Crítica de 'Los amores imaginarios' (Xavier Dolan)

17 marzo, 2021
Redaccíon: dod Magazine

Los amores imaginarios - Xavier Dolan (2010)

Redacción: Noemí Valle Fernández

Esta semana revisé Los amores imaginarios, el segundo largometraje de Xavier Dolan, que más que una película es un poema de todas las cosas que nunca llegan a suceder. El director canadiense estrenó el film  en el Festival de Cannes en 2010, en el que obtuvo el premio al Joven Talento, gracias a esta píldora autobiográfica que él mismo se encarga de protagonizar bajo la piel de Francis junto a Monia Chokri, la elegante Marie y Niels Schneider, el inalcanzable Nicolas.

Los rotos del amor

Xavier Dolan retrata el amor no correspondido con la ayuda de la cámara lenta y evidencia en cada fotograma la facilidad de la memoria para almacenar minuciosamente todos los detalles, manías y costumbres del otro, creando una imagen preconcebida e idealizada: “amas el concepto más que a la persona”, pero tarde o temprano irrumpe el rechazo, la realidad como un jarro de agua fría y el corazón se necrosa a la velocidad del rayo mientras late como una bomba de relojería.  Como decía José Luis Alvite: “la gente que cuenta el tiempo por las flores no encaja bien con aquella otra que lo mide por el reloj”.

Nicolas es la respuesta, el eje que sostiene la película, el hombre de rostro aniñado, el eterno Adonis de rizos dorados que se desliza bajo las luces intermitentes de la noche al ritmo de Pass this on de The knife y la versión francesa de Bang Bang. El espectador es testigo de cada movimiento del joven, siempre bajo la mirada idealizada de los dos amigos: Marie, el vivo retrato de Audrey Hepburn y Francis, un tímido homenaje a Marlon Brando. Ambos siguen un patrón de conquista idéntico y desesperado que termina en la misma escena: relaciones fortuitas que funcionan como anestésicos para paliar durante unas horas el dolor de la indiferencia.

El largometraje, disponible en Filmin, recoge testimonios de relaciones truncadas, amores que nunca llegaron a consumarse, planos cortos acompañados de zooms violentos que acercan la mirada del espectador a esas historias ajenas con finales frágiles y premonitorios. En la primera escena irrumpe una mujer joven de mirada devastada, una mujer que no deja de culparse por sucumbir a la irracionalidad del amor. El espectador escucha palabra por palabra a ese ser anónimo, que se confiesa tras la pantalla como si estuviese frente a su mejor amiga: “está arruinando mis sitios favoritos, porque cuando no está me aburro, no es divertido, pero cuando está es como si me hubiera tomado cinco rayas de speed y saludo a todo el mundo.” La mujer cuenta parte de su historia a brochazos, sin escatimar en crudeza, dejando el corazón del espectador como un sonajero, mientras muestra cómo el subconsciente la acecha sin pausa, a menudo, al borde de la carcajada, dictatorial y cegador, recuerda que es él quien maneja los hilos de las emociones y el cuerpo no es más que una simple marioneta.

La película sigue su curso tras los cortes y las confesiones que se cuelan entre la historia, pero de pronto vuelve a aparecer otra mujer ajena al relato principal. Habla del abandono mientras se saca las vísceras y las pone sobre la mesa, aferrada a la única explicación que el hombre con el que compartía su vida le dejó tras una silenciosa fuga. Una frase escueta y catatónica escrita en severo alemán sobre una nota color cian: “no quiero malgastar mi vida queriéndote mal”. Entonces ella, lejos de analizar a aquel individuo cobarde, pone la lupa sobre su propia vida en busca del fallo en el fondo de su biografía. “Él vivía en Berlín y yo en Dorion St, supongo que estaba enamorada del avión, de los aterrizajes, de los cafés y los cigarrillos, de su acento, de la distancia.” Es en ese instante cuando la mujer con la voz entrecortada acepta que toda esa adrenalina desaparece con la convivencia, cuando ya no hay que atravesar un océano por un simple abrazo y solo hay que cruzar el pasillo.

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