Crítica: Basement - WIRED

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Basement - WIRED (2026)

Basement estaban considerando la posibilidad de dejarlo todo justo cuando el mundo empezaba a descubrirlos. Un chiste paradójico y cruel, emitido por el algoritmo de turno, sin embargo, pondría patas arriba la decisión  de sus miembros y cambiaría visceralmente la dirección de sus decisiones: mientras el quinteto de Ipswich atravesaba ocho años sin publicar un álbum y se preguntaba si aquello seguía teniendo algún sentido, Covet, una extraviada canción de Colourmeinkindness (2012), se convertía en fenómeno viral una docena de años después de haber sido escrita. Una generación nueva llegaba a la banda por TikTok mientras sus propios miembros, recluidos durante la pandemia en ese limbo de extrañamiento y disociación que dejó el mundo patas arriba, habían empezado a preguntarse si no sería mejor echar el cierre. Alex Henery llegó a planteárselo seriamente, mientras que Andrew Fisher se negaba a aceptar el epitafio. Y de aquellos barros estos lodos. Una contradicción que nos regalaba a mediados de esta primavera WIRED (Run For Cover, 2026), su quinto álbum y, en cierto modo, una exitosa segunda venida que nadie esperaba.

El regreso a Run For Cover, el sello que acompañó su formidable primera etapa, parece ser, además de una efectiva maniobra sentimentalismo arqueológico, el detonante para que el proyecto llegara a buen puerto. Basement ya tuvieron su momento de expansión con Fueled By Ramen y Beside Myself (2018), un disco que llevó hasta sus últimas consecuencias aquella vocación de hacer más grande y asequible su mezcla de emo, grunge y post-hardcore. El problema es que durante aquel proceso algo se había desdibujado en el ADN de los británicos. Fuera lo que fuera, WIRED recupera todo lo que estaba bien en la formación tiempo, empujando a sus respectivos miembros a crear sin pedir permiso, sin someter cada riff a una supuesta ortodoxia genérica y, sobre todo, sin la obligación de demostrarle nada a nadie.

Pero lejos de que ello suponga una falta de ambición por sus partes, y para deshacer ese fatídico nudo, el grupo contó con la mano aventajada de John Congleton (St. Vincent, Angel Olsen, Sharon Van Etten, Death Cab for Cutie), una elección tan sensata como poco obvia que ha conseguido sacarle lustre a todas y cada una de las partes involucradas. El bajo de Duncan Stewart adquiere músculo y autonomía, Fisher utiliza la batería como propulsor para cada pista, incluso las más lentas, y Henery y Ronan Crix encuentran espacio para alternar riffs abrasivos, melodías luminosas, guitarras suspendidas y texturas casi shoegaze.

Time Waster entra a degüello, tirando de batería nerviosa, guitarras que crujen y con un Fisher que recupera esa mezcla tan suya de melodía y exabrupto; la homónima WIRED, tan urgente como febril, convierte ese verso principal (“Wired for anger / wired for deceit”) en una suerte de autopsia del comportamiento humano; Deadweight vuelve a embarrarse en el grunge, con guitarras de languidez casi nirvanesca y Fisher cantando más desde las cenizas que desde el propio incendio; y Pick Up The Pieces, probablemente el momento más rotundo del disco, que con tan solo dos minutos y cincuenta y nueve segundos de batería desatada, guitarras afiladas y un estribillo concebido para ser vociferado en una sala sudorosa (“Compromise is suicide / We must create or die”) parece sentenciar la razón de ser del compacto.

La verdadera metamorfosis, sin embargo, sucede cuando Basement aflojan el puño. Broken By Design abandona la refriega y encuentra una vulnerabilidad que en los primeros discos de Fisher habría parecido casi obscena, hablándonos de entregar cuanto tieenes a una relación condenada al fracaso y descubrir, cuando todo termina, que incluso aquello que dolió dejó alguna enseñanza. Embrace y Satisfy recuperan el fantasma más melancólico de Colourmeinkindness, entre shoegaze y emo crepuscular, mientras Head Alight se interna en terrenos (reverberaciones prolongadas, guitarras casi dub, una cadencia muy indie-rock) que hace años habrían parecido impropios para la banda.

Todo lo que añaden al plato conviene, tanto lo que inesperado como lo que sabe a viejo. Conviven el fuzz, la inmediatez del punk, los grandes estribillos que siempre han sabido fabricar y unas guitarras que se permiten respirar, ensuciarse y transitar por géneros nuevos. Rabia y vulnerabilidad, combinadas en un ejercicio de estilo que, después de casi una década de silencio y alguna que otra duda existencial, ha vuelto a recordar cómo desenvolverse. Si este es el nuevo camino que Basement han decidido tomar, cuesta encontrar demasiados motivos para pedirles que cambien de dirección. Solo queda esperar que esta vez no necesiten otros ocho años para volver a enseñarnos hacia dónde conduce.

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