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Crítica: Neil Frances - There Is No Neil Frances

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Neil Frances - There Is No Neil Frances

Redacción: Fran González

Cuando atesoras temas en tu haber que acumulan y superan los 60 millones de reproducciones en streaming cuesta entender que te cuelguen el sambenito de debutante, pero así son la industria y la música en la contemporaneidad: sin llegar a poseer aún un disco formal, ya se puede haber tocado el cielo varias veces. Y es que aunque no hayan necesitado en sus seis años de formación entregarse a la tosca y ardua tarea de confeccionar un LP como tal que les sirviera de carta de presentación en el sector, tarde o temprano el gusanillo del larga duración parece haberle picado al dúo compuesto por Jordan Feller y Marc Gilfry, quienes tras habernos regalado auténticos rompepistas cargados de vibraciones disco y electrónica fresca a lo largo de los últimos años, han visto en el recién estrenado 2022 el contexto idóneo para firmar finalmente su álbum de debut.

Neil Frances juegan con ventaja, pues para lanzarse a esta piscina sabemos de sobra que vienen con los deberes bien hechos, y eso se nota. Seis años enteramente entregados a esa factoría de temas elegantes que juegan con el funk más luminoso y con la psicodelia más sofisticada son buena prueba de ello. Es por tanto escasa nuestra sorpresa al darnos cuenta del magnetismo instantáneo que contiene este There Is No Neil Frances (Nettwerk, 2022), que con sus catorce piezas es capaz de activarnos y hacer que nos mezamos delicadamente y sin condiciones al ritmo que nos propone la dupla de Los Ángeles.

La fórmula empleada es sencilla: impecables guiños a ese hedonismo que reinaba en el imperio discotequero de los 70s, sumergidos en un atardecer rosado e infinito donde solo el groove y el ritmo son los dueños de nuestros pensamientos. Y con todo, son además capaces de cargar de fuerte significado y presencia la firma de este debut, pues Feller y Gilfry constatan por escrito la misión compartida de convertir este proyecto en su aspiración por alcanzar la autorrealización personal y transformarse en las personas con las que sueñan ser, aunque ello conlleve ascender al espacio exterior hasta convertirse en auténticos ídolos del baile intergaláctico y rascar en su ilimitada herencia musical.

Un arranque puramente synthwave para Little Heartbeat combinado con ese falsetto en eco que roza lo onírico y lo astral, nos ayuda a contextualizar desde el primer compás los tiros por los que este dúo va a tratar de llevarnos a lo largo del disco. Continuamos con On a Dark Night, donde las influencias del dueto californiano parecen comenzar a adoptar una forma mucho más visible y evidente: un ritmo machacón y sintético al más puro estilo Ed Bangers, una implícita y cálida sensualidad en la voz que nos recuerda por momentos a Unknown Mortal Orchestra, y una fina línea de arreglos que podría haber pertenecido perfectamente al Random Access Memories. Unos ingredientes que aseguran tanto el éxito como un balón suelto a puerta vacía.

Las azoteas de Los Ángeles ya atestiguaron el inmediato e infeccioso efecto que un tema como It’s Like a Dream era capaz de generar, con esos ritmos caleidoscópicos tan ensoñadores que nos transportan con premura a nuestro momento favorito del estío. Y junto a ese viejo conocido huelga destacar las colaboraciones que descubrimos ya el pasado año junto a la canadiense GRAE (en esa delicada y afrancesada Finding Rhythm) y junto al cantautor holandés Benny Sings (encargado de aportar tonalidades aún más cálidas, si cabe, al sonido de Neil Frances con Where I Become Someone. Entre piezas descubiertas y por conocer, este singular There is No Neil Frances nos abraza con beats en clave lo-fi (como en In The Starlight o Every Day With You) o con lisérgicos pasajes de corte “khruangbiniano”, como ese Dancing, y de lo que terminamos dándonos cuenta es de que no hemos podido dejar de sacudir incansablemente nuestros cuellos ante el surtido de glamurosos ritmos y penetrantes destellos funkys que Feller y Gilfry son capaces de ofrecernos.

Neil Frances nos tenían ya ganados con todo lo que habían producido hasta ahora y jugaban con nota en esa liga de artistas firmemente entregados al homenaje setentero y a la vibra buenrollista (junto a coetáneos suyos como Jungle, Parcels o Franc Moody), pero Feller y Gilfry  llevan la ambición por bandera y la conversión de su música al formato de larga duración señaliza un antes y un después en sus carreras, superando con crédito todas las expectativas previstas.

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