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Crítica: Devendra Banhart - Flying Wig

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Devendra Banhart - Flying Wig (2023)

No es que sea la primera vez que le vemos abordando temas tan trascendentales en su prosa como la vida y la pérdida (Ma, 2019), ni tampoco nos resulta insólito del todo verle tonteando con la parte más experimental y oscura de su registro (Mala, 2013); sin embargo hay algo en la renovada sobriedad y en el lúgubre estoicismo que ahora vemos en Devendra Banhart que irremediablemente nos hace alertar de una reciente etapa angosta en la vida del artista de origen venezolano que, sin lugar a dudas y de forma irreparable, ha terminado calando de manera fascinante y cautivadora en su undécimo álbum, Flying Wig (Mexican Summer, 2023).

Como las gotas de rocío que emanan del poemario de Kobayashi Isaa y que ahora inspiran este nuevo trabajo de larga duración, los diez reflexivos cortes de Flying Wig brotan ante nuestros ojos con una belleza inflexiva y contemplativa que se aleja radicalmente de la luminosidad folk y naturista de los títulos que hicieron grande su nombre en la primera parte de la pasada década (Cripple Crow, 2005), pero que corroboran una sobresaliente madurez en su sonido, del todo prometedor y predispuesto a convencernos de que, a la hora de llorar las penas, mejor hacerlo con nuestras mejores galas puestas. Así lo demuestra con la elegancia supina con la que arranca su disco, pues a poco que comencemos a deambular por los casi atmosféricos y sedantes primeros acordes de Feeling seremos conscientes de ese ecosistema aislado y remoto que envolvió la composición y el bosquejo original de un trabajo tan íntimo y cuidado, en el que a través de cada reverberante riff de guitarra podemos sentir el cristalino supurar de una herida abierta. Un clima puramente personal, que tan solo es vulnerado por la presencia en la producción de la brillante Cate Le Bon (quien, a juzgar por el valor de su mano, logra otorgarle al álbum una magnitud realmente rica en matices y tonos, a pesar de que en términos globales el LP se mueva dentro de una línea de auto-análisis y desasosiego regular y constante). Son precisamente estos arreglos que coquetean casi con el pop sintético y de dormitorio (Fireflies) o que directamente desafían nuestros instintos más primarios a golpe de psicodelia negra (Twin) los elementos necesarios convencernos del todo y sobresalir por encima de una espesura sobrecogedora, pero llana y redundante al fin y al cabo (Sirens). 

Pero a pesar de la gran cantidad de elementos fatídicos y desaventurados que ensalzan esta pintiparada banda sonora para la conducción nocturna y taciturna, entre los hilos de Flying Wig también se pueden atisbar dosificadas cuotas de luz que emergen del mero acto de haber logrado revertir el desaliento en oportunidad y el dolor en perdón. Y es que, de la mano de juguetones ritmos de color terracota (Nun) que otorgan un agradecido equilibrio a los densos tramos instrumentales que se acumulan en el disco, Devendra también sabe recomponerse del infortunio y mirar hacia adelante, demostrándonos ser ducho en lo que a lidiar con el peso de la tristeza se refiere y sacarle todo el partido posible a la hora de construir un álbum que avanza sin urgencia y que es capaz de aunar lo mejor de su surrealismo fantástico y su asilvestrado romanticismo.

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