
Redacción: Juan Jose Quijano
Hablar de la historia del cómic en España también significa hablar de censura. Durante buena parte del siglo XX, especialmente durante la dictadura franquista (1939-1975), las historietas estuvieron sometidas a un fuerte control político, moral y religioso. Aunque hoy pueda parecer extraño que una viñeta pudiera considerarse peligrosa, el régimen entendió pronto que los tebeos tenían una enorme capacidad para influir en niños y jóvenes.
Por eso, personajes aparentemente inocentes, escenas humorísticas e incluso determinados peinados podían convertirse en objeto de censura. La política ha cambiado, pero la influencia del cómic y el uso del humor, en muchas ocasiones, han seguido cuestionando figuras ilustres y tótems sociales y, aún en democracia, el noveno arte sigue siendo un motor de cambio sujeto a nuevas censuras editoriales o judiciales.
La censura sobre las historietas comenzó durante la Guerra Civil y se consolidó después de la victoria franquista. La primera gran norma fue la Ley de Prensa de 1938, que permitió al régimen controlar las publicaciones. Además, la escasez de papel se convirtió en otra herramienta de control: las autoridades podían decidir qué publicaciones recibían papel subvencionado y cuáles debían comprarlo a un precio mucho mayor.
Durante los primeros años, el control de los cómics no fue siempre tan intenso como posteriormente. Sin embargo, a partir de 1952 las autoridades empezaron a considerar que los tebeos podían ser especialmente peligrosos para los menores. Ese año se creó la Junta Asesora de la Prensa Infantil, encargada de establecer normas sobre los contenidos que podían aparecer en estas publicaciones. En 1955 se estableció además un sistema de autorización previa para las publicaciones infantiles y juveniles.
La censura no se limitaba a cuestiones políticas. La moral católica tuvo una enorme importancia. Se perseguían especialmente la sexualidad, la violencia, determinadas representaciones de la mujer y cualquier elemento que pudiera considerarse contrario a la religión o a la familia tradicional.
Uno de los ejemplos más llamativos fue la modificación de personajes de cómic humorístico. Al personaje de Hermenegilda, creado por Vázquez, se le llegó a exigir que eliminara su moño porque los censores lo consideraban erótico. También se modificaron las trenzas de Palomita, personaje de Jorge, por razones similares. Son ejemplos que muestran hasta qué punto podía llegar la intervención de los censores.

Otro ejemplo especialmente curioso afecta a Francisco Ibáñez y su obra La Familia Trapisonda. La serie presentaba inicialmente una familia formada por padres e hijo, pero los censores consideraron inadecuadas las continuas discusiones entre los esposos y la falta de respeto hacia los padres.
La solución fue absurda, pero reveladora: los personajes que originalmente eran marido y mujer pasaron a ser hermanos, mientras que el hijo pasó a convertirse en sobrino. De esta forma, la censura intentaba evitar que el cómic presentara una imagen considerada negativa de la familia.
Este tipo de intervenciones demuestra que la censura no solamente prohibía obras completas. En muchas ocasiones modificaba palabras, dibujos, personajes o situaciones concretas. El resultado podía ser una historia completamente diferente de la que había imaginado su autor.

Incluso los cómics extranjeros tuvieron problemas. Durante los años cuarenta, los superhéroes estadounidenses fueron vistos con desconfianza. El caso de Superman es especialmente conocido: llegó a publicarse en España con el nombre de «Ciclón» en un intento de evitar los problemas que provocaba su origen estadounidense y su carácter extraordinario. Batman también apareció como «Alas de Acero».
La razón no era únicamente política. Las autoridades y determinados sectores religiosos consideraban problemático que estos personajes poseyeran poderes que podían parecer casi divinos. El control llegó al punto de que durante varios años la publicación de superhéroes estuvo muy limitada.
La Ley de Prensa e Imprenta de 1966, asociada a Manuel Fraga, suele considerarse un cambio importante en el sistema de censura franquista. Para determinadas publicaciones supuso una reducción de la censura previa. Sin embargo, en el caso de los cómics infantiles y juveniles ocurrió algo diferente.
Las historietas quedaron sometidas a un régimen específico que se desarrolló en 1967. Mientras el control sobre otras publicaciones comenzaba a relajarse, los tebeos continuaban sometidos a numerosas restricciones.
La censura podía afectar a la violencia, el sexo, la religión, la política o incluso la manera en que se representaban las relaciones familiares. Una de las víctimas fue 13 Rue del Percebe, también de Ibáñez: el famoso científico que intentaba crear vida fue censurado porque, según el criterio religioso de la época, «solo Dios podía crear vida».

