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Crítica: Lana Del Rey - Did You Know That There’s a Tunnel Under Ocean Blvd

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Lana del Rey - Did You Know That There’s a Tunnel Under Ocean Blvd

A pesar de la privacidad y reserva con la que Elizabeth Grant ha teñido su vida personal en los últimos años –marcada instintivamente por esa relación de tiras y aflojas con la prensa-, la cantante estadounidense sigue siendo una cronista excelente de su entorno y de su tiempo, documentando a través de su ojo crítico, poético, taciturno y ambiguo una realidad misteriosa y llena de complicados ambages, tal y como nos demuestra una vez más de la mano de su noveno álbum de estudio, Did You Know That There’s a Tunnel Under Ocean Blvd (Polydor, 2023). Después de ocho joyas previas con muy escasos altibajos, hablar en términos que aludan al mejor trabajo que nos haya entregado Lana del Rey hasta la fecha es un fractal repleto de ambigüedades que no dicen nada. No vamos a caer ahí. Pero lo que es innegable es que este álbum sí es exactamente el tipo de trabajo que podríamos esperar de la buena de Lana, y el tipo de propuesta con la que precisamente le vemos recuperar por todo lo alto su característica y sobrecogedora vena “sad girl”, brindándonos un derroche de elegancia y de pop sofisticado, a lomos de sus mejores referentes con sabor old-school. Aunque curiosamente, en muchas ocasiones, será la propia artista la que se auto-referencie a sí misma, pues de buena gana la vemos hacer gala de una bien generosa lista de samples de anteriores pistas suyas, embastadas a conciencia en sus nuevas entregas (ahí vemos, por ejemplo, ese cambio de sentido en A&W que bebe innegablemente de Off To The Races, Sweet Carolina como línea de apoyo en Fingertips, su Norman Fucking Rockwell colándose en Margaret, y del mismo álbum, su icónica y re-imaginada Venice Bitch poniendo la guinda en el corte de cierre, Taco Truck x VB).

Sin embargo, y a pesar de este endogámico toque, nadie habría dicho que iban a ir en esa dirección los derroteros del álbum, tras presenciar ese arranque tan atípico del mismo, protagonizado por The Grants y por una suerte de coro góspel que tiñe de simpáticas imperfecciones su comienzo (“I'm gonna take mind with you with me - Ah, "mine,"… say it again”), humanizando así esos dejes de absoluta libertad que van a quedar del todo manifiestos a lo largo de este particular trabajo. Porque así son Lana y las múltiples aristas de su universo: irregulares, inexactos, y en ocasiones testigos de esos ángulos tan poco amables que la artista es capaz de capturar. Durante las siguientes pistas, Del Rey se mete en la piel de una directora de orquesta, manejando a su antojo y con firmeza las líneas instrumentales de un lánguido y ensoñador relato –quedando, incluso patentes en la propia portada del álbum, los nombres de esos artesanos que han operado en esta travesía-. Su corte homónimo, seguido de esa pieza casi hollywoodiense al piano que es Sweet, nos trasladarán a decadentes y humeantes escenarios, casi fílmicos, en los que Lana sentencia cualquier duda que pudiéramos haber sostenido previamente sobre su renovada candidatura a reina del drama, pero también regalándonos esas notas de humor negro y tenso tan marca de la casa (“If you want some basic bitch, go to the Beverly Center”).

Nadie le canta a la tragedia como Lana, pero además la artista se permite el gusto de llevarnos ante planos auténticamente cinematográficos, servidos por sermones surrealistas que dejan de hielo (Judah Smith Interlude) y duetos en clave de country vaporoso y oscuro (Let The Light In, junto a nada menos que Father John Misty –de hecho, pocas voces podían tener mejor espacio y participación en un proyecto como éste). La de Tillman no es la única aparición con acierto, pues Del Rey se vale de una muy nutrida lista de nombres extraordinarios con los que dar el do de pecho. Buena prueba de ello es el virtuosismo de Jon Batiste, que nos trasladará directos a esos grandes salones de opio y jazz a golpe de tecla (Candy Necklace), o ese coqueteo con el urban de la mano de Tommy Genesis en Peppers, que nos hará reconectar con el lado más salvaje y deslenguado de la cantante.

Con todo, sentimos ser testigos de un traspaso de épocas y franjas espacio-temporales que solo se puede permitir ejecutar una artista como es la propia Lana, precisamente por habernos dejado ya claro que su momento como objeto en la industria ha pasado, y no quiere ni desea seguir los tempos que ésta le marca. Casi sintiéndolo como una continuación natural de su excelentísimo e inmejorable Norman Fucking Rockwell (2019), este nuevo trabajo vuelve a darnos una ración de todo lo que está bien en la narrativa de Lana Del Rey: su crudeza más visceral (“Fuck me to death, love me until I love myself”), su habilidad para convertir lo mundano y lo común en poesía (“I took a trip to Spain, just a notebook in my hand / Then I went to see some friends of mine, down in Florence, Alabama”), sus ganas de darle duro y en la cara a esta fábrica de sueños hipócritas llamada industria musical (“Some big men behind the scenes sewing Frankenstein black dreams into my songs. But they're wrong”), pero sobretodo su destreza para seguir cautivándonos como el primer día, aun cumpliéndose ya más de una década de su revelador debut.

Did You Know That There’s a Tunnel Under Ocean Blvd se siente como una prueba más de esa para nada fácil tarea que supone descifrar a Lana (“Ask me why I’m like this”, canta en A&W, sabiéndose dueña de una personalidad compleja y tan rica en matices) y un ejemplo más de que tan solo su particular forma de entender el mundo es en sí una admirable obra de arte al uso.

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