Crítica: David Bowie - Toy

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8 enero, 2022
Redacción: dod Magazine

David Bowie - Toy

Redacción: Fran González

Más allá de los intereses de las discográficas, siempre alerta a esas fechas señaladas y recurrentes, es de agradecer disponer de una excusa para acordarse del duque blanco. Ya sea por la celebración de su cumpleaños o por la conmemoración de su lamentada desaparición, pasar una hora a solas con una de las figuras más importantes que la música moderna nos ha dado es todo un regalo. El día antes de que David Bowie hubiese alcanzado los 75 años, Warner Music y Parlophone compartieron con todos nosotros a través de las plataformas de streaming el material íntegro que comprende Toy, ese disco inédito que Bowie grabó a principios de siglo y que no había logrado ver la luz hasta veinte años después. Desconocido por muchos y como si de una nota a pie de página en una carta de despedida se tratase, nos llega este trabajo que no se presenta tanto como una revelación póstuma cargada de relevancia y misterio (como si lo pudo haber sido Blackstar en su día), sino más bien como una visita a un viejo amigo, que siempre está presto y dispuesto a recibirnos de buen agrado.

Tras una gira que culminó en el año 2000, con una actuación antológica por parte del artista británico en el mítico enclave de Glastonbury, Bowie y su banda de directo (compuesta por Mark Plati, Sterling Campbell, Gail Ann Dorsey, Earl Slick, Mike Garson, Holly Palmer, y Emm Gryner) se pusieron manos a la obra con la grabación de un álbum que, por carestía de una tecnología apropiada que saciara los intereses de Bowie, acabaría perdido y denostado por los sellos discográficos tan pronto como éste acabara de editarse. La frustración no obnubiló al camaleónico artista, que tan pronto como su trabajo fue archivado y sepultado, la rueda no dejó de girar y comenzaría la grabación de su vigesimosegundo álbum de estudio, Heathen (Columbia Records, 2002). Sin embargo, podemos incluso percibir cómo la esencia de Toy quedó intrínsecamente adherida a ese posterior trabajo, pues no hay más que admirar ambas portadas para dilucidar un patrón artístico similar de cautivadoras y grotescas tonalidades lynchianas que no dejan indiferente a nadie.

Si bien no nos hallamos en una de las épocas más gloriosas del duque blanco (quizás aún tienen que pasar algunos años más para que la esencia del rock alternativo de principios de siglo cobre el reconocimiento que tal vez merezca), Bowie optó por rescatar muchas de las piezas que comprendieron sus años iniciáticos en la escena profesional (aquellos comprendidos entre 1964 y 1971 y donde muchas de las canciones aún se encuentran acreditadas bajo el nombre de Davie/Davy Jones). La forma en la que Bowie y sus músicos revivieron en el Sear Sound de Nueva York las diferentes vibraciones que esta época de su carrera encierra, logra generar en el álbum un abanico de peculiares contrastes. La modernidad de un incipiente siglo XXI abrazando el júbilo de una época en la que todo estaba por hacer, como apreciamos en los remakes de ‘You’ve Got a Habit of Leaving’ o de ‘Karma Man’ (los cuales hacen una justicia moderada a sus versiones originales, todo sea dicho). No perderemos nunca la sensación de estar degustando un cajón desastre de piezas descontextualizadas y alejadas de un hilo conductor de relevante calado, como bien podemos apreciar en esos arranques de pseudo-blues para ‘I Dig Everything’ o en esa enigmática ‘Silly Boy Blue’ de corte psicodélico, la cual acontece el paso a la única pista original que se incorporó en este álbum, la homónima ‘Toy (Your Turn To Drive)’, en la que las vibraciones 00s no pueden ser más latentes. Encontramos, eso sí, el punto álgido del disco en ‘Shadow Man’, una pieza rescatada de la época del Ziggy Stardust, y donde Bowie (junto a la deliciosa mano de Mike Garson sobre las teclas) muestras sus habilidades más croonísticas.

No nos engañemos, es muy probable que tengamos la desalentadora sensación de que Toy no nos aporte gran cosa (no olvidemos lo de la nota a pie de página). Sin embargo, el entusiasmo que parece invadir al duque blanco en las pistas que componen este álbum acaba convirtiéndose en una más que aceptable forma de rememorar la figura de un artista que se hallaba en un decisivo momento de su carrera, en el que trató de adaptar su discurso a las nuevas exigencias que la escena musical del momento planteaba. Y bien sabemos que él fue capaz de eso y de mucho más.

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