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Crítica: Jarvis Cocker - Buen Pop, Mal Pop. Un Inventario (Blackie Books, 2023)

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Jarvis Cocker - Buen Pop, Mal Pop. Un Inventario (Blackie Books, 2023)

Las múltiples facetas que Jarvis Cocker ha atesorado a lo largo de las últimas décadas son una garantía per sé de que cualquier cosa que lleve su firma va a levantarnos de la silla como si de un esperanzador e ilusionante resorte se tratase (basta con observar las reacciones que la celebrada reunión de Pulp originó entre medios y aficionados o el efecto de la no menos sonada oportunidad de verles por fin en nuestro país el próximo año). Casualidades del destino, en la misma semana que conocemos este particular hito apuntado en nuestra agenda cultural para 2024, el bueno de Jarvis también se deja caer por Barcelona. El motivo no es otro que la presentación oficial de su último libro en España, Buen Pop, Mal Pop. Un Inventario, publicado por Blackie Books en una maravillosa edición de tapa dura y a todo color que ningún seguidor del icónico artista de Sheffield debería perderse.

La sorna y la acidez negra de un loser tan entrañable como el firmante nos permiten caminar por las páginas de unas memorias del todo atípicas en las que su responsable tiene a bien no caer ni en el egocentrismo más espeso ni en la tecnicidad más tediosa (de hecho, y como bien subraya en un particular interludio de páginas amarillentas, lo que menos le interesa a éste es darnos “explicaciones de más” con respecto al proceso creativo que se esconde tras sus inolvidables canciones). Por el contrario, lo que Jarvis pretende con su obra no es otra cosa que invitarnos a formar parte de un proceso tan común y anodino como es el inventariado de los trastos acumulados en su desván; un acto tan sencillo como anodino que se torna puramente romántico y divertido gracias a la habilidad del mismo por describir paso a paso y sin un orden cronológico específico las diferentes historias que se esconden detrás de cada objeto que va encontrando a su paso (desde un libro de chistes sexuales que le sirvió de puente a la madurez hasta un astronauta de plástico como reminiscencia de una meningitis que casi le cuesta la vida siendo tan solo un niño).

Hay muchas formas de narrar la vida de uno, aunque también existen infinitos riesgos en el proceso de no lograr conectar con tu audiencia y pecar de soliloquio turrero. Cocker, sin embargo, sortea con excelente gusto esas premisas que van adscritas al lenguaje propio de la auto-biografía, saliéndose por la tangente y haciéndonos sentir parte de su historia desde el mismo momento en el que abre para nosotros la puerta amarilla de ese desván y nos ofrece entrar, poco a poco y con una humana naturalidad, en su más reservada intimidad. Será precisamente este infrecuente despojo de tabúes en un artista y esta cercanía con el lector lo que haga que nos sintamos como en casa, a pesar de ser conscientes en todo momento que estamos asistiendo al desnudo confesional de una leyenda de su talla.

Sus capítulos son breves como pildorazos y están del todo carentes de cualquier poesía o embuste que edulcore el pasado. Cocker emplea así su lenguaje más crudo y honesto, superpuesto en palabras de una destacada traducción de Eduardo Rabasa, que entre fotografías y recortes preciosos aligeran su lectura y asimilación a fin de terminar conociendo más y mejor una vida convencionalmente fantástica y extraordinariamente común. Por su parte, el británico no busca regodearse en sus miserias ni caer en compadecimientos excesivos; combina con presteza relatos que abarcan lados del todo antagónicos en su desarrollo personal, pero que en su perspectivo conjunto se comprenden mucho mejor: su primer contacto con la música a través de las sesiones de John Peel y los artificiosos directos de Top of the Pops, su temprana experiencia con la masculinidad tóxica viéndose forzado a protagonizar una torpe pelea de instituto, su ilusionante conexión con la primera guitarra semi-acústica que cayó en sus manos, el desarrollo de su lado femenino al haberse criado exclusivamente entre mujeres y con una figura paterna ausente, o su relación con la miopía, que le llevó a vivir hasta los cinco años sin que nadie le graduara la vista y en completa neblina. Dolor y emoción a partes iguales, salpicados con humor y alivio, propios de esa melancolía autoparódica y desenfadada tan marca de la casa con la que durante décadas ha acostumbrado a hablarnos de desamor y fracaso sentimental en sus letras.

Por supuesto, Pulp también ocupa un importante lugar en este crisol de anécdotas pretéritas (desde el hecho de que el nombre de la banda continúe inalterado desde que a su responsable se le ocurriera idear “el plan” en una juvenil libreta de cuadros a la tierna edad de 16 años, pasando por aspectos más frívolos de su oferta, como su comedida elección estilística o su intención de hacer punk desde el normcore). La parte más musical no solo la cubre con la cariñosa mención a sus obvios referentes (The Fall, The Undertones, The Cure, Joy Division), sino también con la sofocante descripción del pubescente arranque de la banda, protagonizado por inaudibles y descompasados ensayos en casa y bochornosos directos en el instituto destinados a ser olvidados. Y es que lo que de verdad nos convence de no estar ante las memorias de un artista al uso (sobrecargadas de autocomplacencia y anécdotas de reprochable opulencia) es precisamente el hecho de que el libro se trunque justo en medio de la época imperial de la banda. Jarvis no quiere hablarnos de eso en Buen Pop, Mal Pop. Un Inventario; Jarvis quiere mostrarse humano, tanto como lo hace con su desaliñada apariencia o su humanismo sin trampa ni cartón (ahora quizás entendamos cosas como su costumbre de llevar las gafas con una cinta elástica en los directos o nos sintamos más próximos a él por su manifiesta aversión a los cambios, expresada a través de su particular colección de envases descatalogados).

Nunca antes nadie logró sacarle tanto provecho al diogenismo ni dio con la clave para representar con tanto amor la simple acumulación de antiguallas. Una brillante forma de contarnos su historia de tú a tú y sin hacerse de más, que queda ahora envuelta en una edición bonita de verdad (obra del artista gráfico Julian House, y cuyo mérito merece ser mencionado, principalmente por el gusto que da tanto leer el libro como simplemente admirarlo). Si de cara a su visita a España se estima primordial que rescatemos en bucle el His N Hers (1994) o el Different Class (1995), leer esta obra también lo será.

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