Crítica: DOMi & JD BECK - WHO ASKED?

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DOMi & JD BECK - WHO ASKED? (2026)

Pocos debuts recientes generaron un consenso tan rápido como NOT TiGHT (Blue Note, 2022), la carta de presentación de ese par de alumnos aventajados llamados DOMi & JD BECK que surgieron de la nada para poner patas arriba el jazz moderno con un virtuosismo apabullante y una bisoñez insultante. Con un primer trabajo que en su momento les granjeó pingües reconocimientos (desde nominaciones a los GRAMMY hasta firmar una de las actuaciones más memorables de Tiny Desk), la expectativa de su regreso, completamente inesperado, se cotizaba al alza. Sin embargo, lo que el oyente quizás no veía venir era esta imprevisible secuela titulada WHO ASKED? (Blue Note, 2026), un álbum deliberadamente contenido y muy alejado de la pomposidad inmediata de aquel celebrado salto al ruedo.

No es un "arranque de caballo y parada de burro" al uso, porque aquí no hay desplome alguno, pero sí resulta insólito ver a la banda ofreciéndonos a estas alturas una subversión del orden natural de las cosas con semejante volantazo. Tras aquel deslumbrante y desacomplejado elepé, plagado de fuegos artificiales y nombres insignes en los créditos (Herbie Hancock, Thundercat, Anderson .Paak o Mac DeMarco) que la mayoría de grupos tan solo podrían permitirse cuando ya se saben intocables, nos llega un álbum que parece ocupar el lugar inverso dentro de cualquier discografía: la clase de trabajo reservado, meditado y casi ascético, más propio de una banda que busca demostrar criterio compositivo antes que capacidad para epatar.

Y con todo, ese aparente repliegue es también una declaración de intenciones con la que la dupla pasa del vértigo y de la conversación permanente entre el piano de DOMi y la batería de BECK, a poner el foco en un terreno mucho menos consecutivo y directo. Hay menos dosis de improvisación, menos espacio para el intercambio espontáneo y bastante menos obsesión por dejar al oyente preguntándose cómo demonios ha surgido entre ellos un ingrávido pasaje de tales magnitudes. En su lugar aparecen desarrollos temáticos más largos, una planificación milimétrica de las piezas y una voluntad casi camerística de organizar cada timbre dentro del conjunto, cuya incontestable calidad no alcanzará, sin embargo, a disipar una acusada sensación de reiteración y uniformidad en la propuesta.

La delicada ÈPiPHANiE, que ejerce de obertura con esa finura casi próxima a la narrativa musical del Disney de los 50, deja claro que esta vez la prioridad no es el impacto, sino la construcción de una atmósfera semi-impresionista, sostenida sobre un entramado armónico de transparencia engañosa. A partir de ahí, el disco se mueve con sorprendente coherencia por un territorio donde la escritura pesa mucho más que la arbitrariedad. EXiT, probablemente uno de los momentos más inspirados del repertorio, resume mejor que ninguna otra pieza esta nueva identidad con un diálogo vertiginoso entre las partes implicadas, acercando el nervio jazzístico a una suerte de concertismo contemporáneo que poco a poco se irá acentuando -con CONCERTiNO (FOR PiANO, DRUMS & ORCHESTRA) como epítome de ese abandono de complejos frente a la tradición clásica y reivindicación de su faceta como compositores, además de instrumentistas superdotados.

No todas las apuestas funcionarán con la misma eficacia, claro. Piezas como GROWiNG OLDER, CLiMBiNG HiGH o RAiN subrayan que la insistencia en un mismo color tímbrico acaba difuminando su personalidad y coqueteando con el tedio más machacón. La producción mantiene esa pátina luminosa, casi pastoral, de principio a fin que, combinada con armonías densas, voces etéreas y arreglos orquestales, termina subrayando el gran mal de esta partida: una irremediable sensación de monotonía que, precisamente, nos hará sentir que el disco pierde parte del factor sorpresa que hacía de aquel NOT TiGHT una montaña rusa estilística impredecible. De hecho, es cuando el dúo decide abrir una pequeña grieta en esa homogeneidad que vuelve a aparecer toda la personalidad que les convirtió en un fenómeno. LOVELY MASQUERADE, con un bajo de sintetizador mucho más amenazante y una estructura comparativamente desnuda, introduce una tensión de la que el álbum parecía estar necesitado, mientras que SMALL EYES, inspirada en sus perros y atravesada por un delicioso aroma a J Dilla, nos recuerda que DOMi & JD BECK siguen dominando como pocos ese delicado equilibrio entre sofisticación armónica y pulsión rítmica.

Son momentos en los que el disco respira, se sacude parcialmente la rigidez de su impecable arquitectura y deja entrever que, incluso cuando deciden contenerse, el talento sigue desbordándoles por las costuras. Por ello, no resulta casual que desaparezca aquí aquel desfile de invitados ilustres que les aupó a lo más alto, pues el objetivo parecía pasar por demostrarnos a todos que, después de corroborar que podían tocar cualquier cosa, DOMi & JD BECK se empeñan en constatan que también saben cómo componer. La buena noticia es que lo consiguen. La menos buena es que, en el camino, parte de aquella electricidad imprevisible que convertía sus mejores momentos en un pequeño milagro acaba diluyéndose entre tanto refinamiento.

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