Crítica de 'La hija de un ladrón': la vida entre los márgenes de la sociedad

3 diciembre, 2020
Redaccíon: dod Magazine

Crítica de 'La hija de un ladrón'

Redacción: Noemí Valle Fernández

Hace un año vi por primera vez La hija de un ladrón, la ópera prima de Belén Funes, hermanada con su corto Sara a la fuga, con el cual debutó. Ayer volví a pulsar el play y revisé la película fotograma a fotograma, aguantando la lágrima hasta el final, redescubriendo diálogos ácidos y transparentes sobre los lazos familiares que se rompen y que por mucho que se intenten reconstruir, ya no funcionan.

La directora presenta la película como un homenaje a la clase obrera que lucha diariamente para subsistir, y aporta su visión sobre la precariedad a través del personaje de Sara, interpretada por Greta Fernández. Una chica de 22 años que vive en los márgenes de la sociedad barcelonesa, en un piso tutelado por el Estado para madres solteras en riesgo de exclusión social. En medio de esa lucha constante por vivir sin abatirse tendrá que enfrentarse a su padre, interpretado por Eduard Fernández, que tras años de ausencia, sale de la cárcel y reaparece en su vida.

Filmin incluyó la película en su catálogo, encajando a la perfección con el cine de autor que tanto demanda la plataforma. La hija de un ladrón se colaba entre las conversaciones de los cinéfilos, sin pudor alguno, mientras se hacía un hueco en la escena nacional. La sublime interpretación de Greta Fernández fue sin duda de lo más comentado, una actuación que la catapultó a lo alto del pódium, consiguiendo la Concha de Plata a la mejor actriz en la 67ª edición del Festival de San Sebastián. Poco después la Academia de Cine otorgó el Goya a Belén Funes a mejor dirección novel 2020.

Neus Ollé, directora de fotografía, cámara en mano nos invita a seguir a Sara en su día a día. Con cierto aire documental y naturalista narra el presente de una historia que empieza mucho antes de lo que el espectador ve en la pantalla y que no termina una vez que se acaba la película. Un film cuya ausencia de escenas o diálogos explicativos apela al imaginario individual para entender por qué los personajes están condenados al desencuentro.

El rostro de Sara es la expresión de la soledad, su pelo mal teñido y sus profundas ojeras advierten la carga de una ardua existencia. Una mujer encadenada a trabajos precarios que compagina a duras penas con el cuidado de su bebé y su hermano pequeño. La indiferencia e impasividad de las instituciones ante los problemas de la protagonista ponen en el foco a las mujeres, vecinas y amigas que se ayudan y llegan donde las políticas no alcanzan. Sororidad y feminismo en estado puro.

El film retrata con humildad, cómo se heredan los mecanismos afectivos a través de una relación paternofilial tóxica y putrefacta.  Hay una escena en la que Sara le confiesa a su padre con la voz entrecortada: “siempre que estás ceca, yo creo que me muero, y yo no me puedo morir.” Entonces el padre, un ser emocionalmente nefasto, lejos del sentimentalismo se acomoda en el reproche, incapaz de asimilar aquella frase como una confesión y no como una bala.

Belén Funes crea un film intimista y sin adornos, que bebe del cine social europeo, con referencias claras a Ken Loach, Andrea Arnold y los hermanos Dardenne. Las conversaciones entre Eduard Fernández y Greta Fernández, padre e hija en la ficción y en la realidad, son punzantes y contundentes, cargadas de reproches e impotencia. La escena en la cafetería quizás sea de las más evidentes, cuando Eduard Fernández le recuerda a su hija: “uno no puede ser quién no es”. Entonces la precariedad aparece como una cadena perpetua y se presenta como un problema estructural que condena a la protagonista de por vida a ser irremediablemente la hija de un ladrón.

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