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Crítica: Liz Lawrence - Peanuts

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Liz Lawrence - Peanuts (2024)

Liz Lawrence es (injustamente) uno de los secretos mejor guardados de Reino Unido. Original de la escena más sumergida de su país y curtida a golpe de concierto íntimo pergeñado en las tiendas de discos independientes del mismo, Lawrence ha perfeccionado en los últimos años una fórmula infalible de art-pop con rémoras de indie noventero que arrebata desde la primera escucha y con cada trabajo nuevo subraya nuestra firme creencia de que debería de estar gozando de un mayor reconocimiento.

Lo sentimos así con Pity Party (Second Breakfast, 2019), el disco con el que la descubrimos, y refutamos nuestra conclusión con The Avalanche (Second Breakfast, 2021), su apuesta más sintética y bailable. Ahora, y como si de una genial aleación entre ambas propuestas se tratara, la británica aúna en un mismo tapiz la crudeza del pop-rock de sus primeros temas con la electrónica minimalista de su anterior periplo en Peanuts (Chrysalis Records, 2024), su tercer trabajo en larga duración y la incontestable ratificación de que Lawrence debería abandonar definitivamente el ostracismo y empezar a completar los carteles de muchos festivales este verano.

Puede sonar a falta de objetividad por nuestra parte –pues además de disfrutar de sus directos en Londres en varias ocasiones, tuve la ocasión de conocerla hace no demasiados años y comprobar que no solo era una gran artista, sino también una tipa estupenda-, pero no fallamos a la verdad si decimos que cada una de las canciones que Lawrence nos propone aquí goza de esa inmediatez que toda buena canción de pop debería tener, sin renunciar a su vez a la sofisticación más alternativa y experimental.

Probablemente, y como consecuencia de ser éste ya su tercer larga duración y poseer una demostrable experiencia en el meollo, Lawrence decide jugar aquí con la multiplicidad de géneros y el etiquetamiento menos obvio. Motivos que complicarán nuestra tarea a la hora de definir y cerrar un estilo concreto para clasificar aquello que hallaremos en sus respectivas once canciones, pero que igualmente disfrutaremos sin peros desde ese territorio de delicioso desorden e indeterminación que la artista nos propone. Su registro tonal aquí nos recordará en ocasiones al de otras grandes voces femeninas del pop anglosajón independiente: desde la cara más efectista de St. Vincent (Names of Plants and Animals) hasta el intimismo más turbador de Cate Le Bon (That’s Life).

Pero Lawrence es mucho más que un simple cajón desastre de referentes e influencias y desde el pseudo-funk juguetón de su corte de apertura (Big Machine), hasta el pop playero de Oars o la disruptiva Strut (su aportación más post-punk al todo), así nos lo deja claro. Tirando de cuerda gorda y bajo grave como lugar común de sus piezas (No One), el disco completa su propósito con el nada desdeñable y digno de mención trabajo en la sombra de Ali Chant (Yard Act, King Hannah, Katy J Pearson), quien firma la producción del mismo y envuelve para regalo uno de esos trabajos que, en un mundo ideal y menos saturado de constantes novedades comerciales, no pasaría desapercibido.

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