Con la muerte de Franco en 1975 comenzó una transformación profunda. La relajación de la censura permitió que aparecieran nuevas publicaciones mucho más provocadoras. El cómic dejó de ser visto exclusivamente como entretenimiento infantil y comenzó a utilizarse para hablar de sexo, drogas, política, marginalidad, homosexualidad y crítica social.
Uno de los ejemplos fundamentales fue la revista El Rrollo Enmascarado, aparecida en Barcelona en 1973 dentro del movimiento del cómic underground, que sufrió la censura inmediata por parte del Estado franquista, que pidió penas de cárcel de seis meses para los autores. Algunas de estas publicaciones tuvieron que realizarse de manera clandestina debido a la censura. Poco después, en 1979, apareció El Víbora, que se convirtió en una de las revistas más importantes del llamado boom del cómic adulto español.
Dentro de este movimiento destacó Nazario y su personaje Anarcoma, un detective travesti que recorría una Barcelona marginal y sexualmente explícita. El cómic rompía con muchas de las normas morales que habían dominado durante el franquismo. Aunque su publicación en España coincidió con una etapa de mayor libertad, la obra siguió encontrando problemas en otros países: algunas ediciones extranjeras llegaron a venderse plastificadas y en sex-shops, y en Alemania se acompañó de advertencias relacionadas con su supuesto carácter perjudicial para la juventud.
Todas estas publicaciones pudieron publicarse, pero bajo la rúbrica especial de SOLO PARA ADULTOS durante la Transición, una medida intermedia que trataba de facilitar las publicaciones, pero bajo un sello para identificar aquellas demasiado underground o sexuales, algo que sufrieron también cómics internacionales como RanXerox.
Otro personaje fundamental fue Makoki, creado por Felipe Borrayo y desarrollado gráficamente por Miguel Gallardo y otros autores. El universo de Makoki representaba una Barcelona marginal, llena de delincuentes, yonquis y personajes antisistema.
La revista Makoki formó parte de la llamada «línea chunga», caracterizada por un humor grotesco, directo e irreverente. La Iglesia, el Ejército y otras instituciones podían convertirse en objeto de burla.
Precisamente por ese espíritu provocador, estos cómics representaban lo contrario de la historieta controlada durante el franquismo. Si anteriormente los autores tenían que evitar determinadas ideas para conseguir publicar, ahora podían convertir la provocación en una parte esencial de su obra. Consiguió burlar todo tipo de censura y supuso la apertura a un nuevo tipo de historias que abarcarían viñetas como las de Makinavaja o Historias de la puta mili.
La desaparición de la censura oficial no significó que todos los problemas desaparecieran. En 1990, la Editorial Makoki publicó en España Hitler=SS, una obra del dibujante francés Vuillemin y el guionista Gourio que utilizaba el humor negro y la sátira para representar el nazismo y el Holocausto.
La asociación Amicale de Mauthausen, formada por antiguos deportados de los campos nazis y sus familiares, presentó una denuncia contra la editorial. Consideraban que el cómic insultaba a las víctimas y utilizaba imágenes obscenas para tratar un tema tan doloroso. La editorial, por el contrario, defendió que la obra no justificaba el nazismo, sino que lo mostraba como una barbaridad.
Este caso demuestra que la polémica sobre la libertad de expresión es diferente de la censura franquista. Ya no se trataba de un Estado que imponía una visión política o religiosa obligatoria, sino del conflicto entre la libertad artística y los límites del humor cuando se representan acontecimientos traumáticos.
La justicia la secuestró y prohibió al considerarla apología del nazismo.
La revista satírica El Jueves también ha protagonizado algunos de los debates más conocidos sobre los límites del humor gráfico en España. En 2007, una portada relacionada con la Familia Real, que mostraba al entonces príncipe Felipe y a Letizia manteniendo relaciones sexuales, provocó el secuestro judicial de la publicación. Años después, en 2014, la editorial de la revista, RBA Ediciones, realizó una autocensura, cambiando la portada prevista, donde el rey Juan Carlos entregaba una corona de heces al rey Felipe, motivada por la sucesión en el trono. La decisión llevó a varios dibujantes destacados a abandonar la revista como signo de protesta por la censura editorial.
Estos casos son importantes porque muestran que, aunque la censura política franquista desapareció con la democracia, el debate sobre los límites de la libertad de expresión continuó. En una sociedad democrática pueden existir conflictos entre el derecho a la libertad artística, el honor, la protección de determinadas personas o colectivos y las decisiones de las propias empresas editoriales.
En 2008, la duquesa Cayetana de Alba intentó que la justicia prohibiera una portada donde aparecía desnuda con billetes de 500 euros, pero en esta ocasión la justicia se pronunció a favor de la revista satírica.
La historia de la censura del cómic en España refleja, en realidad, la evolución de la propia sociedad española. Durante el franquismo, los tebeos fueron controlados porque las autoridades los consideraban una herramienta capaz de influir especialmente en los jóvenes. Se censuraron desde superhéroes hasta peinados, relaciones familiares y experimentos científicos.
La llegada de la democracia transformó radicalmente el panorama. Obras como El Víbora, Anarcoma o Makoki utilizaron precisamente aquello que antes había sido perseguido, el sexo, la crítica política, la irreverencia y la marginalidad, como instrumentos de libertad creativa.
Sin embargo, la polémica no desapareció. Casos como Hitler=SS o las controversias de El Jueves muestran que la libertad de expresión sigue teniendo límites y que el cómic puede provocar conflictos cuando utiliza el humor para abordar temas políticos, religiosos o históricos.
Hoy en día, la censura continúa de nuevas formas: la editorial, la de empresas de distribución que pueden considerar títulos o portadas ofensivos y la más peligrosa de todas, la autocensura, que aplican los autores para bordear las convenciones sociales que puedan echar abajo su obra.
Por ello, estudiar la censura del cómic en España no consiste solamente en recordar qué viñetas fueron eliminadas. También permite comprender cómo los dibujantes aprendieron a enfrentarse al poder, cómo evolucionaron las libertades y cómo el cómic pasó de ser considerado un entretenimiento infantil controlado por las autoridades a convertirse en uno de los medios más provocadores de la cultura española.