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Crítica: M83 - Fantasy

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M83 - Fantasy

Tenemos muy claro que si Anthony Gonzalez no se hubiera dedicado a la música, habría sido un gran cineasta. Y es que, aunque de manera explícita ya haya contribuido al mundo del celuloide con bandas sonoras propiamente destinadas al mismo (Black Heaven de Gilles Marchand o Oblivion de Joseph Kosinski) o figurando en cientos de proyectos audiovisuales con la inclusión de algunas de sus más memorables tonadas en ellos (Lower Your Eyelids to Die with the Sun, We Own The Sky, Wait, o Midnight City), la narrativa que profesan sus cortes logra que de por sí sus discos, a caballo entre el surrealismo pop y la ciencia-ficción más soñadora, logren cautivarnos y contravenir todas las líneas que conocemos dentro del convencionalismo narrativo de la música actual, consiguiendo con ello que estos no solo sean colecciones de canciones sin más, sino historias conmovedoras y repletas de matices.

En un tiempo en el que la audiencia se rige por el single de inmediato efecto y el formato de larga duración no atraviesa su más gloriosa etapa, el artista francés que se oculta tras el alias de M83 se arma de valentía y vuelve a la carga con un noveno álbum de estudio tras un inerte DSVII (2019) y un olvidado Junk (2016), aquel buen intento (pero intento, al fin y al cabo) por reflotar su trayectoria tras la sombra de su glorioso peak artístico. Una retahíla de trabajos que le han mantenido a la sombra de la primera línea durante años y que, por un momento, parecía que habían provocado que nos olvidásemos de lo que era capaz de hacer el artista galo. Fantasy (Virgin, 2023), por el contrario, es el recordatorio de que su candor fosforescente y su pasión por contarnos historias brillantes y enigmáticas continúan más vivos que nunca, algo que nos demuestra sin cortapisas de la mano de una experiencia sonora inmersiva que nos conduce con fascinación desde su primer corte hasta el último y nos hace sentir volátiles y etéreos durante sus trece episodios. Con un arranque puramente instrumental (Water Deep), en el que ya vemos cumplida esa prerrogativa de hacer uso de las seis cuerdas y de los sintetizadores a partes iguales, Gonzalez maneja a las mil maravillas las obligaciones del narrador, dando paso (de la mano de logradas transiciones) a esa inyección de pura adrenalina que es Oceans Niagara y su “Beyond adventure”, repetido incipientemente hasta contagiarnos de la energía que requerimos para emprender nuestro particular periplo.

A continuación, de lo que seremos testigos es de una letanía de cadencias marcianas y luminosas en las que el galo nos entrega la cara más resplandeciente del disco, esa en la que las rémoras al cine de los 80s, el género fantástico y la nostalgia pura y dura toman el control. Pistas como Amnesia o Earth To Sea no solo lo confirmarán, sino que además nos recordarán a los mejores temas que en su día Gonzalez firmó. Tras esta primera parte, el artista natural de Antibes se permite el pertinente lujo de sumergirnos en una total y absoluta ráfaga de melodías escapistas, puramente ambientales y paisajísticas, repletas de texturas y punteos ochenteros (Deceiver), donde muy poco a poco y con paciencia se va construyendo el gran estallido del LP: un corte homónimo (Fantasy) de puro baile con el que nos volveremos completamente locos gracias a sus falsettos discotequeros,  su electrónica vintage y sus ritmos setenteramente pegadizos.

El segundo tramo del álbum nos ofrece una evolución sin prisas a la hora de revelar sus cartas, donde cortes como Sunny Boy se construyen paciente y progresivamente hasta envolvernos con un fervor enérgico y catártico, o directamente se nos entregan planos tubulares y cósmicos en los que Gonzalez nos embriaga con su lado instrumental más frágil, sentimental y bello, donde nada es lo que parece y terminamos siendo testigos de un sorpresivo y evolutivo desfile de capas y capas impredecibles que auguran una muy liberadora y emocionante puesta en directo (Kool Nuit).

Anthony González parecía ser consciente de la necesidad de confeccionar un álbum que nos volviera a permitir atestiguar sus aportes más carismáticos, por eso Fantasy no solo es un álbum complejo en el que la voz del francés conquista el podio de la más absoluta emoción; es una carta de amor que transgrede del mero synthpop, dirigida a su yo adolescente, ese en el que parece naufragar sin remordimientos y con la que además logra configurar su mejor trabajo desde que en 2011 firmara su aclamado Hurry Up, We’re Dreaming.

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