
Puede que el nombre de Fermín Solís te suene por el éxito de obras gráficas como Buñuel en el laberinto de las tortugas (2008), Mundo subatómico (2024), Medea a la deriva (2021) o Elia (2023). Ahora, además, su respectivo autor ha decidido cruzar una frontera que, en el fondo, nunca le fue ajena del todo, la que separa la viñeta de la canción, y debutar formalmente así con un proyecto musical propio. En Canciones tristes para tardes alegres (2026), su primer LP bajo el nombre de Martín Mostaza (el gran alter ego semiautobiográfico con que Solís ha reconstruido su infancia y adolescencia en Extremadura en algunos de sus títulos), el historietista cacereño no se limita meramente a probar suerte en otro territorio, sino a prolongar, con otros medios y recursos, una misma manera de otear el mundo. Allí donde antes había páginas, ahora hay compases, donde antes mandaba el trazo, ahora las ideas se sostienen con voz y acorde; pero el pulso es el mismo, marcado por su obstinado gusto por lo pequeño, por lo que casi no hace ruido, por ese sedimento emocional que dejan las cosas cuando ya han pasado.
El disco, grabado en Cáceres junto al británico Sam George, se mueve en el terreno de la discreción, con la firma de quien sabe que el misterio suele habitar en los márgenes. Una tarde cualquiera, una calle mojada, un recuerdo que reaparece sin previo aviso. De ahí que estas canciones funcionen como pequeñas escenas intimistas, relatos breves que encuentran su fuerza precisamente en la renuncia al subrayado. Solís canta como quien toma nota de una emoción antes de que se desvanezca. Hay en su disco una melancolía contenida y sin aspavientos que cautiva: Verano del 83 abre una ventana a la memoria con una delicadeza casi fotográfica; Mil vidas convierte el recuerdo infinitesimal en poética de la experiencia; Un jueves cualquiera (que da título al disco) y Ocho cervezas sostienen el universo de la liturgia afectiva en la que lo ordinario y lo aparentemente menor adquieren una extraña dignidad. Desde luego, no son canciones que busquen sorprender a golpe de épica, pero la emoción que se deposita en su forma, hablándonos de objetos y gestos reconocibles, es suficiente para entrar y coger sitio en ese espacio acogedor que ha pintado para nosotros.
A esa sensación contribuye una producción sobria, de tacto acústico, que rehúye del exceso y confía en la respiración natural de la voz y la guitarra. Nada sobra, y justamente por eso cada pequeño detalle cobra relieve. Una armónica, algún apoyo coral (Elenah Maine), ciertos matices de fondo... Todo parece dispuesto para que cada canción permanezca desnuda sin resultar pobre. La mesura contra el ornamento. Un nombre grabado en un árbol, una carretera recorrida demasiadas veces, una despedida que sigue resonando años después. Solís parece más interesado en los vestigios de lo que ya fue que en lo que realmente sucede antes (Carreteras de nostalgia), sin entregarse por entero, eso sí, a la endiablada y traicionera pena (Los amantes que vendrán).
Pero además de esa herencia del noveno arte, fragmentada bajo el palio de los detalles nimios, están también presentes en su puño y letra las voces de cronistas del pop tan dispares como Dylan y Perales, quienes planean sobre estas canciones como dos formas distintas, que no incompatibles, de entender la escritura musical. Desde la voluntad de convertir la canción en relato a enmarcar la claridad emocional desde la economía del gesto y sin estridencia, el resultado es un disco que, sin alardes ni imposturas, se inscribe en una tradición reconocible para actualizarla desde el recato, recordando que siempre se puede conmover contando una historia con poco más que una guitarra y una buena frase.