Crítica de 'A Fever Dream' de Everything Everything

23 agosto, 2017
Redaccíon: dod Magazine

Everything Everything – A Fever Dream

Redacción: Andrea Genovart

Era difícil. Pero tal y como había sucedido con las anteriores ocasiones, ésta no iba a ser una excepción. Con A Fever Dream, su cuarto LP publicado el pasado viernes 18 de agosto, Everything Everything ha vuelto a superarse. El recién lanzamiento de este grupo inglés supone la continuidad de esa evolución de la que ya éramos testigos en sus últimos años: su espacio blindado en la escena internacional se iba forjando a medida que ellos lo hacían con su vertiente electrónica. Y el resultado de ello ya lo podemos comprobar: con tan solo una primera escucha de su nueva publicación se evidencia cuál es el componente predominante de sus temas. Ya hace siete años de aquel Man Alive (2010) con el la banda se dio a conocer; no obstante, aunque esa melodía pop con que debutaron sigue existiendo, ésta ha ido diluyéndose cada vez más hasta dar con nuevo sonido que los encabeza como referentes de un indie que huye de convencionalismos y se acoge a la experimentación que ofrece su actualidad más moderna.

Atrás quedan esos sencillos más minimalistas de tempos lentos que situaban a Everything Everything bajo la etiqueta de indie rock. Lo que la banda formada por integrantes de pequeñas localidades británicas nos hacen llegar ahora es un sonido altamente sofisticado y producido, temas energéticos y bailables, envueltos con unos coros que nos hacen partícipes de unos ritmos in crescendo. Con una fotografía de cuerpos abrazados pero dispuestos de una forma mareante y que juega al despiste por portada, como cualquier noche de festival multitudinaria y desinhibida, A Fever Dream se inaugura con Night of the long knives. Se trata de una canción potente y vital que te absorbe desde el primer minuto y que, junto a Ivory Tower, es de las más festivas del LP. Le siguen pero de un modo más relajado Can’t Do y Desire, éste último de aires más rock y de voz algo rascada que no pueden no recordarnos a grupos con los que fueron emparejados en el pasado, como Editors o The Maccabees.

Sin embargo, no todo son de temas veloces y explosivos. No es un disco que puede colarse en el repertorio de terraza de playa en una noche de verano. Everything Everything no nos permite que les encasillemos, pese a que no escondan los nuevos matices que han decidido probar. Big Game es una de las piezas más disonantes con la línea general del disco, donde el grupo rebaja la tensión provocada en un compás lento que, maravillosamente, conducen a un cambio de registro instrumental donde la guitarra irrumpe con fuerza haciendo de la misma canción una experiencia catártica. Al lado de lo que puede parecer la balada del repertorio se encuentra, precisamente cerrándolo, White Whale y New Deep. Ésta última, quizá, se trate de la canción más modesta pero también la más frágilmente bella: poco más de dos minutos escuchando la intimidad del cantante y un piano. Los sintetizadores son el fuerte en las piezas de Put Me Together y Good Shoot, Good Soldier, que cobran una presencia singular entrando en diálogo casi de modo exclusivo con la voz de Jonathan Higgs, recreando una atmósfera que roza la psicodelia. Pero la guinda del pastel es, sin duda, el sencillo número ocho, que comparte título con el nombre del disco. Se trata de una composición de seis minutos de una música delicadamente progresiva, conseguida tan espectacularmente que te absorbe de un modo casi hipnótico, haciéndote perder toda noción del tiempo y estructura compositiva: A Fever Dream es una letra en bucle que va amoldandose a los distintos registros instrumentales del tema, lleno de pequeñas disonancias pero sucedidas de forma extraordinaria bajo una armonía global donde el protagonista es, sobretodo, el teclado.

El grupo nos ha vuelto a regalar once temas que hacen de su cuarto LP una obra caleidoscópica. Once temas heterogéneos pero que juegan a dosificar los tres denominadores recurrentes en toda la trayectoria de Everything Everything: electrónica, indie y rock. Y con A Fever Dream, su proyecto solamente puede obedecer a una premisa: sofisticación, presente en la variable de cada composición y en cada carta que deciden jugar. Que, sin duda, siempre son ases.


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