Si
Nos hacemos cargo de que ya no estamos en los 10s y de que han pasado demasiadas cosas en la existencia de Kasabian como para considerar que la banda está en la misma sintonía con la que, otrora, nos regalaba himnos inmortales del por entonces nuevo pop británico. Tal vez por ello miramos con cierta condescendencia los esfuerzos detectados en lo último que el grupo, ahora liderado por Serge Pizzorno, nos entrega; pues del mismo modo que ACT III (2026) queda, desde luego, lejos de lo que en su momento fueron los días más gloriosos del conjunto, tampoco nos será difícil encontrar alguna que otra perla dentro de esta nueva partida que redima a los de Leicester y hasta nos reconcilie con esta desatinada nueva etapa suya.
Muy acertadamente, el título del noveno largo de los británicos nos recuerda, a su vez, que este es el tercer disco ya con Pizzorno a la cabeza, después de dos álbumes de estudio, The Alchemist’s Euphoria (2022) y Happenings (2024), que sirvieron para templar el nuevo rumbo de la banda. La tibia recepción de estos trabajos, sobra recalcar, no alentaba nada enormemente promisorio para lo que nos tenían preparado de cara al cierre de esta suerte de trilogía. Sin embargo, y aunque en cierto modo todavía sigamos viendo algo de transición y adaptación en su firma, estamos probablemente ante el compacto más efectivo y ponderado de los nuevos Kasabian.
Para afianzar su legado y marcarse un "aquí estoy yo", Pizzorno coge de nuevo los mandos de la producción y se propone el ambicioso cometido de aunar en un mismo pasaje las diferentes direcciones estilísticas de las que la banda ha hecho gala en sus ya más de dos décadas de existencia. La manera más inteligente de hacerlo, y de que no quede todo como un pastiche incoherente, es mediante una estructura casi cinematográfica y dividida en tres actos, donde narrativa y lenguaje sonoro fluyen convenientemente. Partimos de la rama más expansiva de su marchamo, donde psicodelia y groove toman el control sin llegar a soltar del todo la mano de aquello que secularmente les ha definido. De ahí que no nos escandalice ver a Pizzorno rapeando de forma bien solvente en SOULMATE o desviándose por completo del rock en una apuesta ciega pero competente por el G-funk en SUPERPOWERS.
En una línea más reconocible, la casi strokiana GREAT PRETENDER empieza a enseñarnos algo más del corazón y la reflexión que se esconden en el lugar desde el que Pizzorno nos canta; el de haberse hecho cargo, de la noche a la mañana, de las riendas de una banda con un recorrido previo bien asentado que ahora debe defender en directo y contra el propio pasado; una porción de vulnerabilidad ("I can't stop the voices and now it's you and me / And I'm lost for words I just keep on falling") que el cuarteto emplea como ante sala de un segundo tramo más oscuro, capaz de alternar la música disco (SILVER APPLE EYES) con la visceralidad experimental de los Beastie Boys (THE GURU AND THE CRYPTO TIME MACHINE). Algo más reconocibles nos resultarán en el último segmento del trayecto, con una GLIDE próxima a su lado más evocador y setentero (siendo generosos, con un cierto parecido a temas pretéritos como Days Are Forgotten o Fire) o una HYPER/RISING, ahora sí, entregada por completo a la guitarra y la sonoridad más rocosa.
El instinto melódico, su músculo escénico y una saludable querencia por salirse del carril cuando la ocasión lo permite hacen de este ACT III una recompensa al empeño mostrado en los últimos años en su pugna por hacer emerger una personalidad propia libre de comparaciones y evaluaciones injustas. Seguimos, como decimos, sin tener del todo un disco que nos haga olvidar a los Kasabian de Tom Meighan, pero tenemos, por fin, un disco que nos permite defender a los Kasabian de Pizzorno.