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Crítica: Arlo Parks - My Soft Machine

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Arlo Parks - My Soft Machine

Superar los estándares asentados por un debut técnicamente perfecto y aclamado con galardones propios podría suponer una reticencia o un freno para cualquier mortal, quien abrumado por su propia expectativa, se vería incapaz de formalizar un regreso mínimamente a la altura de lo esperado. No es el caso de Arlo Parks, quien con toda la sangre fría del mundo, ha decidido plantar sobre la mesa un segundo álbum de estudio tan competente como su primer trabajo, y con el que no solo nos demuestra que el éxito de Collapsed In Sunbeams (Transgressive, 2021) no fue casual, sino que también nos permite verla, desde el descaro y la simpática inconsciencia, atreverse a maridar su estilo con nuevas fórmulas de sonido que terminan siendo todo un éxito.

La británica podrá pecar de muchas cosas pero no de conformista, y My Soft Machine (Transgressive, 2023) es la prueba de ello. Tras un primer álbum insular, íntimo, catártico y privado, y luego de haber vivido dos intensos años de crecimiento profesional ininterrumpido en los que ha logrado poner su nombre en el mapa, Parks rompe con las cuatro paredes de su claustrofóbico dormitorio y extiende sus creativos hilos hacia insólitos terrenos que también parece dominar con acierto. Su dulzura tonal, sumada a una recurrente línea narrativa en la que se suceden diversas reflexiones sobre la desbordante realidad que supone transitar por la ansiedad y las inseguridades que vienen adheridas de fábrica a los 20, nos sirve como cordón conductor para no perdernos dentro del expansivo universo que Parks nos presenta ahora, donde ni corta ni perezosa parece dispuesta a atreverse con todo. Desde el rock americano más noventero y oscuro (Devotion), hasta una mesmerizante psicodelia melancólica que perfectamente podrían haber firmado Khruangbin en un día de bajón (Purple Phase), Parks no escatima en recursos para cerciorarnos de que su nueva vida en Los Ángeles tiene tanto peso en lo personal como en lo profesional.

Más bandazos, en el mejor sentido de la expresión, se van sucediendo a medida que alternamos entre singles que ya fueron éxitos durante las semanas previas al lanzamiento del disco y otras perlas encontradas entre sus nuevas entregas. El funky romanticón y cariñoso de Blades nos empuja a bailar al ritmo de sus peroratas de corazón roto como nunca antes nos lo había propuesto; un garageo rockero y juguetón al estilo Hinds nos seduce inesperadamente en Dog Rose; la constatación de su auto-aceptación como emblema en Impurities nos engancha a la primera; y la deliciosa forma de deslizar sus tragedias emocionales entre líneas de soul en clave baja parece del todo intacta en temas como I’m Sorry o Puppy, donde comprobamos con agrado que la puerta a su mundo más personal sigue abierta para nosotros.

De nuevo, queda más que patente que en My Soft Machine Parks huye de cualquier plano horizontal y monótono, y eleva su ya de por sí celebrado registro a nuevas y aguerridas cuotas inventivas, revelando entre sus respectivos cortes una renovada confianza en sí misma que no podemos más que celebrar.

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