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Crítica: Julie Byrne - The Greater Wings

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Julie Byrne - The Greater Wings

Si hay algo que la urgencia y el nervio veraniego nos suplican con imperativa plegaria es el irrefrenable deseo de pararlo todo y bajar de revoluciones como bien nos hemos ido mereciendo a lo largo del año. Un cometido que responsabilizaremos sin salvedades ni condiciones a las delicadas líneas de The Greater Wings (Ghostly, 2023), el tercer álbum de estudio de la cantautora neoyorquina Julie Byrne, tan pronto como sus dulces pasajes comiencen a sonar y rodearnos con sus amables formas.

Aun así, y a pesar del inmediato efecto que su sedante voz cause en nosotros, su primer y homónimo corte ya nos dispone en la presente tesitura de tener claro que el relato que Byrne esconde tras sus páginas una notoria carga amarga, potenciada principalmente por ese lenguaje de dolor y pérdida que las mismas revelan (“You're always in the band / Forever underground, name my grief to let it sing”, canta en la etérea balada The Greater Wings, dedicada a su difunto socio de estudio, el músico y productor Eric Littmann). El historial de Byrne, obviamente marcado por una poesía preciosista y por su mágica habilidad por construir alegorías que bailan entre lo místico y lo terrenal, nos empuja a seguir desenvolviendo sus respectivos cortes, que bien podrían ser concebidos como los distintos versos de una carta dedicada abiertamente a todas las personas de su entorno que le han hecho comprender el verdadero significado del amor. Entre sus descarnadas entregas, atisbamos un crudo repertorio de sentimientos, más o menos cercanos, con los que la artista idealiza esas pequeñas minucias de la vida que tienden a convertirse en fragmentos significativos de la misma, tan pronto como el tiempo y su inmisericorde paso nos enseñan su verdadera valía (Portrait Of A Clear Day) o disfraza su narrativa más desoladora y angustiosa entre capas excelentemente producidas de folk ensoñador que nos pondrán la piel de gallina (Moonless).

Su compromiso por pergeñar una de las propuestas más emotivas y sobrecogedoras de su trayectoria no decaerá a lo largo de sus posteriores entregas, donde su lado más atmosférico y sintético continuará irradiando envolventes briznas de energía que nos harán despegar los pies del suelo al tiempo que nos inundará una inapelable y apabullante melancolía, cortesía de sus sencillos pero efectivos arreglos de cuerda, originados en el sino de su imaginario más fantástico (Summer Glass). Tras su instrumental interludio, Byrne desafía las leyes de su línea continuista jugando cartas que varían desde el pop más oscuro (Lightning Comes Up From The Ground) hasta respiros luminosos que transmiten solaz y pausa (Flare), configurando con su todo la perfecta banda sonora para un atardecer veraniego, presidido por una copa de vino blanco y un manojo de recuerdos que atestiguan el implacable paso del tiempo. Cuando el sol cae finalmente, el aguacero de memorias se vuelve insostenible (Death Is The Diamond) y los últimos rayos de la luz del día se reflejan en la rebaba de las lágrimas que brotan desconsoladamente hasta el final de nuestras mejillas. Es el amargo precio que hay que pagar por haberle concedido a esta narradora sin igual el derecho a entrar en nuestra psique y clavar en ella la bandera de su devastadora palabra.

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