Crítica: Death Cab For Cutie - I Built You A Tower

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Death Cab For Cutie - I Built You A Tower (2026)

Lo fácil para Ben Gibbard y los suyos, luego de haber girado recientemente con motivo del 20º aniversario de sus icónicos Transatlanticism (2003) y Plans (2005), hubiese sido anclarse en la fantasía del pasado ideal y seguir el dictado de una industria empeñada en explotar las reservas inagotables de nostalgia hasta el fin de sus consecuencias. Y más con un (segundo) divorcio de por medio, caldo de cultivo idóneo para tener de vuelta al sad boy del indie por excelencia en plena forma. Algo de eso hay en I Built You A Tower (ANTI, 2026), no lo negaremos; pero el regreso oficial a la edición independiente de los Death Cab For Cutie también pone de manifiesto que ninguno de sus respectivos miembros tiene ya treinta años (ni la necesidad de pretenderlo).

Lejos de tratarse de un disco vengativo o despechado, el undécimo trabajo de los de Washington sorpasa la tentativa de convertirse en una mera hoja de reclamaciones sentimental para terminar sirviendo de lección práctica sobre la administración adulta del dolor. En su forma, el elepé parece incapaz de decidirse por la contemplación o el impulso, por el recogimiento acústico o la electricidad nerviosa, por la resignación o la rabia. Cada canción parece desmentir emocionalmente a la anterior, tal y como observamos de entrada en esa paradoja sonora que conforman Full Of Stars y Punching The Flowers: de la delicadeza folk (“All I need is for you to be kind”) al post-punk retorcido de guitarras angulosas y caóticas (“I don't know which is worse, if it was love or it wasn't”); el tormento y el éxtasis como carta de presentación, consecuencia, en buena medida, del trabajo de John Congleton a la producción, quien vuelve a ejercer de maestro en la sombra tras Asphalt Meadows (2022) y que culmina aquí con fricción física y urgencia una de las etapas sonoras más interesantes de la banda en años.

Baterías casi marciales y guitarras que parecen bordear los límites de la saturación en How Heavenly A State corroboran el interés de Congleton por aprovechar la capacidad histórica de Death Cab para construir crescendos emocionales e impredecibles. En el extremo opuesto, sin embargo, encontramos canciones como Stone Over Water, donde las guitarras flotan sobre la mezcla y el piano aparece y desaparece como un elemento casi atmosférico e ilusivo. En efecto, en el compacto se retrocede, se idealiza, se racionaliza y se vuelve a caer porque desde luego nadie avanza ordenadamente en ese camino que va del dolor hacia la aceptación, algo que volvemos a constatar con Trap Door: oda victimista y melodramática al tropiezo persistente y a la recaída pronosticada enunciada entre juguetonas líneas de sinte (“If only the winners write history, there’ll be nothing on our page”).

La tesis queda refutada por ese tema río que discurre por el disco en dos partes y que da título al mismo. “I'm learning how to live without you, but these ruminations are all about you”, le escuchamos cantar en la clausura del álbum, como una confesión robada que termina convirtiéndose en la dovela de esta particular bóveda en la que Gibbard pretende encapsular su corazón malherido. En lo personal, no parece haber sobre el papel una epifanía decisiva o terminante; en lo musical, tenemos uno de los discos más logrados de Death Cab For Cutie en años y una nueva voz, dopada de honestidad humana e incómoda, para continuar cantándole a las mismas obsesiones que tiempo ha.

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