Crítica: Man/Woman/Chainsaw - Cannonball

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Man/Woman/Chainsaw - Cannonball (2026)

¿Estamos asistiendo al nacimiento de una nueva tradición de art-rock de cámara? Sin duda, la irrupción de bandas como Black Country, New Road sentó en su día un precedente que ha terminado eclosionando en una desacomplejada ola de proyectos que ya no encuentran definición suficiente en ninguna etiqueta al uso. El eclecticismo más caótico dejó hace tiempo de ser una rareza y agrupaciones británicas como Man/Woman/Chainsaw están aquí para corroborarlo. Con su debut en ristre, Cannonball (Fiction Records, 2026), el sexteto redondea y con galones el inicio de su carrera, después de varios años ganándose una sonada reputación en la imprevisible escena del directo y los circuitos estatales. Por precedentes como los mencionados (además del éxito de sus publicaciones previas de vuelo corto), todo apunta a que el sur de Londres ha vuelto a regalarnos otra joya más que sumar a su siempre fructífera orla.

Como decimos, son seis en total los responsables de que este extraño navío llegue a buen puerto, pero en el mascarón de proa son concretamente dos caras extracomunitarias las que sobresalen con especial mérito. Nos referimos a las de Margo Broom (Fat White Family, Big Joanie) y Seth Evans (Geordie Greep, black midi), responsables históricamente de la producción del proyecto y de hacer inteligible ahora la anarquía sonora que define a esta carta de presentación. Pese a estar hablando de cuarenta minutos de guitarras distorsionadas, pianos, sintetizadores, armonías corales y cuerdas sin domesticar, todo en el elepé termina por encontrar su debido lugar y transmitir, en última instancia, la sensación de control y definición. Y dentro de este ingobernable desaguisado, el violín de Clio Starwood rompe cualquier posible condición de ornamento y hace las veces de instrumento narrativo, tan pronto prolongando la tensión entre las guitarras como introduciendo una inesperada cuota de delicadeza a la mezcla, capaz de alterar por completo el rumbo emocional de las piezas.

Y por si esta colisión entre impulsos aparentemente contradictorios no bastara, la alternancia de voces entre Billy Ward, Vera Leppänen y Emmie-Mae Avery hará el resto. Tres formas distintas de entender el imaginario que dicta la iniciativa y que, para sorpresa de todos, confluyen con más coherencia de la esperada. Ward ocupa el extremo más teatral de la apuesta, luciéndose vocalmente en Goddamn, Lizard Man! y dando forma al retrato de un personaje tan seductor como inquietante hasta transitar entre la psicodelia difusa de Pink Floyd y la dramaturgia gótica de Nick Cave; frente a esta oscura porosidad, Leppänen es la encargada de sostener el núcleo emocional del álbum, con una voz mucho más frágil e íntima capaz de evocar imágenes sencillas sobre tormentas, secretos o renuncias y de convertir la escucha en una experiencia profundamente física (Something Else To Give); y entre ambos polos aparece Avery, cuya presencia en Lighter sorprende por esa calidez casi soul, cercana al pop y al R&B de principios de siglo.

El giro de registros es, verdaderamente, tan impredecible que en más de una ocasión tendremos la sensación de estar escuchando varios discos diferentes a la vez. Un surtido de volantazos que, eso sí, servirá a sus responsables como escaparate de recursos y a sus oyentes como particular gymkana de escucha. Only Girl, entre asilvestradas florituras de cuerda, abre el álbum con una inmediatez melódica que desmonta cualquier prejuicio sobre la supuesta inaccesibilidad del sexteto; Nosedive, probablemente la pieza más recurrente del repertorio, construye durante casi seis minutos una tensión creciente a partir de un sintetizador obsesivo que termina explotando en una vigorosa catarsis donde conviven el pulso bailable de LCD Soundsystem y la libertad estructural de Squid sin sonar jamás a ejercicio de estilo; y Canyons, por su parte, resume la filosofía del disco con una línea cronológica que comienza con un delicado vals para piano y termina transformándose en una avalancha de distorsión, cuerdas y percusión (como si dos estados de ánimo antagónicos acabaran fundiéndose en una misma pulsión).

Da la sensación de que sea precisamente en ese continuo choque de trenes donde la personalidad del disco y de sus abajo firmantes adquiera todo su sentido, pues como apuntábamos al inicio, no hablamos necesariamente de un proyecto de post-punk, de pop de cámara, de noise rock o de proto-folk como tal, sino de un inenarrable cajón desastre en el que todas sus influencias conviven en igualdad de condiciones hasta alumbrar con prometedor tino un prospectivo y rupturista lenguaje propio.

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