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Crítica: Beirut - Hadsel

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Beirut - Hadsel (2023)

Son muchos los discos que comienzan con un viaje; cancioneros que dedican sus versos y piezas al lugar que les recibe, a las gentes que protagonizan sus días, y a las experiencias imborrables que quedan enmarcadas en ellos. No es, por tanto, un concepto nuevo ni algo extremadamente revolucionario que Zach Condon (alma máter de Beirut) nos venda ahora su nuevo trabajo como una gélida expedición a las profundidades de la recóndita Hadsel, un municipio noruego de reducida población y escasas horas de luz solar que se convirtió en el refugio del cantante de Nuevo México en el momento en el que artística y personalmente más lo necesitaba. Pero lo que diferencia este Hadsel (2023) de otras bitácoras musicales es que su confección y compromiso han supuesto el regreso de su responsable al plano compositivo y profesional después de que en 2019 éste tuviera que enfrentarse a la terrible disolución de su última gira por cuestiones de salud (los asistentes a su concierto de Madrid bien lo recordarán), cancelando así sus planes a largo plazo y desapareciendo durante un prolongado periodo de tiempo.

Solo por ello, Hadsel ya se antoja como un pasaje de lo más emocionante en la carrera del norteamericano; un abrazo de optimismo que le ofrece la posibilidad de regresar a la vida, al contacto con las diferentes puertas que ésta abre y a las posibilidades que trae consigo (So Many Plans). Pero por supuesto, nadie vuelve de igual forma tras un periplo de estas magnitudes y por ello Condon nos ofrece ahora el que tal vez sea el trabajo más individualista de su reciente carrera –de hecho, tenemos que trasladarnos hasta su primer LP para volver a atestiguar el precedente de un disco enteramente compuesto y producido por él mismo. Consciente de lo duro que habría sido para él volver a defraudar a una turné de músicos tras los pertinaces efectos y achaques de su salud, decidió liarse la manta a la cabeza y hacerse cargo de todos y cada uno de los instrumentos que apreciamos en el disco, delegando más que nunca en sus propias facultades y recuperando un recurrente recurso de su pretérito registro como es el sintetizador y las cajas de ritmo (un tanto olvidadas en su anterior trabajo y que tan buenos resultados le dieron en la accesibilidad pop que nos ofreció con No No No).

Las comodidades y bondades del cableado nos permiten ahora atestiguar capítulos casi interestelares e inmersivos, prácticamente insólitos en su hacer (Spillhaugen) y que abren un nuevo abanico de posibilidades técnicas, conjugándose con las más reconocidas del artista (Stokmarknes). Aun así, donde vemos al multi-instrumentista haciéndose fuerte y recordándonos al Beirut de las grandes gestas es precisamente cuando tiene a bien desplegar todos los colores de su paleta más sobrecogedora, no escatimando en emoción instrumental y haciéndonos viajar con el poder de sus progresivos vientos y celestiales tonos (Hadsel). Porque si algo no ha conseguido detener ni el tiempo ni la afección es la capacidad relatora de este genio para contar historias, incluso en el disco en el que objetivamente menos le escuchamos cantar –abriéndonos a la idiosincrasia propia del lugar que le acogió en las buenas y en las malas (con January 18th, como fecha en la que por primera vez vio el sol después de varios meses de oscuridad o Island Life como sincero homenaje a los vínculos que conformaron su estancia en Noruega, inmortalizados a golpe de órgano). Como bien nos contó el propio Condon, nadie, ni siquiera él mismo, puede atreverse ahora a poner una fecha formal a su regreso formal a los escenarios; pero la perdurabilidad de la belleza inmaculada de su música en formato estudio sí estará garantizada gracias a un talento que no se apagará por ninguna desgracia ni penalidad.

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