Crítica: Iceage - Seek Shelter

10 mayo, 2021
Redaccíon: dod Magazine

Iceage - Seek Shelter (2021)

Redacción: Fran González Aparicio

Cuesta aceptar de entrada que un grupo a día de hoy nos invite a regresar a las raíces más primigenias del rock clásico. Y más cuando la banda en cuestión no nos tenía acostumbrados a este juego de raíz y arraigo en anteriores trabajos. Sin embargo, una vez procesadas y entendidas las claves de su propuesta, lo que cuesta es no caer extasiado bajo lo nuevo de Iceage.

La banda de Copenhague nos confirma así lo que vaticinábamos con su Lockdown Blues allá por aquel angosto abril de 2020: que se estaba perpetrando su regreso formal y que traían un sonido nuevo bajo el brazo que no iba a dejarnos indiferentes. Ese juego de guitarras melódicas entrelazadas con una voz mucho más brit eran las pistas que los daneses nos dieron para entender lo que un año más tarde nos brindarían con su Seek Shelter (Mexican Summer, 2021).

Atrás queda el apresurado y sórdido desorden punk que Elias Bender Rønnenfelt y su banda propusieron hace ya una década como carta de presentación en su debut New Brigade (What's Your Rupture?, 2011). El paso del tiempo, con la consiguiente consolidación y maduración de estilo, han derivado en la realización de un homenaje referencial de respeto y apreciación por el sonido remoto y pretérito. Considerablemente cuantiosa sería una hipotética lista de créditos que enmarque todas las influencias que resuenan en el quinto álbum de estudio de la formación danesa: la desidia renegada de unos tempranos Oasis (Shelter Song), el eclecticismo de Primal Scream (Vendetta), la sobriedad de Nick Cave (Gold City), o los punteos juguetones de Neil Young (Drink Rain). Todos ellos, y seguramente más, comprenden un vasto abanico de nombres, no necesariamente antagónicos, que se dan la mano y se resguardan bajo este refugio de nueve temas con reminiscencia blues.

Era evidente que para alcanzar este refinado salto cualitativo la banda iba a requerir de ciertos cambios en sus procesos creativos. Quizás, el más significativo y donde podamos encontrar una cierta lógica a este viraje estilístico inesperado, sea la participación del maestro del fuzz y el space-rock, Peter Kember (Spacemen 3, Sonic Bloom), en quien, en palabras del líder de la banda, encontraron un confidente con ideas que se sincronizó excelentemente con la dinámica del grupo. A ello, hay que sumarle la inclusión de un nuevo guitarrista, Casper Morilla Fernández, y quizás la más disonante e inesperada de todas las alteraciones dentro de este rock n’ roll mutante: la participación del coro de góspel de Lisboa.

Atreverse con todo parece la clave para brillar en el que hasta la fecha es el trabajo más osado de los de Copenhague. No hay atisbos de rubor en coordinar claras alusiones católicas, áridas reflexiones sobre las múltiples caras del crimen y su discordante moralidad o himnos que arengan a las clases oprimidas. Aventurados a viajar a versos litúrgicos, irrebatiblemente homenajeados con ese will the circle be unbroken en High & Hurt, pero también decididos a dar espacio a nihilismos etéreos y pesados para nostálgicos de sus primeros sonidos en The Holding Hand.

Inconformistas en la fórmula de sus proyectos, levantan y deconstruyen su expresión de tal modo que sea imposible categorizar con uniformidad su sonido, y dan rienda suelta a todo su espectro creativo desde un decrépito estudio con goteras en Lisboa. Se reinventan cómodamente con una conmovedora continuidad que navega de canción en canción, y que pese a hallar su raíz en diferentes estados de ánimo, concuerdan en el mismo sentimiento de aferrarse a nuestro círculo inmediato como arma contra cualquier contrariedad venidera. 

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