Crítica: Barn - Neil Young & Crazy Horse

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29 diciembre, 2021
Redacción: dod Magazine

Barn - Neil Young & Crazy Horse

Redacción: Marcos Molinero

Hace tres lustros vivía a veinte minutos del Parque Natural de Sant Llorenç del Munt i l'Obac y cada domingo hacía senderismo por sus caminos. Aunque cinco años dan para mucho y llegué a conocerme el terreno como la palma de mi mano, siempre había algo en el camino que te sorprendía, dependiendo del clima o de la época del año. También descubrías flora y fauna nueva en cada visita y sobretodo, dependía también de ti, de tu estado de ánimo y de lo atento que estuvieras. Pues ese mismo sentimiento de andar por un sendero conocido, pero que te aporta cosas nuevas, es lo que me da el nuevo trabajo de Neil Young de nuevo junto a Crazy Horse.

Aunque pueda ser tachado de hereje, diré con orgullo que tras llevar décadas como fan del canadiense y respetar y disfrutar mucho de sus discos clásicos, mi preferido es Ragged Glory, seguido muy de cerca por el grandioso Psychedelic Pill. Ese disco me cambió la vida y está por encima en mis preferencias de esos Harvest, Rust Never Sleeps o After The Gold Rush, que los más viejos del lugar veneran. Personalmente creo que su época de esplendor creativo va desde Freedom hasta Broken Arrow, pero debo reconocer que salvo unos años confusos en los ochenta, los discos de Neil son sinónimo de notable y sobresaliente, por lo que es lícito que cada uno escoja sus preferidos en relación a sus vivencias personales asociadas a esa música. 

Y en este punto llega Barn con Neil uniendo fuerzas con Billy Talbot, Ralph Molina y Nils Lofgren, justo dos años después del brillante "Colorado", el cuadragésimo primer álbum del canadiense que fue grabado el pasado junio en un granero reconstruido en las montañas de Colorado. De ahí su conexión con la naturaleza anterior y ese aire reposado, esa sensación de volver al pasado, ese estado de regresión emocional.

El de Ontario nunca se ha preocupado tanto por la interpretación como por capturar el sentimiento de una canción en pocas tomas. Y este disco es rico en eso, en la magia de la frescura, en la sensación de unos músicos que disfrutan tocando juntos. Quizás algunos, y en eso me incluyo, esperaban más distorsión, más galopadas del caballo loco, pero en este caso Neil ofrece un disco equilibrado entre sosiego y ruido.

Abrir con Song Of The Seasons, que tiene su esqueleto en la armónica de Young y el acordeón de Lofgren, ya descoloca. Tras ese bello inicio descubres que Neil sigue preocupado por el cambio climático y enfadado con una humanidad indiferente ante el mundo que le va a dejar  a los jóvenes. Siempre hubo gente, estúpida y necia, que nunca conectó con la manera de cantar de Neil o de Dylan, pero yo solo puedo amarla, pues me emociona, y los coros que le hacen a Young en este disco son de esos que te llegan al alma. Heading West camina por ese sendero que todos conocemos y que nos alegra el día por muy jodido que haya sido tu jornada. Caminar por un polígono industrial vacío y helado camino de la fábrica para empezar tu día de trabajo es algo más llevadero con las crujientes guitarras y la melodía de esta canción de fondo. Tras esa subida de la adrenalina, los chicos juegan contigo y se divierten emulando a The Band con la saltarina Change Ain't Never Gonna y ese estribillo que sacia tu espíritu.

Canerican es adictiva, una hostia en toda la cara a todos aquellos de ambos lados que han osado atacar al cantautor. Una canción que suena fresca a pesar de repetir todos los patrones típicos de Neil Young cuando se junta con los Crazy Horse. Y vuelve la calma tras la tempestad de decibelios con otro corte clásico que deambula entre lo acústico y lo eléctrico, la música de raíces sigue vigente y canciones así vuelven a demostrar de lo valiosos que fueron The Band. They Might Be Lost podría ser un descarte de Sleeps With Angels. otra joya del canadiense poco valorada. Human Race es rabia, furia y cólera, con la banda desbarrando, llenando de riffs, y solos ensordecedores una canción que pesa a casi llegar a los cinco minutos se hace corta. El piano guía a todos en Tumblin' Thru The Years con una calma chicha enorme, con una calidad que hace quedar en ridículo al 90% de los discos de rock de este año. Welcome Back deambula sobre el filo de una navaja y te mantiene en vilo durante todo el minutaje se puede ser afilado y bello. El cierre con la reposada y hermosa Don't Forget Love te llena los ojos de lágrimas, al menos los míos.

Diez canciones y cuarenta y tres minutos que harán tu vida mejor en otro gran disco del de Ontario. Dios bendiga a Neil Young y a los Crazy Horse.

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