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Crítica: Naima Bock - Giant Palm

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Naima Bock - Giant Palm (2022)
Por si después de su paso por la formación británica Goat Girl no hubiese ganado ya el suficiente crédito para la audiencia, la cantante de raíces británico-griegas y brasileñas Naima Bock ha oficializado su carrera en solitario con el lanzamiento de su álbum de debut, Giant Palm, producido por Joel Burton y firmado a través de nada menos que el imperioso e histórico sello de Seattle, Sub Pop Records.

Desde un encuadre mucho más calmado y con fragancias diversas que miran en direcciones más eclécticas que las que presentaba su trabajo con el cuarteto londinense, Bock apuesta para su carta de presentación por una sucesión de pistas que navegan desde el folk más ensoñador hasta unas texturas que comprimen para sí ese torrente de influencias interculturales que han asolado desde siempre su bagaje musical. De ahí que su cristalina voz nos agarre de la mano y nos guíe por una secuencia preciosista y floral que se erige y extiende a partir de delicados instrumentales en clave de psicodelia folk (Toll) o un ambient etéreo que invita a tomar aire y a evadirse en los brazos de la introspección más profunda (Dim Dum).

Porque si hay un plano en el que Giant Palm se mueve es precisamente en el de invitarnos a la calma más reflexiva, incluso cuando acontecen episodios en los que las percusiones tienen un protagonismo más pronunciado y los ritmos se agitan puntualmente (como en la pista homónima que abre el propio LP, donde precisamente tiene hasta sus créditos el propio padre de Naima, Victor Bock). Ante todo, a lo largo de sus diez canciones Bock prima por el desacelere y por ofrecernos un abrazo cálido y atenuado que nos envuelve con confort y dulzura. No es de extrañar que precisamente la que fuera bajista de Goat Girl nos presente ahora un álbum que destile esos aromas medioambientales tan marcados por sus cuatro costados, pues tras abandonar la mencionada formación Naima fundó junto a su actual mánager un pequeño negocio local de floristería y jardinería, revelándonos de alguna forma unas posibles pistas sobre esa inclinación notable que su sonido iba a evidenciar por la belleza más natural.

A esta óptica paisajista y reconfortante donde su voz, suave y liviana, alcanza cuotas realmente parejas a las de otras grandes estrellas del folk anglosajón (Vashti Bunyan, Linda Perhacs, Sibylle Baier o Aldous Harding), se añaden exquisitos arreglos de cuerda y viento (Instrumental), conmovedores coros henchidos de emoción (Every Morning) y hasta preciosas y acogedoras miradas directas a su herencia con un fugaz episodio de cierre con sabor a bossa (O Morro). En definitiva, un viaje sin prisas por el imaginario de una artista a la que el hecho de formar parte de un grupo se le quedaba pequeño a la hora de explotar todas las aristas que sin duda su desbordante talento escondía.

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