Crítica: Mitski - Be The Cowboy

11 septiembre, 2018
Redaccíon: dod Magazine

Redacción: Andrea Genovart

Una de las cosas que implica ser joven es, aunque uno se niegue a admitirlo, estar enamorado de tu propia pena. Vivirla, regodearse en ella, para exhibirla: la mierda, para que sea útil, debe salir a flote. Convertirla en algo estético.

Un ejemplo de ello es la joven Mitski y su quinto disco Be The Cowboy (2018, Dead Oceans), que ha vuelto a ponerse a su público en el bolsillo. Más concretamente, ejemplo de todo lo que tiene que ver con los problemas del corazón, que son el 99% de todo drama. Es como si juntaras todas las personas que te han fragmentado y a las que has dado permiso para exponerte para que todo sea más potente, más doloroso. Para convertirlo en El Drama Universal. De esto van sus letras, a todo ello llora su voz. Es todo un homenaje, brutal homenaje, al desamor: “So long I’ve been needin' your love / Hear me pleadin', love / My heart is bleedin' / Take me back / Where I belong” dice en el country Lonesome Love. En definitiva, puro placer si quieres cortarte las venas en tu habitación tengas treinta o dieciséis.

Be The Cowboy son catorce temas que recogen esas historias como si fueran pequeños episodios construidos desde una necesidad más bien terapeutica pero que están dibujadas de una forma mayormente narrativa. Las hay de todos los colores y con todos los ritmos.  Por un lado, los que tienen un sonido disonante como Geysercanción que juega con varios registros de voces de forma espectacular. Por otro lado, los que se apoyan excesivamente en el sintetizador, madurando su sonido anterior, como sucede en Why Did not Stop Me?. Otros como Nobody o Pink In The Night son más poperos, aunque también hay espacio para el indie rock en temas como Remember My Name.

Algunas incluso invitan al baile. Canciones que duran cuatro minutos, otras dos, pero curiosamente todas parecen abocar a una melancolía lenta y agridulce. Acompañadas por riffs de guitarra, a diferencia de Puberty 2 (2016, Dead Oceans), aquí sí que encontramos las guitarras distorsionadas, por juegos de voz en bucle y casi en solitario, pero siempre enmarcadas en construcciones simples. Y que, finalmente, todas invitan a la intimidad del oyente pero desde un vínculo reflexivo, conducido por un estilo y voz que se modula según el estado de ánimo que presente cada una de ellas.


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