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Crítica: Faye Webster - Underdressed at the Symphony

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Faye Webster - Underdressed at the Symphony (2024)

Desde que Faye Webster publicara su excelente Atlanta Millionaires Club (Secretly Canadian, 2019), la carrera de esta joven artista estadounidense parece no dar indicios de aflojar el ritmo ni de aminorar la marcha. Lo corroboramos con su no menos correcto I Know I’m Funny haha (Secretly Canadian, 2021) y lo damos por sentado ahora con Underdressed at the Symphony (Secretly Canadian, 2024), su quinto álbum de estudio y la consagración de su responsable como una de las mejores cantautoras de su generación y del espectro independiente actual.

Webster se recoloca su extradimensionada visera y se arremanga su camiseta de béisbol para ofrecernos un nuevo viaje a las profundidades de su verbo, tan sardónico y ácido, como certero y emocional. Escoge entre varios el mono de color azul cobalto que más le favorezca para enfrentarse de la mejor manera esa línea fronteriza que delimita su post-adolescencia de su vida adulta, lanzándose así a combatir en esa tierra de nadie tan injusta y desconcertante de la misma forma que cualquier otra persona de su edad haría: entrando como un elefante en una cacharrería, con desidia y viviéndolo todo con mucha intensidad y drama.

Detrás de su atuendo kitsch hay una fórmula ya bien labrada y asentada que a duras penas vemos flaquear o virar en direcciones inesperadas. O dicho de una manera menos romántica, la artista vuelve a dar en el clavo con más de lo mismo. En efecto, este nuevo LP no se desvía significativamente de aquello que Webster ya venía ofreciendo en su discografía, lo cual, lejos de parecer lo contrario, es todo un punto a su favor y un alivio para quienes hayan disfrutado en los últimos años con sus respectivos discos previos. Esa fórmula tan suya, que oscila entre el country (con el pedal steel volviendo a la carga como herramienta indispensable de su registro), el R&B y el rock suave apenas se verá alterada en demasía a lo largo de esta nueva entrega -y si lo hace es para crecer y dejar entrar en su juego a ciertos invitados que le dan un zarandeo más que necesario a su sonido, como es el caso de Lil Yachty (viejo compi del insti) y su vocoder para Lego Ring.

Por su parte, lo que vemos en sus respectivas diez canciones es una nueva ventana abierta al universo más privado de una artista humana e imperfecta, cuyo discurso (en algunas ocasiones sórdido y cachondo, y en otras trágico y agrio) cumple de principio a fin con los requisitos básicos para ser compartido y comprado por su generación (desde el proceso de asumir una ruptura en But Not Kiss, hasta ahogar las penas sumergiéndonos en el capitalismo más accesible en eBay Purchase History). Haciendo suyo el lema personal de que ningún acto es demasiado trivial para ser cantado, Webster vuelve a demostrarnos ser ducha en el arte de hacer de sus discos una colección de simpáticas “slices of life” en las que tan pronto nos ilumina el alma (con la agridulce celebración de un nuevo amor en Lifetime) como nos congela la sonrisa mostrando un humanismo que la desliga de otros periplos suyos más burlones (con Wanna Quit All The Time convirtiéndose en una singular carta a sí misma en la que confiesa sus deseos de dejar el alcohol como recurso contra sus inseguridades). Pero es que así es la vida, una de cal y otra de arena.

Fiel a las particulares obsesiones de sus coetáneos (gastarse el dinero que no tienes en una terapia que te recoloque, tener el tiempo necesario para reencauzar tu vida o comprar cosas que no necesitas tan pronto como te ingresan el sueldo), Faye Webster rinde honores a su ya consagrada faceta de relatora de lo doméstico y lo extravagante y documenta con tino el amor y el desamor desde esa visión suya de estar por casa que con tanta puntería acaba llegándonos.

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