
No es un secreto para nadie que, después de haberse convertido en el mecenas en la sombra de algunos de los discos más destacados de la última década, el nombre de James Ellis Ford sea garantía de calidad o de, como mínimo, despertar nuestra curiosidad también cuando se trata de verle operando por cuenta propia. Lo hizo ya con The Hum (2023), un humilde laboratorio de ideas en el que el británico decidió probarse a sí mismo más allá de su histórica asociación con proyectos ajenos o compartidos. Ahora, y aunque en un contexto bastante diferente, el productor eleva la apuesta en lo que respecta a esos niveles de deliberada imperfección para un segundo trabajo a su nombre en el que el trasfondo importa tanto como la técnica.
Que Lost In Another World (Domino, 2026) contenga en sus doce pistas una historia de verdadera superación, entereza y resiliencia no es el principal atractivo de la partida, aunque sin duda favorece a que, pese a su modesta factura, haya terminado sobresaliendo entre las prolijas novedades del verano. Tampoco resulta baladí, en cualquier caso, conocer las circunstancias excepcionales que propiciaron su alumbramiento; a finales de 2024, Ford fue diagnosticado de leucemia mieloide aguda y pasó buena parte de 2025 sometido a un exigente tratamiento hospitalario. Sería entre aquellas largas semanas de reclusión y sesiones de quimioterapia donde el músico decidiera convertir el obligado paréntesis de su vida cotidiana en un inesperado ejercicio de creación, tirando de lo que buenamente tenía a mano para registrar esas impresiones, temores y destellos de esperanza, convertidos ahora en su entrega más caprichosa y sofisticada.
Porque, paradójicamente, la austeridad de las circunstancias no ha sido óbice para que Ford firmara una colección de pistas verdaderamente bellas y, a su manera, también ambiciosas. Recordemos que el británico venía de un disco prácticamente instrumental, entregado a la manipulación del sonido y la textura ambiental. En esta segunda venida no solo le vemos rompiendo ese molde con con una escritura más nítidamente orientada hacia la canción, sino también desplazando buena parte de su habitual gramática experimental hacia un polifacético synth-pop en el que caben guiños al city pop japonés (Overtones), al new wave ochentero de bajo grueso ('Til Our Days Are Gone), al dream-pop celestial (Here Today), a la orquestación cinematográfica de estilo M83 (I Believe in You) y a la música de club (The Ever After).
Por sus títulos intuimos ya, claro está, que se trata de canciones concebidas para mantener a raya el miedo y devolver algo de color a su existencia, por lo que no es de extrañar que veamos asomando entre sus relámpagos de electrónica minimalista un verbo de casi desnuda literalidad que huye de la tentación de sublimar la experiencia o caer en la autocompasión. Con pocos pelos en la lengua, Parallel Dimension resquebraja la realidad física del momento sacando su mirada más humana y confesional (hablándonos de un tratamiento "realmente doloroso" durante el que todo se puso en duda). La cabeza, en una situación así, va a mil por hora, y solo la imaginación termina haciendo las veces de mecanismo de fuga: en Homesick For Another World le vemos fantasear con un planeta "esmeralda y azul" porque su existencia inmediata se ha reducido al gris y al blanco de una aséptica habitación de hospital; sin embargo, Ford no utiliza su música para negar la realidad, sino para hacer esta momentáneamente más habitable. Tiene tiempo para acordarse de los suyos, piezas imprescindibles durante este proceso a las que dedica unas palabras en 'Til Our Days Are Gone ("Do you realize how much it means that you were there") y en Here Today (donde le escuchamos enumerar algunos pequeños rituales familiares, como leerle a su hijo antes de dormir, compartir tiempo o estar sencillamente ahí), respectivamente.
Decide, pertinentemente, cerrar este capítulo tan íntimo y testimonial de su vida profesional con Did You Ever Want To Go To Your Own Funeral?, una pregunta deliberadamente macabra lanzada al éter que, contra todo pronóstico, también oculta algunas de las resmas más divertidas del libreto, y un epílogo definitivo de casi siete minutos de suspensión electrónica titulado This Will All Be A Memory Soon, donde desde una candidez desarmante le escuchamos preguntarse si "enfadó al universo" en algún momento para merecerse esto. Nos aventuramos a afirmar que no y que la vida, injustamente en ocasiones, sucede de espaldas a cualquier lógica. No existe canción capaz de negociar con semejante evidencia, pero Ford, al menos, sí logra aquí fabricar un pequeño refugio dentro del desconcierto que, bajo ningún concepto, vence a la adversidad pero sí le niega a esta la posibilidad de poder decir la última palabra.