
Redacción: Angel Pallarés
Hay un pequeño conjunto de bandas que poseen la particularidad de haber acompañado a varias generaciones a lo largo de su vida. La que hoy nos ocupa es Metallica, uno de los 3 o 4 grupos de rock y trash metal más importantes del mundo junto a Megadeth, Slayer y Anthrax.
Metallica han tenido sus subidas y bajadas, lógico si pensamos que llevan en activo desde 1983. Lograron crear una legión de fans desde el principio con discos de la talla de Kill´Em All (1983), Ride the Lightning (1984), Master of Puppets (1986) y …And Justice for All (1988). El éxito conlleva, inevitablemente, estar en el punto de mira de todo el mundo y no faltó quien criticara tal o cual disco por un motivo u otro (no nos centraremos en esto ahora porque da para una tesis). Pero si hubo un punto de inflexión, fue con el popularísimo disco homónimo, más conocido como The Black Album (1991), que no gustó nada a los seguidores más “extremos”. El aclamado disco, del cual vendieron 500.000 copias en EEUU en la primera semana de su lanzamiento (¿recordáís cuando comprábamos discos?), les sirvió para llegar a un público más amplio gracias a una bajada de revoluciones.
A partir de ese momento, llegaron Load (1996) y Reload (1997), que consiguieron que más de uno -entre los que el que subscribe se incluye-, se bajara del carro. Corte de melena, cambio total de look, de logo y de sonido; su acercamiento al hard rock y otros estilos más “ligeros” no acababa de convencer. Más tarde lanzaron algún recopilatorio, un directo con la Orquesta Sinfónica de San Francisco, dirigida por Michael Kamen, a finales de los 90; St. Anger (2003, disco que duele por lo mal que suena), Death Magnetic (2008), que parecía querer volver a sus inicios pero no -incluso retomaron el antiguo logo-; y en 2011 sacaron un álbum conceptual junto a Lou Reed que tampoco acabó de agradar a los fans.
Con este bagaje, afrontar un nuevo disco de Metallica puede resultar más o menos difícil según la etapa en la que los de San Francisco fueran para el fan una banda referente, ya que las expectativas serán bien diferentes.
El pasado 2016, Metallica regresaban con Hardwired…To Self Destruct, y por fin parece que Hetfield y compañía han dado con la tecla adecuada. Casi.
Los norteamericanos han dotado a su último trabajo de un sonido potente y han sabido captar la esencia de casi todas las etapas de la banda. Abren el primer disco (sí, nos enfrentamos a un doble disco) con Hardwired y Atlas, Rise! -brutal ésta última-, y recuerda directamente a los Metallica de los 80, con unas composiciones del nivel al que nos acostumbraron. Otros cortes como Now that We´re Dead o Halo on Fire encajarían en el disco negro y Dream No More suena claramente a la etapa Load/Reload.
Si bien es cierto que Metallica nos han dado, por fin, un buen álbum, Hardwired… To Self Destruction tiene un gran pero, y es que ¿realmente era necesario editar un álbum doble? El primer disco es muy fluido y tiene capacidad suficiente para atrapar, pero es en el segundo cuando vienen los problemas. A temas como Confusion o Here Comes the Revenge le sobran un par de minutos y otros como ManUNkind o Am I Savege? podrían haber sido descartados sin problema.
De haber optado por lanzar un disco de 8 o 9 canciones, Metallica podrían haber ofrecido un disco redondo, adaptando lo mejor de sus etapas al momento actual. Pese a eso, con este Hardwired… To Self Destruct, Hetfield, Ulrich, Hammett y Trujillo han conseguido que más de uno que abandonó el barco en algún momento, vuelva a subirse. Como el que subscribe.