Crítica: Medalla - Medalla

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29 septiembre, 2019
Redaccíon: dod Magazine

Medalla - Medalla (2019)

Redacción: Andrea Genovart

Medalla es uno de los grupos más jóvenes - por edad y por tiempo de rodaje- pero más prometedores de la escena musical. En una época donde la moda es hacer canciones garaje e ir de malote con tejanas oversize compradas por cuarenta euros en tiendas de segunda mano pero paséandose por las noches en las calles de moda con latas Mahou, hace dos años el cuarteto catalán se estrenó con una voz sin pretensiones desmedidas y con unas inquietudes que nada tenían que ver con ser los nuevos The Black Lips. Y probablemente fue esa personalidad, que se vendía como tan poco atractiva en primer término, la razón de su éxito y cautiverio. Muchos que nunca se habrían pensado que les pudiese gustar ese rollito metalero suave y de, básicamente, clásico rock, hemos esperado con ganas esta segunda publicación.

Con el título homónimo Medalla, otra vez publicado bajo El Segell y producido por Sergio Pérez de Svper, el grupo evidencia una evolución sobre la cual solamente se puede señalar una mayor complejidad. La banda presenta un repertorio de doce canciones altamente trabajadas, con constantes cambios de ritmo y jugando con nuestra imprevisibilidad, siempre reconducida con finura. Fácilmente, nos meten en el bolsillo. Y no sería para menos, pues poco dice de quien todavía espera ser sorprendido con el simple esquema de estrofa - estribillo - estrofa. Medalla rompe con todo eso en cada canción, mientras traza un complejo imaginario basado en castillos medievales, luchas de espadas y conflictos con sangre. Algo que, precisamente, fascinó con Emblema y Poder (2017): unos chavales jóvenes hablando de cosas que en el panorama más indie solamente se les reconoce y se atreven los Triángulo.

¿Dónde está, pues, esa transformación de la que nos hacemos eco? Seguramente en un riesgo llevado a cabo de una forma que, oye, chapó. Y podríamos de hecho señalarlo por dos lados: por una parte, hay un lado melódico más popero y que entra como anillo al dedo; por otra, el sonido se endurece con riffs más alocados, más largos y más rompedores. Así pues, en la primera cara de este sonido madurado, están estos ritmos algo más lentos y que se alejan del torbellino de guitarras loco. Ha habido una evidente bajada de revoluciones y de tono, que a veces roza lo meloso. De hecho, largos coros finales con los que se atreven en Cuello Isabelino que son la causa del enriquecimiento del mismo. Y suponemos que con cierto orgullo e intención, pues Guardián fue escogido como uno de los adelantos. Canciones que, además, abren grietas a la armadura del cuarteto para deja que se cuelen unas letras más emotivas y que hablan lo que hablamos todos al fin y al cabo: de rupturas y relaciones tóxicas que cuesta dejar ir. Aunque cabe remarcar que en el total del disco, se trata de temas puntuales y sobre los que posiblemente tenga que ver la influencia del grupo paralelo del bajista, Diamante Negro, que con menos de un año de edad ya se ha hecho un hueco en aquellos tan alternativos que solamente consumen música a través de Bandcamp.

No obstante, sigue habiendo sitio para el desahogo y la beligerancia. Que es lo que le pedíamos al grupo en este segundo disco y lo que saben hacer bien. En Premio Cervantes uno puede pedirse turno para repartir lecciones a los crecidos de turno y en Devoto Cardenal uno puede cagarse en toda la hipocresía y sumarse en una ofuscada crítica política y social. Y es que en esta otra cara de la moneda, encontramos tempos más reiterativos y constantes y, por ende, menos melódicos; pero que seguro que se han ganado la escucha en bucle de los fans de King Gizzard. Son ejemplos de ello Sultán, o Lengua Afilada, canción tan hábilmente entrelazada con el interludio casi imperceptible Ritual Arcano. Pero para tono épico la genialísima instrumental de Heráldica Antigua, con unos cambios de ritmo totalmente absorbentes y plenamente conseguidos. A uno no le cuesta imaginarse en una taverna vikinga con la jarra y el puño alzados. Así pues, vemos que la agresividad no se ha dejado ir; de hecho, lo que se pone de manifiesto es que la banda ha intuido que es su punto fuerte por excelencia y, ante ello, han preferido reforzarla claramente. Y todo ello con matices sutiles pero que dejan entrever todo una rigurosidad compositiva.

Ejemplo perfecto de todas estas cualidades las reúne, de hecho, El Tajo, canción encargada de abrir el disco. Ésta, que es uno de los temones del disco sin duda, empieza con un ritmo engañoso al principio, dando la impresión que será irreconociblemente lenta, hasta que de repente adquiere una fuerza incontrolable. La progresión en escala, junto con arreglos como es la aportación de unos teclados que evocan los mismos rituales satánicos, son la conjunción que podemos encontrar en casi todo este segundo disco. Y llevado a cabo de una forma cuidada a la vez que con un firme posicionamiento. Y eso no solamente no es fácil de encontrar, si no que además suele echarse de menos.

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