
No se puede decir, desde luego, que Charli XCX no haya intentado por todos los medios, habidos y por haber, pasar página dignamente de su laureada última etapa discográfica y superar con ello la imborrable huella de BRAT (2024) con un producto que re-enamore de nuevo y con mayúsculas a sus acólitos. Llevamos meses viendo a la británica sacando las big guns para demostrarle a los escépticos que ella es mucho más que la súper-estrella mediática o la caricatura de la industria que aquel disco trató de vendernos -ya lo sabíamos, pero por si acaso también ha querido recalcarlo recientemente con una autoparodia finísima titulada The Moment. De hecho, todo en Music, Fashion, Film (2026) parece sentirse como una tenaz constatación de la valía de su responsable, como si cada uno de sus cortes portase sobre los hombros la necesidad de travestirse de declaración de intenciones ("All this pain makes me believe I'm a better artist now", canta en la intensita I'm Afraid).
Con la guitarra en ristre, echaremos en falta en este egotrip ruidoso algo de aquel pretérito hedonismo y mamarracheo, pero a cambio Charli nos ofrece la materialización definitiva de una de sus aspiraciones más arcanas y personales: hacer un disco a la Lou Reed, sin perder, por supuesto, su distintiva rúbrica. Es importante recalcar este matiz, ya que quizás después de aquel primer adelanto ("So now we're making rock music"), convertido casi en el manifiesto oficial de su nueva etapa, muchos oyentes con el criterio bajo llave puede que esperen lo que no es. Con ese disclaimer por delante, acontecemos a una meritoria expansión del universo de Charli, que puntualmente nos recordará a su semi-innombrable Sucker (2015) o a lo que pasaría si el indie-rock de los dosmil pasara por el deformante filtro de A.G. Cook.
Es tan significativa la impronta del productor que hasta la cantante le entrega en mano una de sus diatribas más sinceras en Magic Metal Montana, probablemente la pieza más electrónica del repertorio y un rarísimo ejercicio de humildad en el registro de una artista de tan alto calibre como Charli ("You're my best friend, but we don't talk / We make music, we talk that way"). Pero por supuesto, antes de llegar a este corte, el penúltimo del elepé, la dupla nos hará partícipes de numerosas muestras de esa conexión y del reto que ha supuesto para ambos trasladar su lenguaje a un inédito lo-fi rugoso y áspero, tan presto al estribillo juguetón sobre caja de ritmos (SS26) como al punteo luminoso y con nervio (Camera).
Se le ha tachado de ser, por oposición a BRAT, un disco menos inmediato y melódico, y sin embargo, son varios los ejemplos en Music, Fashion, Film que desmienten categóricamente esto y que nos invitarán en lo sucesivo a regresar para ratificar nuestras primeras impresiones. Mucha golosina desprolija de apenas 2-3 minutos, de producción deliberadamente distorsionada y descuidada, que si bien no encaja con los imperantes cánones de la pulcritud pop, termina por convencernos de que esa imperfección no solo tiene sentido, sino que resulta indispensable para entender la filosofía del momento. La tradición de mostrarnos sus costuras y sentimientos hasta el tuétano regresa en 2007, ligeramente emparentada por nostalgia y evocación idealizada con su exitosa 1999 ("I can take you to heaven like it's 2007"), además de ofrecernos, poco antes, una afilada lectura de algo tan vigente como es el consumo como construcción del yo ("I'll buy some perfume, a Mah Jong sofa / A new apartment, Jaeger Lecoultre / A whole new life, card declined").
Un perfecto equilibrio entre el yo y el nosotros ("I'm a wife, I'm a kid / I'm destroyed, I'm a bitch") que, una vez más, sabe cómo tomárle la temperatura a sus contemporáneos. No en vano así, Charli sentó las bases de este nuevo capítulo con la determinante frase "I think the dancefloor is dead", como señal inequívoca de lo representativa de su tiempo que iba a ser su propuesta. Los fenómenos duran semanas y la obsolescencia nos devora ("I wasn't thinking about art as endurance", escuchamos al insigne David Cronenberg capitulando, pertinentemente, el álbum). Dos años después de aquel brat summer, Charli parece haber aprendido mucho mejor que sus propios seguidores a sobrevivir al momento, y nos ofrece ahora su obra más compleja, vulnerable y autoconsciente, liberada de la responsabilidad de equiparar el impacto cultural de su predecesor, y ávida por capturar como solo ella sabe el signo de su época.