cantautora rota del Stranger in the Alps (2017): una voluntad de vulnerabilidad expresa y una intimidad fatal, no aptas para el oído generalista, que continúan palpitando aquí, una década más tarde y a pulso desbocado.
No es para menos; el tercer disco en solitario de Bridgers llega bajo la sombra de una de las épocas más intensas en la vida de la artista, no solo por los cambios profesionales que su carrera ha experimentado, sino por otros envites personales que ahora permean sin vuelta de hoja en su imaginario creativo. Como si de una línea transversal se tratara, el fallecimiento de su padre tiñe de retorcido amargor el tono al completo del disco, convirtiéndose en ocasiones en el eje temático principal de este. Detrás de la elegía en la que Lost Weekend se acaba convirtiendo, con reflexiones deliberadamente dedicadas a su memoria, existen, sin embargo, claroscuros remanentes que anticipan al oyente la existencia de una relación complicada que dejó tras de sí memorias difíciles de borrar. “I found her bleeding over the sink / But when you said sorry, you were looking at me”, escuchamos en Still Standing y el que tal vez sea el verso más cruento y frontal que encontraremos en el elepé, sintetizando desde el costumbrismo más doloroso un sentimiento que dice mucho con muy poco y que emparenta al resto de piezas entre sí. Su reflexión sobre la influencia de aquella infancia, siendo testigo de una colección imposible de negligencias domésticas (“The way it used to be is not the way that it is”), pasa de ser una velada oda crepuscular a materializarse casi físicamente desde la voz de su propio progenitor, sampleado entre desvanecidos acordes de banjo en la breve Never Going Bak! y a través de una metálica y tubiforme cita para el recuerdo ("Hey Phoebe, it's your dad / I know you're busy, being a rock star takes up a lot of your time, I'm guessing").
A su vez, y más allá de la forma en la que ciertas heridas irresolutas marcan el tempo del disco, la californiana ha querido dejar constancia de cómo su ascesis artística también se percibe en otros muchos detalles, haciendo de este Lost Weekend algo más que un simple nuevo trabajo que sumar a su haber. No resulta casual, para comprender mejor los lugares a los que Bridgers ha querido llevar ahora su signatura, que el disco arranque con una inusual voz procesada en The Outside, que más que un mero capricho estético y formal, parece ser la tarjeta de presentación de su interés por no sonar, de entrada, exactamente a como esperamos. El tema de arranque se convierte así en una suerte de catálogo de anomalías estilísticas (del vocoder a la electrónica sutil y casi ambient) que, de alguna forma, hará las veces de manual de estilo para el resto de la partida, como a continuación escuchamos durante los primeros compases de Lost Boys -para poco después volver a tener con nosotros a la Bridgers humana, guitarra en mano y vientos en órbita, presentando el que muy probablemente sea uno de sus temas más inmediatos y efectivos.
El corte que da título al disco, Lost Weekend, también recuperará esa textura semi-onírica y etérea, acompañando las musitadas diatribas de Bridgers entre dosis de colapso (sample de Paul Lansky mediante) hasta devenir en un desorbitado y catártico torbellino de revoluciones y despieces. Una tendencia, la de apoyarse en esa producción más mecánica y artificiosa, que se prolongará a través de sus interludios instrumentales (desde la björkiana Panorama hasta la fugaz Lost Parade), como si la propia artista quisiera acentuar que el sonido llega esta vez más lejos que las palabras. Aunque desde luego, no estamos, ni mucho menos ante un proyecto de corte experimental, propiamente dicho, pues son muchas las líneas que hermanan esta nueva ofrenda con sus anteriores: el humor seco de Bobby (“That thing in a box I don't fuck anymore”), la reinvención del pasado sin moraleja en Liberty Tree ("The past is looking brighter all the time"), su singular danza al desencanto en The Governor’s Waltz con dardos encriptados ("And she can pretend to be me since she took my place in my bed on that stage"), la claustrofóbica Kill Me o el regreso a la esperanza y la dicha en clave country en Haunted; todas ellas, piezas que constatan que esa pátina de romanticismo encarnado y emo-folk acústico tan inconfundible continúa articulando su discurso.
Y lo hace a pesar del sonado número de interventores que suman su granito al montante. Un tira y afloja de nombres con estrella (desde los derroteros de pop canónico de Jack Antonoff hasta el quiebro casero y enigmático de Alex G, pasando por la charada autobiográfica de Bo Burnham o la que todos creímos que se trataba de la voz de Cameron Winter en I Can't Wait -y terminó tratándose de un misterioso Son-John Johnson) que contribuyen a que Bridgers enarbole ahora los vicios propios de una artista en el umbral de su consagración definitiva. Confesión hasta el tuétano y composiciones arrebatadoramente llamadas a trascender.