
Cuando el fenómeno todavía era café para muy cafeteros, las llamadas backrooms se limitaban a ser poco más que fotografías borrosas o vídeos de escasos minutos que a uno le costaba sacarse de la cabeza. Un pasillo amarillento, una moqueta infinita, fluorescentes zumbando sobre nuestras cabezas y la sensación de estar transitando un lugar que conocíamos sin haber estado allí nunca. No había historia como tal, ni personajes al uso y mucho menos respuestas. Solo una imagen y muchas preguntas. La más recurrente ahora, tras el estreno del nuevo banger de A24 es, tal vez, cómo alguien ha sido capaz de trasladar este furor intangible al formato cinematográfico sin desvirtuar su esencia ni quedarse a medio gas.
Quizás es cosa de su generación (Kane Parsons tiene tan solo veinte años) o del lugar del que su imaginario emana (las catacumbas del Internet más roto), pero si algo ha conseguido el jovencísimo cineasta con Backrooms (2026) es proteger ante todo el misterio por encima de la convención, y eso ya, como mínimo, se merece que nos detengamos y le prestemos atención a la propuesta -ni que sea solo por su meritoria facultad para romper el formalismo desde dentro.
Durante buena parte del metraje asistimos a un despliegue visual e hipnótico donde, de forma subjetiva, sentiremos que verdaderamente estamos acompañando a los protagonistas por esos lugares tan asépticos y desasosegantes. Los espacios liminales, junto a los efectos diseñados por el propio Parsons, se convierten en la verdadera atracción del producto, como debe ser -y eso que el reparto, compuesto por caras tan conocidas como las de Chiwetel Ejiofor, Renate Reinsve, Mark Duplass, tiene a priori todas las papeletas para trascender más. La estética, sin embargo, los devora. El envoltorio es tan extraordinario que los personajes terminan por ser un mero apósito intercambiable y de sazón superficial con el que poco o nada podremos conectar.
Hay, aun así, puntuales pinceladas narrativas para legitimar el experimento y que la cosa no se quede solo en un ingenioso vídeo de YouTube de más de cien minutos -por suerte para todos, esto no es 'Skinamarink'. Clark (Ejiofor) nos habla de una ex-mujer y de un negocio de muebles ruinoso; Mary (Reinsve), su terapeuta, tiene flashazos de una infancia difícil; y Duplass le pone la guinda al enigma capitaneando un ejército de científicos que llegaron antes que ellos a la backroom de marras y parecen, definitivamente, conocer mucho más sobre esta. Con honestidad, ninguno de sus respectivos arcos va a ninguna parte -la película deja claro que no están aquí para interesarnos (¿un desperdicio de elenco?), sino para ser simplemente entregados como ofrenda a los caprichos asfixiantes de una realidad paralela vertebrada por escaleras que cruzan el vacío, pasillos laberínticos poco aptos para claustrofóbicos, árboles de navidad, ropa y sillas apiladas y figuras antropomórficas reconocibles pero defectuosas.
Si hace una década el found footage parecía ser el último grito en el cine de género hasta que el formato (por cansina explotación) terminó devorándose a sí mismo, hoy es el turno para que nombres nacidos al candor de la triple uve doble como el aquí presente, los Philippou ('Háblame', 'Devuélvemela') o Chris Stuckmann ('Shelby Oaks') reclamen su porción de trono y nos demuestren que estamos presenciando el nacimiento de una nueva corriente cinematográfica y no una simple moda rentable más. Con un presupuesto inferior a los diez millones de dólares y el respaldo fascinado de productores como James Wan, Shawn Levy y Osgood Perkins, Backrooms es un excelente ejercicio sobre cómo pasar de puntillas por los cánones del blockbuster y por la abusiva sobre-explicación para poner rápidamente el foco en lo que el espectador verdaderamente demanda: atravesar el extraño portal y dejarse llevar por esos escenarios incómodos y pesadillescos de geometría imposible y arquitectura inextricable que hicieron reconocido a Parsons en la red. Y está bien que así sea. Pese a su bisoñez, el debutante británico nos recuerda con su película lo bonito que es que todavía haya ideas tan poderosas que no necesitan ser explicadas ni justificadas.