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Crítica: Kamasi Washington – Fearless Movement

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Kamasi Washington – Fearless Movement (2024)

El bueno de Kamasi Washington posee una soberana ambición que lleva años significándole como uno de los mayores exponentes del jazz contemporáneo y una de los músicos más creativos en activo. Debutar con un disco triple que alcanza casi las tres horas de duración (The Epic, 2015) es una señal pertinente que nos permite ya entender la manera que el estadounidense tiene de ver la industria, sin doblegarse a trampas de antojo transitorio y pasajero y proponiéndonos piezas inmersivas que desafían al algoritmo. Para su tercera aventura en larga duración, una odisea sonora de ritmo infeccioso titulada Fearless Movement (Young, 2024), el saxofonista nos ofrece una de sus obras más accesibles hasta al fecha y un contenido que tamiza con experticia lo ofrecido en sus anteriores periplos.

Washington le hace justicia al título de su elepé y aquí nos demuestra que apuesta por el baile, renegando de su cara más paisajística y contemplativa y combatiendo el letargo a golpe de temas agitados y evolutivos (Lesanu), producciones exuberantes en las que cada instrumento posee su medido y justo protagonismo (la diversidad de elementos que se cruzan en los trece minutos de Road To Self (Ko) son una buena prueba de ello) y una interminable lista de invitados de renombrado cuño que, por vez primera, tienen el decoro y honor de colarse en la discografía de este carismático artista (de Thundercat a André 3000, pasando por Terrace Martin o el legendario George Clinton). A pesar de que esta suma de valores eleve el disco a una línea de espacios inéditos en el registro habitual de Kamasi, el abajo firmante logra que su sello particular perdure incluso cuando el protagonismo está reñido. La psicodelia cósmica de Asha The First, la sobriedad íntima y cinematográfica de Computer Love o la sensualidad desenfadada de Get Lit son, precisamente, ejemplos perfectos de cómo desarrollar esa apertura de miras sin negarse a sí mismo.

A pesar de esta disparidad de caras que entran y salen (que, comprensiblemente, puede resultar excesiva para muchos), Washington consigue encontrar cohesión en las formas, dotando de cierto orden el todo y dirigiendo la poblada orquesta con la inventiva y la astucia de un maestro. Diverso a rabiar (hay jazz canónico, hay jazz más frenético y experimental, hay funk, hay hip-hop), Fearless Movement redefine el enfoque de su responsable y, aun sin ser su mejor pugna, tras su escucha uno comprende por qué es considerada una de las figuras más influyentes de la nueva escena jazz.

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