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Crítica de 'Oppenheimer' (2023): la creación de la bomba atómica contada como un plomizo thriller más fascinado por el científico que aterrado por su obra.

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Oppenheimer - Cillian Murphy

Redacción: Jorge Loser

El evento del verano se ha concentrado en una coincidencia cósmica, en la que en el mismo fin de semana se han comprimido dos estrenos tan dispares como Barbie de Greta Gerwig, definida como una parodia de los roles de género con estética pop, y Oppenheimer, que es, probablemente, la película más Christopher Nolan que ha rodado nunca Christopher Nolan. Esto puede ser interpretado de muchas formas, claro, pero solo confirma que la polarización entre ambos títulos no puede ser más extrema. Por poner un ejemplo, en la película sobre el creador de la bomba atómica solo hablan dos mujeres, una que prácticamente aparece para emitir un gemido y otra para establecer el rol de esposa sufridora que toda película sobre un genio suele incluir.

Pero no carguemos las tintas sobre el director sobre esta problemática, siendo una recreación del proceso que llevó a la fabricación de la primera bomba atómica, en la que los trajes y el olor a Brummel plagaban los despachos. Tampoco tiene la culpa, suponemos, que la campaña de la película se haya construido sobre el atractivo de ver una detonación nuclear rodada en IMAX y en la que no se ha utilizado CGI. Al fin y al cabo, el momento de la prueba debe estar en la película y, efectivamente, puede determinarse que es el momento clave de la producción. No merece la pena entrar en consideraciones éticas sobre por qué el vertebrar una campaña de marketing sobre un espectáculo que sigue provocando un trauma profundo en todo un país es, cuanto menos, algo frívolo, pero sí que se puede discutir su validez narrativa.

La prueba de la bomba atómica es un momento clave en la vida de J. Robert Oppenheimer, y como tal merece plasmarse dentro de una biografía como parte integral de su figura controvertida, el problema aquí es que la parafernalia de 70mm, los pósters de sonido Dolby y la promesa de espectáculo convierten la película en una excusa larga, espesa y torpe para justificar la existencia de una secuencia que atraviesa el largometraje en el minuto 120 de sus 180. Probablemente Nolan no sea plenamente consciente de esto, porque hay una buena voluntad de que la película sirva como retrato de la figura detrás de ese desfile de megatones.

El problema no es que el aparato de publicidad tenga menos gusto que el de aquella temporada de The Walking Dead en la que los pósters nos hacían preguntar qué querido personaje moriría con la cabeza espachurrada por un bate en el regreso de la serie, sino que Oppenheimer no tiene muy claro qué película quiere ser y acaba tomando la misma ruta del resto de obras de su director, es decir, convertir cualquier material en un buen producto uniforme, vendible, que complazca a los cinéfilos con hambre de una puesta en escena competente y virtuosismo técnico como a los que quieren un espectáculo de palomitas. Nolan juega bien esas cartas con películas como El prestigio o El caballero oscuro porque logra que entre trago y trago de refresco, el espectador entre en el juego que propone, haciendo que haya una percepción de nutriente intelectual por encima del cine de palomitas y cocacola que has ido a ver.

Esta tendencia ha ido incrementándose con el tiempo, convirtiendo los cuatro momentos clave de Dunkerke en un cortapega que apenas conseguía alterar la cronología sin resolver muy bien la razón para hacerlo en un final de épica patriótica de tebeo de los años 40. Poco menos puede decirse de Tenet, en la que el artefacto narrativo se mimetizaba con la premisa de ciencia ficción que movía todo marcha atrás, y en Oppenheimer vuelve al mismo juego de idas y venidas en el tiempo para tratar de componer un puzle que no tiene mucha razón de ser, salvo tratar de insuflar una sensibilidad de thriller a una biografía que se cimienta sobre la soberbia y la culpa, pero que en lo que se nos muestra se traslada más bien como docilidad impuesta y redención a golpe ideológico.

