Crítica de New Bermuda - Deafheaven

27 noviembre, 2015
Redaccíon: dod Magazine

New Bermuda - Deafheaven

Hace ya cuatro año desde que de San Francisco nos llegaba el sonido de Violet. La canción que inauguraba el disco debut homónimo de Deafheaven se construía según avanzaba: empezaba como ambiente, añadía pitidos y voces, después una guitarra y una batería. Sobre un hilo conductor se acoplaban cada vez más sonidos, cada vez más ritmos, cada vez más volumen, hasta que el minuto cuatro explotaba en golpes de platillos y bombos cada vez más veloces, cada vez más viscerales. Cada vez más expresivos. Y, también de golpe, George Clarke liberaba su voz gutural en un death growl desgarrador.

En 2013 lo volvieron a hacer con Sunbather. De nuevo volvíamos a escuchar este cóctel donde el shoegazing más calmado, ambiental y envolvente se cortaba bruscamente en dosis de un black metal perfectamente construido (que es, básicamente, añadir todos los sonidos rotos que se puedan y distorsionar la voz para evitar la comprensión).

Dos años después, siguiendo lo que ya habían hecho entre los dos primeros discos, los californianos de Deafheaven nos presentan su nuevo material, New Bermuda. Cuando uno se enfrenta por primera vez a este disco no puede hacer caso al viejo dicho de no juzgar a un libro por su portada. Y tampoco debería. No solo porque el diseño gráfico sea una verdadera joya de arte expresionista abstracto, porque su resultado sea tan brillante que podemos ver hasta los relieves de la pintura (relieves que se continúan con esa tipografía tridimensional); sino también porque New Bermuda contiene, exactamente, lo que anuncia su portada.

Es un disco tan expresivo y tan maravillosamente caótico como la ola negra irregular que lo presenta. Internamente sigue la estructura de sus predecesores, pocos pero larguísimos temas que se construyen en el tiempo, que evolucionan a lo largo de sus minutos y se desarrollan sobre sí mismos. Incluso todo el disco en sí podría ser un único tema de 45 minutos. Sonidos post-rock que flotan lentamente por esa oleada negra, calmados, avanzando, para repentinamente explotar en una espuma blanca de arrebatos de pasión y ruido metálico. O al contrario, tormenta marina que finaliza para dar paso a la calma. Brought to the water sería un ejemplo perfecto de ese caos climático en sus baterías, que más que buscar el ritmo parecen luchar por la mayor velocidad posible. La que para muchos es la mejor canción que Deafheaven ha sacado hasta la fecha; no consigue, sin embargo, la perfección harmónica de Baby Blue.

Baby Blue podría ser un disco en sí misma. Hay tantos conceptos en sus diez minutos de duración que parecen varias canciones sucesivas. Comienza con unos ritmos muy sencillos, muy asimilables, amables. Poco a poco evoluciona hacia ese shoegazing al puro estilo de Slowdive; e incluso al dream pop de los mejores temas de Daughter. Entonces comienza una progresión mediante un punteo de guitarra, una batería cada vez más veloz, un sonido cada vez más agudo y más alto. Y eclosiona. Eclosiona en metal puro. En la voz asombrosa de George Clarke que, incomprensible, transmite sentimientos para los que harían falta cientos de discursos; y que pone en duda la enseñanza de que hablando se entiende la gente.

Pero quien escucha con calma este oleaje imparable pronto se da cuenta de que tras el aparente caos del mar se esconde una constante homogénea, una sinfonía meditada y calmada, una antítesis del hardcore que, sin embargo, construye temas de hardocore perfecto. Gifts for the Earth suena a eso, a contrastes. Suena a los mejores HEALTH y a su descomunal último disco, Death Magic. A melodías bien construidas, trabajadas, meditadas, pero sometidas también a la catarsis nihilista del caos. Una especie de pulso al que Deafheaven someten a sus creaciones. Parece una lucha interna de quien sabe componer una melodía que funcione, pero que a la vez no quiere caer en eso y destroza su trabajo.

Y la voz, ¿qué más decir?. Suena tan deformada, tan caótica, tan tormentosa como el disco completo. Y por lo tanto tan expresiva, tan envolvente, tan pura y directa. Tan mágica. Y eso que no se le entiende. Pero cuando buscamos las letras y leemos lo que Clarke grita nos invade la extraña sensación de que habíamos, de alguna manera, entendido lo que vemos escrito. Ahí está Luna para demostrarlo. Su canción musicalmente más dura, de metal continuo; y con una letra cruda, directa; de un simbolismo poético desgarrador y existencialista. Clarke dice que se ha embarcado en sí mismo y se ha negado a salir, pese a no existir ningún océano para él, ni ningún glamour. Atado a una casa que no se mantiene limpia y a una cama donde la enfermedad nunca desaparece.

Come back, en penúltimo lugar en la tracklist, es la quinta de las canciones del disco. Es curioso su paso de “interlude” de alt-J a black metal en mayúsculas. Pero esa es la chispa que enciende el cóctel incendiario de Deafheaven. Que comenzaron a trabajar en 2011 con la Violet de la que hablábamos al principio, y que ahora, en 2015, parecen haber concluido de investigar. La tesis resultante es este arrollador New Bermuda al que le quedan cortos mil adjetivos: arrasador, vibrante, poético, cortante, descorazonador.

 

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