Crítica de 'La vida por delante': dos generaciones unidas por el cariño y la miseria

18 noviembre, 2020
Redaccíon: dod Magazine

La vida por delante - Sophia Loren

Redacción: Noemí Valle Fernández

Sophia Loren regresa al cine a sus 86 años y lo hace bajo la mirada de su propio hijo, el director Edoardo Ponti, con un drama sobre la emigración y la integración. La actriz italiana interpreta a Madame Rosa, una anciana superviviente del Holocausto que regenta un piso en Bari, en el que cuida a los hijos de sus compañeras prostitutas. En este cóctel de carencias emocionales se yergue como protagonista Momo, un niño senegalés interpretado por Ibrahima Gueye, que tras quedar huérfano, se busca la viada en la calle.

La vida por delante está basada en la novela homónima escrita por Romain Gary, una obra que el cineasta israelí Moshé Mizrahi se encargó de trasladar a la gran pantalla en 1977 bajo el nombre de Madame Rosa, protagonizada por Simone Signoret. Edoardo Ponti reinventa el film y lo sitúa 43 años después, cómo la película más vista de Netflix en España, gracias a la calidad de las actuaciones de Sophia Loren e Ibrahima Gueye.

La relación entre Madame Rosa y Momo comienza con un desencuentro. El joven le roba el bolso a la octogenaria en el mercadillo del pueblo, en ese momento el médico encargado de la custodia de Momo decide que sea la anciana quien cuide del menor con el fin de enderezar la conducta del niño, una idea que ambos rehuyen inmediatamente, pero que a medida que avanza el film desemboca en el cuidado mutuo y el cariño incondicional entre los personajes. Dos seres marginales que se amparan en una especie de alianza silenciosa contra vida, que se burla de ellos de forma constante.

Dicen que el amor es lo que más une a las personas, yo creo que lo que más une a los seres humanos es la miseria. Así lo retrata Edoardo Ponti fundiendo dos generaciones marcadas por la tragedia y la resaca de una vida complicada. Para ello se centra en la memoria de Madame Rosa que regresa como un boomerang y la azota constantemente con recuerdos de aquellos años en los que fue víctima del antisemitismo en Auschwitz, recuerdos que vuelven a su vida como un huracán y la devastan por completo.

Hay una escena en la que el personaje interpretado por Abril Zamora, una prostituta transexual amiga de Madame Rosa, pone el tocadiscos y la joven española saca a bailar a la diva italiana al ritmo de Malandro de Elza Soares, bajo la mirada anonadada de los tres niños que viven en el piso. En ese instante el director ofrece un primer plano de las dos mujeres sonriendo, inmersas en un momento de evasión frente a la sordidez de sus vidas, con ciertos toques folclóricos que recuerdan al cine de Almodóvar.

Edoardo Ponti roza el sentimentalismo sin caer de lleno en él, aunque deja escapar ciertos matices que hubiesen convertido el film en una obra más redonda. El Holocausto, la prostitución, los emigrantes que se juegan la vida en el mar y la violencia y deshumanización de las autoridades ante esta lacra aparecen cómo pinceladas, pero nunca se ahonda en ellas, sino que el director prefiere pasar de puntillas por las entrañas del cine social desaprovechando esas realidades que merecen ser denunciadas a través de la gran pantalla.  Hay muchas veces que la catástrofe golpea tan fuerte que te impide tener la vida por delante, pero eso es otra historia, o al menos otra mirada.

 

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