Crítica: Miya Folick - 2007

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13 septiembre, 2022
Redacción: Fran González

Miya Folick - 2007

Mientras se nos encoge el aliento al escuchar ese "I haven't felt safe since 2007", irremediablemente nos preguntamos qué habrá sucedido en 2007, que tiene la entidad suficiente para conformar el título del último trabajo de nada menos que Miya Folick. Para muchos millennials, quizás se trate de la cúspide, el pick, la cima de su despreocupación vital, un antes y un después a las puertas de afrontar el anunciado enfrentamiento con la vida adulta; o quizás se trate de una fecha que a muchos les retrotraiga, sin atisbos de casualidad, a los últimos coletazos de una sociedad libre de redes sociales y smartphones. Pero lo que está claro es que el verdadero significado de esa presencia tan relevante que parece tener el mencionado año en su vida solo lo conoce la propia cantautora californiana, que con ternura y honestidad, logra llevarnos de la mano hacia su desnudo y crudo relato a lo largo de seis intensas canciones.

Un aluvión de reflexiones y revelaciones personales sin cortar, que comienzan desde intensas cuestiones humanistas ("Do I need God?") y derivan en conclusiones íntimas sobre decisiones que se tomaron o se dejaron de tomar y resuenan en la psique de cualquier neurótico que se precie ("I'm tired of saying bless this mess, but I'm too in love with Los Angeles. If I give up, I'll regret it when I'm old"). En efecto, la ansiedad se palpa en todas las aristas de su voz, llegando a romper en múltiples ocasiones la cuarta pared y a hablarnos directamente y de tú a tú, haciéndonos partícipes de una serie de diatribas privadas que la logran humanizar como nunca: "Desperate for help to feel normal, over and over and over again." Muy aventurado sería sentenciar que la de Folick es la voz autorizada para hablar en nombre de una entera generación, pero lo cierto es que este 2007 (Nettwerk, 2022), con el que además logra darle continuidad a su carrera tras su deslumbrante debut hace cuatro años con Premonitions (Interscope Records, 2018), consigue llevarnos a lugares comunes que, tan pronto desarrollan un sentimiento de identificación automático, o como mínimo generan un valor de empatía y respeto considerable ("I know you've been talking to girls on the internet. She's only nineteen and I can't compete with that. I've been trying to change the way I look so you like what you see, I've been losing weight so I can wear these Dolls Kill jeans").

Dada la magnitud de sus palabras, con las que paulatinamente va ganando poder sobre sí misma, quizás pasamos por alto que detrás de esas letras ásperas repletas de verdades que escuecen, también se encuentra un trabajo sonoramente sólido y completo que de buenas a primeras es capaz de sacudirnos con baladas de corte 00s (Nothing To See), pop radiante que coquetea con el universo de las Haim y de Sharon Van Etten (Bad Thing), o folk sólido y sentimental del de toda la vida (Ordinary). Adicciones, traumas, arrepentimientos y un terremoto emocional que, a sus 33 años, le otorgan a la californiana el crédito merecido para dejarse atrás las amabilidades y las sutilezas, y apostarlo todo por una liberación en toda regla y sin pelos en la lengua. We wanna smile real big and we wanna fucking live too, Miya.

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