Oppenheimer - Christopher Nolan

Nolan parece fascinado con el volumen que adapta, Prometeo americano y no difícil explicarse por qué, empezando por esa comparación con la mitología griega con la que abre la película, la vida del científico está llena de frases rimbombantes con las que él mismo y sus contemporáneos adornaban sus opiniones, por lo que el maridaje con el estilo pomposo y ornamentado del autor de la película es perfecto. Esto, de por sí, no es tampoco algo que sea especialmente negativo, pero se extiende a la mayor parte de escenas de diálogo, compuestas por un “ a ver quien la tiene más grande” que suelen acabar con una cita-zasquita adornada por música épica desde el primer minuto. Una estructura que se va adaptando a cada fase de la vida del protagonista, interpretado por un gran Cillian Murphy, y que acaba convirtiéndose en un recurso redundante que solo toma verdadero sentido en la hora final, cuando la película trata de convertirse en JFK de Oliver Stone.

Desafortunadamente, el montaje no logra crear una tensión tractora que mantenga el interés y lo que sigue es una colección de anécdotas interesantes, encuentros con famosos como Truman o Einstein y la sensación de estar en un tira y afloja que no sabe si centrarse en la culpa del creador de la bomba atómica o en el ingenio del grupo de científicos que lograron ponerla en marcha. En ocasiones la película parece una prima de Armaggeddon, con el proceso inevitable de la creación de un arma para salvar al mundo y en otras un manifiesto por la inocencia de su artífice, pero los momentos claves, la introspección por la responsabilidad de las muertes se reduce a algunos golpes de montaje con ruidos, con un estilo de “jarreo” al espectador que se hace muy molesto, y una escena onírica muy suavizada en la que se intuyen los efectos devastadores del arma.

Los momentos clave para entender la problemática del uso de la bomba son confrontados de pasada, con una mención a que Hitler ya está muerto y una tibia recreación de la escena en la que se decide dónde tirar la bomba, en la que Oppenheimer parece dar su voto casi obligado por la presión de grupo y no dando su recomendación activa de crear muchas víctimas para dar ejemplo, como pasó en la realidad. Un detalle sin importancia pero que diluye mucho su tormento posterior, que se convierte en un thriller político que le pinta de pacifista acosado por la caza de brujas y la persecución al comunismo. Una elección que deja claro la dirección en la que rema la película, que mezcla formatos y metraje en blanco y negro para dar una sensación de solemnidad seria que de una pátina más de respetabilidad a una película construida sobre un bombazo para dejar sin habla en el cine.

Oppenheimer - Christopher Nolan

Más despistado aún parece el guion cuando trata de dar peso al personaje de Emily Hunt, que resulta poco menos que una señora cabreada a la que solo le falta que le hubieran puesto un rodillo de cocina cuando presiona a nuestro héroe del sombrero a defenderse frente a los fascistas americanos que se la han jugado. Para eso mejor que todo hubiera sido testosterona. Por no hablar del personaje de Florence Pugh, dibujado como una seductora que despierta la libido del científico, que tiene el dudoso honor de protagonizar una de las escenas más bochornosas del año, un coito en pelotas en el lugar menos esperado que confirma la inquietud de querer convertir la película en algo más de lo que es. Los prometedores primeros minutos de la película, que prometen una evocación metafísica de la responsabilidad científica, casi como una representación propia de Edgar Allan Poe, pasan a un thriller convencional, con una puesta en escena llena de primeros planos y desfile de casting de famosos en tromba para crear confusión, entre vagos intentos didácticos sobre la creación de la bomba que resultan poco precisos y deslocalizados.

Como acercamiento a la figura, es indudable que ‘Oppenheimer’ es un documento abierto lleno de ideas para el debate, pero sus tres horas son estoposas y en ocasiones rimbombantes, para contar poco menos que lo visto en la mitad de tiempo en el documental ‘Oppenheimer: el dilema de la bomba atómica’, pero sin lograr darle una relevancia real a la figura y su creación. Con una virtud formal aparente, Nolan convierte un gran tocho en un coloreable accesible, pero reduce las interesantes posibilidades de afrontar la historia desde la ambigüedad. Algo que habría sentado bien a un largometraje con complejo de miniserie y colección de anécdotas con la fascinación por la figura y no las implicaciones reales de su trabajo, un ejercicio de banalidad coloreada en forma de película para televisión de juicios muy cara.

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