Crítica: Overmono - Pure Devotion

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Overmono - Pure Devotion (2026)

Cuando Tom y Ed Russell comenzaron a trabajar juntos bajo el nombre de Overmono, ya acumulaban más de una década de experiencia en los márgenes de la electrónica británica. Como Truss y Tessela, respectivamente, habían desarrollado carreras vinculadas al techno, al jungle y a las formas más físicas de la música de club. Su educación sentimental, sin embargo, había comenzado mucho antes a golpe de rave en la Gales rural, donde crecieron bajo el influyente yugo de una cultura electrónica que les enseñó a entender el género tanto desde la pista como desde la producción.

Good Lies (2023) fue el resultado de aquellos años de escuela y el disco que terminó de ponerles en su lugar. Su éxito coincidió con la recuperación de la cultura de club después de la pandemia y encontró en los directos el espacio natural para desarrollar una propuesta concebida alrededor del movimiento. Las sesiones Pure Devotion, desplegadas a lo largo de 2024, llevaron todavía más lejos esa concepción, con pistas que dejaban de ser estructuras cerradas para convertirse en material susceptible de ser desmontado y reconstruido cada noche. Este segundo álbum nace precisamente de esa experiencia, pero lejos de pretender reproducirla, lo que busca es transmitir la conciencia de aquello que queda de una noche de club cuando desaparecen las luces, el volumen y la multitud. De ahí que Pure Devotion (XL, 2026) resulte más táctil y atmosférico que su predecesor. Los perros vuelven a ladrar como saben, eso está claro, pero para esta ocasión además de seguir recurriendo a breakbeats, bajos profundos, voces manipuladas y sintetizadores asociados a la tradición rave británica, también apreciamos mayor espacio para la textura, la suspensión y el accidente. Parte del álbum fue concebida durante retiros en Islandia y el norte de España, trabajando con un equipo deliberadamente reducido y más físico: cintas sometidas a imanes, altavoces llevados al límite, reverberaciones defectuosas y sonidos procesados mediante métodos poco ortodoxos. El objetivo, hablando en plata, era introducir cierta irregularidad dentro del sonido y comprobar a qué lugares este podía llevarles.

Así, Lockup comienza estableciendo las coordenadas del disco con un potente sample mediante (sacado del What a Waste de la banda post-punk Fast Relief) que gira encarcelado entre breakbeats y sintetizadores ásperos; más adelante, Slowmotion demuestra hasta qué punto Overmono dominan la tensión entre percusión y espacio, con un bombardeo de voces tratadas próximas al hip-hop; en el extremo opuesto aparecen Barum y Adre («hacia casa», en galés), piezas con menos músculo pero más aprecio por los detalles -la primera, en clave de RnB dosmilero, y la segunda, como un interludio prácticamente sacado del imaginario instrumental y apocalíptico de Boards of Canada.

Entre las canciones más logradas y destinadas a sobrevivir por encima de la media encontramos Even Angels Ghosts, un himno casi crepuscular cuyas voces, deliberadamente deformadas y lejanas, flotan sobre una producción ajena al golpe frontal y entregada a la reverberación, al eco y al espacio liminal. Gem Lingo, con Ruthven, lleva esa misma estrategia hacia el footwork, utilizando la voz como un elemento que aparece y desaparece entre los ritmos. Y Knight in Shining Prada, junto al poeta John Joseph Holt, constituye probablemente el momento más emotivo del álbum, cuyas letras (dedicadas al hermano fallecido de Holt), convierten la pista de baile en un espacio de duelo y memoria, una suerte de liturgia rave que no renuncia por ello a una producción expansiva y profundamente física.

El disco encuentra su desenlace natural en After the Rain, a pachas con el dúo noruego Smerz, cuyo know-how del pop experimental nos hace sucumbir a los encantos de una pieza que habita entre el sueño y la vigilia. Los Russell vuelven aquí al UK garage que constituye una de sus señas de identidad, pero lo someten a una melancolía casi líquida en la que los ritmos se precipitan, las voces pierden contorno y los sintetizadores dejan una estela de luz fría. Por su parte, no parece haber una deliberada voluntad de clausurar el disco de forma enfática, sino más bien de dejar que la música prosiga unos minutos después de haber terminado el disco. El club queda atrás, pero sus bajos continúan sonando, sordos y obstinados, en algún lugar de nuestra cabeza, conscientes de todo lo que se puede decir y sentir a 140 BPMs.

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