
Parece ser tendencia que, mientras que las bandas jóvenes y debutantes se ven obligadas a transitar los derroteros de la incertidumbre y la precariedad en sus lanzamientos de nuevo cuño, los más veteranos del lugar tienden, por su parte, a echar la vista atrás y admirar el bagaje que llevan a su espalda con compungido aire reflexivo. Interpol, que el próximo año cumplirán 30 desde su respectiva formación, hacen lo propio en This Mirror Weighs a Ton (2026), su primer disco para Partisan Records y una obra deliberadamente salpicada por la memoria, la culpa, el miedo, la responsabilidad y la edad.
De alguna manera, Paul Banks y los suyos siempre han tenido el don de la ubicuidad para vestirse de relatores de su tiempo y cronistas de esa Nueva York cosmopolita, ajetreada y noctámbula que tanto hemos idealizado. Dos décadas atrás, su Turn On the Bright Lights (2002) ya se convertía en una involuntaria respuesta a esa ciudad herida que todavía arrastraba el trauma del 11-S; ahora, conscientes de otros muchos males que asolan a la urbe, deciden poner el foco en la forma en la que la Gran Manzana parece estar hiperconectada, monitorizada y tecnológicamente transformada gracias a una promesa de progreso que se quedó en una simple y renovada forma de control.
Redondean este fin, además, vistiendo el disco con la escultura Asymmetric Love Number 2 de Addie Wagenknecht, un recurso estético que transforma la obsesión tecnológica del álbum en una imagen tan bella como inquietante. Y si por un momento creemos que esa irónica lámpara engalanada de cámaras de videovigilancia nos sitúa en los raíles de una narrativa blackmirroriana, mucho nos tememos que canciones como Iron City subrayarán esta impresión con el grupo sacándole brillo a su discurso más sci-fi e imaginando una conversación entre un narrador humano y una inteligencia artificial que parece haberse hecho con el dominio de lo que queda del mundo. Banks echa los restos con su registro más melodramático y nasal, transitando entre campanitas por los sinsabores de un futuro aséptico y sintético, poco después de habernos inoculado, probablemente, el sonido más angular y reconocible de unos Interpol puramente post-punks en See Out Loud (donde, por cierto, escuchamos a Daniel Kessler cantando, algo inédito desde PDA).
Por si este par de temas no son lo suficientemente explícitos e indicadores de que estamos ante el que tal vez sea el disco más político (o al menos, el más ludita) de Interpol hasta la fecha, el conjunto deja claro que su inquina hacia la tecnología trasciende lo meramente superficial e introspectivo (“I start to feel pixelated as we get buried in the sound”) para meterse directamente en el territorio más reivindicativo. Wounded Soldier, guitarras líquidas y atmosféricas a la The Cure mediante, nos habla de la naturalizada forma en la que contemplamos la violencia a través de nuestras pantallas ("I dream violence") de la mano de un canto desolado y fuertemente inspirado en los conflictos armados que han asolado el mundo en estos últimos años; y Ever the Actor, de intricada estructura y particular oscuridad tonal, apunta con la voz tratada hacia la dificultad presente de distinguir entre lo auténtico y lo representado.
También los vemos saltarse el eje puntualmente e iluminar su tiniebla habitual con medios inesperados pero solventes. La desafección distópica se ralentiza y adquiere una temperatura más cálida y humana en So Rides The Reindeer, donde un loop de guitarra acústica se entrelaza con la electrónica sin desactivar del todo esa pulsión misteriosa; Wake Up, en cambio, rompe el hermetismo con una cadencia juguetona, sinuosa y casi funky, un inesperado gesto de ligereza que introduce en el ejercicio sonoro de los neoyorquinos ciertos ecos al indie más despreocupado de la pasada década; y cuando parece que el grupo ya ha agotado las vías para desdibujar sus propias fronteras, Enemy vuelve a alterar las jerarquías internas con Kessler asumiendo por primera vez la línea melódica principal de una canción y desplazando el centro de gravedad hacia una oscuridad de piano, cuerda y resonancia casi cinematográfica.
Y es que lo verdaderamente estimulante de This Mirror Weighs a Ton, más allá de su relato urdido entre delirios conspirativos, es el hecho de no estar contemplado desde la autocomplacencia propia de una banda al borde de soplar las velas de sus tres décadas de existencia. Lejos de ello, el largo nos permite testimoniar de forma controlada pero gustosamente desarmante cómo sus tres miembros someten a examen todo aquello que les convirtió en quienes son, atravesando cada movimiento con una incómoda conciencia sobre el tiempo. El espejo al que alude su título no nos devuelve, así, la estampa más reconocible de unos Interpol entregados a la nostalgia como sí el reflejo de una banda obligada a comprobar cuánto de aquella imagen permanece en pie y cuánto ha tenido que deformarse para llegar hasta aquí (“This mirror weighs a ton, but at least we act sudden”).