Crítica: Lana Del Rey - Norman Fucking Rockwell

9 septiembre, 2019
Redaccíon: dod Magazine

Lana Del Rey - Norman Fucking Rockwell

Redacción: Andrea Genovart

Que el título tenga referencia a uno de los ilustradores estadounidenses de los 50, icónico por sus escenas costumbrista de la vida cotidiana de un americano blanco de clase media, no nos extraña. Que la portada de su quinto disco sea ella en un medio de transporte - siempre huyendo, aunque esta vez con barco y no en coche - con L.A. a sus espaldas y en llamas, tampoco sorprende. Que aparezca la bandera americana en el barco, es algo esperado. Y es que si no fuera por todos estos detalles que definen ese código patriótico, la total recreación del american lifestyle y la relación conflictiva con todo aquello de lo que habla - el país, los hombres, la integridad de una misma -, no sería Lana del Rey.

No obstante, en Norman Fucking Rockwell! ha habido sorpresas. Probablemente en la línea de sus anteriores discos, nos esperábamos esa vena más popera. Y que ahora es la que se lleva, más aún si tenemos en cuenta que se trata de América. Además, esta vez la producción ha sido a cargo de Jack Antonoff, que ha trabajado con artistas como Lorde y muy recientemente con Taylor Swift. Pero por suerte no ha sido así, y por esa misma razón Norman Fucking Rockwell! se ha ganado la admiración de toda la crítica internacional y seguramente sea de lo mejor de la artista publicado hasta ahora. Se trata de un quinto disco que se ha hecho esperar - estábamos acostumbrados a una publicación cada dos años más o menos, y Lust For Life es de 2017 -, y que ha aparecido por sorpresa de todos como de una forma espectacularmente madurada, donde cada tema se resuelve de un modo más complejo y, sobre todo, intimista.

Norman Fucking Rockwell! es una propuesta mucho más minimalista. Aunque no se trata de un repertorio del todo coherente y que quizá ha sido estirado de forma innecesaria, en él encontramos una gran presencia de la balada y la bajada de revoluciones. Los sintetizadores están presentes, pero solamente en algunas canciones elegidas y de un modo que parece haber sido creadas expresamente para ello. Es ejemplo de esto último la espectacular Venice Bitch de nueve minutos - juego de palabras, por cierto, con el Venice Beach de los 70 de Los Ángeles -, y ya presentada antes de publicar su nuevo disco como sencillo. En estas catorce canciones suele predominar el piano, instrumento con el que empiezan su mayoría; precisamente, son muchas las veces que la cantante juega con él, dejando voz a solas suspendida, combatiendo con el silencio, enfatizando no arbirtrariamente las sílabas de las palabras que nos señala; ejemplos de ello son Bartender, con una gran instrumentalidad y enmascarado interludio, o Hope Is A Dangerous Thing For A Woman Like To Me But I Have It, donde habla de su depresión y que te invita a entender su autodenominación de ser la Sylvia Plath 24/7. Y es que, en el fondo, es en la constelación desplegada e a través de sus letras reside la verdadera magia y del universo Lana del Rey.

Si la cantaora en cada uno de sus discos nos transporta en un nuevo sitio, siempre físico y existente de su país, esta vez es el turno de California, que parece ser que no ha cumplido con el papel de curación esperada tras su angustia en Nueva York y que tan abiertamente describe en Fuck it I love you. De hecho, la fijación en esta etapa compositiva por el reino de Hollywood y de su falsa promesa de triunfo es algo que ha reconocido públicamente. Siempre referida, aunque nunca a través de escenas precisas, L.A. es el sitio escogido para volcar las penas, contradicciones y proyecciones de la artista, en un momento en que Estados Unidos vive una época de cambio. De hecho, no encontramos una relación acotada y definida sobre la que recrear su lamento, sino un duelo mezclado con una voluntad de cambio y ansiada autonomía. Es en The Greatest cuando habla a su país desde la decepción y de una forma directa, alabando a Bowie y retratando a Kanye West como ejemplo de personalidad pública que defiende a Trump - y con la que protagonizó uno de las grandes disputas en Twitter -: “L.A. is in flames, it's getting hot / Kanye West is blond and gone / "Life on Mars" ain't just a song” y acabando con un punto de distancia cínica tan típica del sueño de Hollywood: “Oh, the lifestream's almost on”.

Todo ello, construido a través de sus archiconocidas referencias, que tienen en común una época clásica y fundamental en el imaginario americano: en Cinnamon Girl hay un guiño a Neil Young utilizando el mismo título; con California lo hace compartiéndolo con la canción del 71 de Joni Mitchell - y en ella alude indirectamente al WAR IS OVER! de Yoko Ono y John Lennon cuando dice “I heard the war was over if you really” -; y en The Next Best American Record menciona el álbum Houses Of The Holy de Led Zeppelin y a los mismos Eagles en un ejercicio de autoreferencia. Todo referencias a esta artista que siempre ha proclamado su amor incondicional por figuras como Elle Fitzgerlad, John Kennedy o Marilyn Monroe. Pero aun así, es capaz de distanciarse de ellas y aportar el gesto de diferencia y valor con la Doin’Time, que resulta ser una versión atmosférica y ochentera del grupo de punk - ska californiano Sublime, que a la vez recoge el sampler de Summertime de George Gershwi. En Happines Is A Butterfly utiliza la metáfora literaria del novelista - también americano, lógicamente -, de Nathaniel Hawthorne para una vez más exponer su fragilidad.

Norman Fucking Rockwell! es uno de los grandes discos de Lana del Rey. Y posiblemente de este año, que empieza a encarar su recta final. En su línea de un lirismo autobiográfico que juega con un mundo lleno de referencias, que a la vez la resituan como una sad girl americana con problemas a la hora de relacionarse con cualquier persona o situación, la cantante da un salto más allá y habla desde una panorámica que tienen que ver con la decepción del país y de un estado de no reconocimiento ante una época de transición. La pérdida de una música de calidad, del despertar crítico de la sociedad y de la capacidad de establecer vínculos emocionales sólidos son los ejes estructurales, pero situados en el trasfondo y de modo atenuado en este disco. Sin embargo, si nos fijamos podemos ver cómo van sucediéndose a lo largo de él, como dispositivas de escenas rescatadas por una máquina del tiempo. Escenas que, por otro lado, siempre tienen que ver con la tradición que una añora y que, por mucho que una se empeñe en revivir a través de la nostalgia, solamente pueden ser construidas a través de la misma soledad que recoge en sus canciones. Lana Del Rey dirá, pensando en Coney Island y descapotables haciendo carretera con mujeres copiloto que se atan el pañuelo en la cabeza, que cualquier tiempo pasado mejor. Seguramente así sea pero afortunadamente, después de este lanzamiento, no podemos decir lo mismo de ella.

 


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