Crítica: Bon Iver - i,i

20 agosto, 2019
Redaccíon: dod Magazine

Crítica: Bon Iver - i,i (2019)

Redacción: Miguel Vico

El imaginativo Justin Vernon regresa con su cuarto trabajo de estudio para el proyecto Bon Iver. Sin grandes sorpresas, nos encontramos ante un álbum que depura el sonido de su elepé anterior, un trabajo que le definió como uno de los artistas más imaginativos del momento. Con el críptico nombre de i,i, éste álbum es una obra que certifica el trabajo que lleva desarrollando desde 22, A Million.

El álbum comienza con un tema introductorio, Yi, un reflejo más de la innumerable cantidad de detalles y mensajes que el artista puede esconder en su obra. Para deleite de sus seguidores, nombres de temas como Sh’diah, Naeem o iMi se convierten en auténticos misterios a investigar para el que quiera descifrar la profundidad estética de Justin Vernon.

Hey, Ma (lanzado como sencillo del álbum) es una dulce canción de amor hacia su madre. Un tema profundo y cariñoso que emociona con facilidad. Éste aúna un estribillo delicado y carismático para poder definirse como uno de los mejores temas del álbum. Música acompañada habitualmente de un importante trabajo visual y artístico, esta canción se disfruta todavía más en compañía de un precioso videoclip con cintas caseras que muestran vivencias de infancia del artista con su familia.

Bon Iver recoge el gran éxito de su pasado álbum y recicla lo bueno para intentar repetir una fórmula que le ha dispuesto como un artista de culto. Sin grandes artificios, como en temas de su álbum anterior (de ejemplo sirva 29 #Strafford APTS), sí escuchamos en sus temas las características trompetas, los agudos vocales y sus suaves sonidos electrónicos. Salem es otra de esas canciones que expresan el carácter afectivo y casi “romántico-cinematográfico” del artista. Por otro lado, Jelmore es probablemente una de las canciones más particulares del proyecto, una canción con una base que bien se podría decir que está producida por el reconocido músico de electrónica Flume.

Aunque existen numerosos detalles excepcionales, no se puede hablar de un álbum innovador. Es difícil hablar en estos términos cuando tratamos de un proyecto de corte experimental y en general tan imaginativo. Sin embargo, buena parte del álbum da la sensación de tratarse de la segunda parte de 22, A Million. Es generalmente difícil proseguir después de un proyecto tan exitoso y, evidentemente, ha condicionado sobremanera el desarrollo de su estilo musical. Aun así, lejos de hablar de atrevimiento, éste álbum consigue transmitir la comodidad de un artista que ha encontrado un estilo y sonido que disfruta.

Un sonido muy particular y especial, un estilo que lleva a imprimir un sello de calidad en muchos temas que en manos de otros probablemente habrían pasado como simples piezas musicales. Ejemplo de ello es Naeem, con una base de dos acordes de piano por compás y una sencilla percusión, la voz y el espíritu, así como los sonidos que aparecen y que se entrelazan con el resto de elementos del tema, componen una canción que ensalza los sentimientos más sensibles y abstractos del ser humano.

Insistiendo en ello, i,i es puro folk atravesado hecho para cintas cinematográficas. Marion, por ejemplo, comienza como una sencilla canción a guitarra ideal para un momento sentimental. Repentinamente la dirección de la canción cambia a través del atrevimiento vocal del artista y convierte la pieza en algo más elaborado. Es entonces cuando crees que ya no encajaría tanto en una película. Sin embargo, después aparecen los instrumentos de viento y vuelves a pensar “quizás si es ideal para una película”. Un pensamiento que ha rondado mi cabeza durante toda la extensión del álbum.

We es otra de las canciones más curiosas del proyecto. Un tema que se aleja de ese espíritu delicado y que comienza con una sensación de inquietud e incluso algo tenebrosa. A la mitad de la canción, el sonido tan oscuro intenta dejar paso a una calma tensa. Con una voz que procura tranquilizar al que sabe que no hay vuelta atrás, rápidamente termina la canción para devolver la dirección del álbum a su normalidad. Un tema que resalta por parecer que no pertenece a la misma obra, una tensión disonante que, en el fondo, permanece simplemente como curiosidad.

Merece la pena también hacer referencia a Holyfields,. Un verso destaca por encima del resto: “So you wanna leave a mark?”. Una pregunta que incide en cada uno de nosotros, se desentiende por completo del mensaje del músico y nos hace reflexionar sobre qué significa dejar huella, la profesión artística y el valor de producciones como ésta. Con violines sonando que tensan de manera áspera la reflexión, no cabe duda de estar ante otra gran obra.

El resumen es claro: Bon Iver no sorprende, pero sigue maravillando. Único y sin concesiones, su nuevo álbum es un disfrute para todos los que escucharon con gusto 22, A Million. Sin grandes atrevimientos y repitiendo buena parte de su fórmula, el americano continua entrando en la parte más profunda de nuestros sentimientos y reflexiones. Destino de un álbum que proviene de manera simétrica de lo más hondo de su artista.

 

 

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