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Crítica: palmeras negras - s/t

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palmeras negras - s/t (2024)

Han pasado dos años ya desde que se presentaran en sociedad con el estreno y publicación de ya no queda nada donde lo dejé (Desorden Sonoro, 2022), su breve puesta de largo en formato EP con la que asentaron esa ambiciosa intención suya de no querer encasillarse en burdas y limitantes etiquetas. De aquellas operaban como trío, con Jesús Barrau, Jesús Torres y Diego García al frente del proyecto, pero en muy poco tiempo y con la entrada en la ecuación de Víctor Gutiérrez y Miriam Moreno, el quinteto almeriense palmeras negras ha terminado erigiendo una propuesta tan sólida como carismática que se ha ganado de forma incontestable nuestras atenciones.

Motivos para ello encontramos de sobra en su primer larga duración, s/t (Aloud Music/Synth Vicious, 2024), que con tan solo 30 minutos y 6 cortes en su tracklist nos deja clara la evidente intención de sus responsables por querer salirse de la redundancia sonora que asola nuestra escena. Ni auto-tune barriobajero ni post-punk pijo; lo que esta joven banda tiene para ofrecernos es media hora de emociones a flor de piel y rock existencialista con el fin de incrustar sus dedos hasta la médula en nuestras zozobras y vahídos vitales más íntimos. Desde su primer tema, empezar (de nuevo), la banda se vale de armonías disonantes, versos casi susurrados y un manto de oscuridad atmosférica apenas salpicado con pericia por unos deliciosos arreglos de cuerda que se convertirán en una maravillosa constante a lo largo de la obra. Pero valiéndose de las virtudes del inconformismo como primera lengua, la banda no tendrá reparo alguno en romper la baraja tan pronto como se le antoje, condimentando capítulos de pura distorsión slowcore con unos vientos excelentemente jugados y sorprendentes tramos de agitado math-rock y emo (ya no cabe ni el silencio).

Efectivamente, no mentían cuando en su declaración de intenciones apostaban por una fórmula que respondiera ecuánimemente a sus equidistantes inquietudes, y temas como si recordara, su propuesta más doom-metal, así lo confirman. De un aguacero gutural y catártico a una melodía con sabor a himno, pasando por la rugosidad y contundencia del riff y la percusión más pesada, hasta llegar a un bálsamo hipnótico de líneas de cello que embelesan y arrebatan. Puede parecernos a priori que esta hiperactividad estilística abandone cualquier lógica en favor del impulso menos meditado. Pero es esa valentía y riesgo (reflejados, por ejemplo, en el combinado de pop lóbrego y post-hardcore de me esfuerzo en olvidar) lo que termina haciendo grandes las propuestas más disidentes. Aun con aspectos que todavía limar, la escena independiente de nuestro país llevaba mucho tiempo sin ver algo igual.

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