Crítica: Interpol - Marauder

30 agosto, 2018
Redaccíon: dod Magazine

Interpol - Marauder (2018)

Redacción: Andrea Genovart

Interpol divide en dos a sus oyentes: los que no lo soportan y les parece algo monótono e insulso, sobre todo por la característica voz de Paul Panks, y los que se sienten fascinados por la linealidad y presencia del bajo de la banda newyorkina.

La publicación de El Pintor (Matador, 2014) supuso un punto de inflexión para el ahora trío, dándole una nueva imagen de la banda. Del post - punk comercial de sus inicios, Interpol se fue acercando sutilmente a un indie - rock que los arrastró hacia terrenos de más claridad, aunque no con muy buena acogida por parte de su público más fiel, al que les costaba reconocerlos.

Mezclado esta vez por Dave Fridmann (Mogwai, The Flaming Lips y nuestros Vetusta Morla), la banda ha decidido volver a sacar un poco la garra y recrearse en una oscuridad que parecía haberse diluido con el tiempo. Conscientes de ello, la banda liderada por Paul Banks vuelve con Marauder (Matador Records, 2014), un trabajo del que han confesado estar más que orgullosos.

Marauder supone el ejercicio consciente de haber rescatado aquello que les ganó el título de banda de referencia, mostrando además una faceta más personal y autobiográfica en unas letras de contenido cínico y crítico, tal y como podemos intuir a través de sus títulos. Tenemos en este LP, pues, un repertorio de trece temas ensombrecidos a la vez que construidos sobre marcha forzada, donde la agresividad vuelve a aflorar mediante riffs de guitarra y una percusión muy marcada y acelerada. Queda atrás el balanceo algo pasteloso y aguado que El Pintor había sugerido y que no hubo manera de encajar por ningún lado; cuatro años han pasado desde entonces, pero suficientes para haber rectificado con un sonido que no solamente devuelve ese Interpol del 2002 con Turn On The Bright Lights sino mejorado y que lo sitúa en un estadio cualitativo superior. Más crecido, en el sentido coloquial del término.

If you really love nothing vendría a ser el tema del disco. El perfecto avance: ritmo pegadizo, bailable, interrumpido por el parlamento del cantante y un giro final que huye del riesgo de parecer una canción facilona. En definitiva, una entrada con fuerza en toda regla. Le sigue The Rover, que no es para menos: con una velocidad casi atropellada que se echaba en falta, vuelve a emerger la fuerza instrumental encabezada por Sam Foragino a la batería. Flight Of Fancy también consigue imponerse con un final apoteósico donde los sintetizadores cobran una presencia nunca vista hasta el momento. Sintetizadores que vuelven y de una forma estridente, buscando lo siniestro quizá forzadamente, en Stay In Touch. Pero el estallido de ruido, que consigue situar la voz en segundo plano - algo realmente difícil e insólito en la banda - llega con Mountain Child, donde los instrumentos en vez de dialogar acaban por batallar para ganar el protagonismo, haciendo que tema suceda sobre un círculo estructural que podría no cesar. Podríamos decir que se trata del más denso e intenso junto a It’s Party Over, de un título totalmente acorde con ira convertida en motor de la canción.

La oscuridad y la decadencia llega con los coros y el tono bajo y más pausado de Surveillance, que abre paso a la esencia más relajada e indie de la mano de Number 10 y NYSMAW. Para cerrar y encabezado por el segundo interludio del disco - que ayudan básicamente a aportar tensión e introversión, toda una carga de ambiente - Interpol propone It Probably Matters. No es la más representativa de su nuevo lanzamiento, y recuerda la parte más melódica de su publicación anterior con un estribillo simplista y un pelín alargada de más; se trata, pues, de una canción que podrían ser obra de bandas de la línea de Foals, pero que cabe reconocer que cumple a la perfección con su misión de cerrar de forma armónica el sexto disco de la banda.

Marauder es, pues, un buen disco. Un buen retorno, con unas expectativas que no eran justas dado todos los excelentes trabajos de la banda pero comprensibles con su transformación, ya erradicada. Y es que no cabe olvidar que, en la música y en la vida, hay naturalezas con una inercia tan clara que es un error obviar.

 

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